sábado, 19 de julio de 2014

Literarias: Asir



Era una noche de luna llena, una clara noche estrellada de agosto.
El monoambiente era completamente blanco, con sus làmparas de botellones reciclados en flores verdes, incoloras y azules.
Todo era prìstino, casi irrealmente limpio.
El departamento olia a un aseo desmesurado, desesperado por la pulcritud.
Desde el balcòn podìa verse el estallido nòctàmbulo de los astros suspendidos.
La atmòsfera parecia mecerse sobre las olas de Alfonsina, al son del acuàtico sonido de "The big Blue".
El futòn de guatambù relucìa con sus sàbanas blancas, junto a la pared norte.
Ella asiò el futòn del lado opuesto al muro y lo corriò hacia el centro del monoambiente, de tal manera que el ventanal dejaba ver en el centro, el dije redondo que lo iluminaba todo.
El la mirò, con ojos emocionados y le dijo, suavemente:  "Vos creiste que corrìas la cama para ver la luna y yo sentì que movìas mi universo".



                                                                       Marìa Eugenia Ramos
                                                                     Buenos Aires, 07 07 2014

Literarias: Fuga


Creyò abandonarlo, que huia hacia la tranquilidad de la soledad reflexiva.
Pero sòlo corriò por su vida.
Una y otra vez la llamaba, le preguntaba què estaba haciendo.
Los domingos, cuando ella buscaba el refugio de su casa, donde pensar tranquila, èl daba vueltas en la suya, como un  lobo enjaulado, planeando còmo atrapar a su presa.
De tanto en tanto la llamaba y le preguntaba: "Què estàs haciendo?".
"Pensando", contestaba ella, por no inventar algo.
Empezò a sentirse sumergida en el suplicio de la elecciòn entre la soledad y un amor siniestro.
Pero sin saber còmo, de repente, rodando entre adoquines, sintiò desatarse las cinchas y a galope de pedal recuperò el vuelo.

                                                                                 Marìa Eugenia Ramos
                                                                               Buenos Aires, 07 07 2014

domingo, 22 de junio de 2014

Psicoanálisis: Signo de amor


La demanda de amor es “demanda incondicional de la presencia y de la ausencia” –destaca el autor–: “El amor requiere la presencia, el ‘Aquí estoy’ del Otro”, pero esa presencia “toma su valor extremo, vital, si el Otro no está”, por eso “la carta de amor tiene una función eminente”. Y aun en oscuras fantasías como la del niño que es pegado, “lo que se encuentra al inicio es una cuestión de amor”.






“¿Estás aquí?”
“Pegan a un niño”
Nada
 Por Jacques-Alain Miller *

¿Tendrían los hombres idea del amor si las mujeres no les enseñaran? En verdad, es dudoso. Para ambos sexos eso empieza con la madre. Es cierto que aquello que se da no lo es todo. También están el arte y la manera: si se considera el modo en que se hacen los regalos, puede decirse que el arte y la manera de dar valen más que dar mucho. Los japoneses son muy buenos para dar naderías rodeadas de una pompa sensacional. Me ha ocurrido recibir regalos de japoneses. Debo decir que eran de lo más exquisito, aunque fuesen naderías. También se puede pensar en esa ceremonia con la que saben rodear la producción de una taza de té. Es un gran despliegue de artificios, de maneras, de arte, para, finalmente, muy pocas cosas: un pequeño vertimiento que, gracias al arte y la manera, toma el valor de un elixir, de una quintaesencia. En el amor es igual. Si ustedes no lo rodean de una suerte de ceremonia, el pequeño vertimiento tiene un valor muy, muy relativo.
Con el alimento, es igual. A tal punto que hace unos años, al volver de Japón, hice una pequeña anorexia. Si en Kyoto los alimentan durante una semana con comidas que constan de un considerable número de platos, a cual más pequeño –donde hay una cosita escondida, envuelta, una miniatura de alimento, bocaditos, semibocados con la superficie ocupada esencialmente por el delicadísimo envoltorio–, al regreso, cuando vuelven a los churrascos, el puré, la cabeza de ternera, las pezuñas de cerdo, se dicen: Ya no puedo comer eso, y se vuelven un poquito anoréxicos. Al regresar de allí demandamos nada, encontramos que aquí todo es excesivamente pesado. En Japón se aprende a consumir nada. Es delicioso.
Esto contrasta con lo que se llamó la sociedad de la abundancia. Pero, para que esa nada tenga valor, debe venir por añadidura, debe ser un suplemento; un suplemento de nada.
En nuestras calles de la sociedad de la abundancia se multiplican los mendigos. ¡Qué figura fascinante es el mendigo! Hoy no puede hacerse su elogio: son desempleados. Es muy difícil recuperar el valor eminente que el mendigo tuvo en la historia, antes que el trabajo se volviera un valor esencial, antes que entrara en el superyó. Hubo una cultura de la mendicidad, un mito del mendigo. En el Medioevo, volverse mendigo era un recurso. Ustedes dejan todo por el amor de –por el amor de Dios, por el amor de Cristo, por el amor de una mujer–, y se van a pasear su falta por el mundo; así dan a los otros la oportunidad de hacer buenas acciones –por el amor de Dios–. Solución formidable, devenir así (por otra parte suelen ser más bien hombres que mujeres) una falta ambulante, una falta peregrina. Claro que hoy pueden caer bajo la crítica de ser una boca inútil. Hoy se trata mal a las bocas inútiles. Pues bien, es lo contrario: las bocas inútiles son muy útiles. Se consagran a hacer presente el agujero; un agujero con derechos sobre quienes tienen, sobre quienes están colmados. Es una invitación a que éstos se descompleten.
Lamentablemente, los mendigos se transformaron en holgazanes. El término holgazán [fainéant] data de 1321. Holgazán es quien hace nada [fait néant]. ¡Es formidable ser holgazán! Pero en cierto momento de la historia del buen Occidente ya no se pensó más que en poner a trabajar a los holgazanes, en extraer su fuerza de trabajo para la producción. Eso permitió convertirlos en desempleados para que los otros trabajen tanto más y por mucho menos –ese es el uso del desempleado–. Debería honrarse al holgazán. En efecto, hacer nada es angustiante. A veces, para librarse de la angustia, uno hace algo, no importa qué; se mueve, se agita.
Tomo estos atajos para hacer el elogio de algo que las mujeres han logrado en Occidente: que los hombres respeten la nada. No lo lograron tanto en Japón, pero sin duda no lo necesitaban, pues allí todo el mundo respeta la nada. En Occidente lograron, en el curso de una larga elaboración del amor, que los hombres respetaran la nada. Piensen en ese momento distinguido por Lacan, el del amor cortés. Un retoño del amor cortés es el preciosismo. Floreció en el siglo XVIII, especialmente en Francia, donde se vieron las mayores expresiones de esa gigantesca empresa de educación del hombre por parte de las mujeres. Además, en el siglo XVIII el gusto mismo se convirtió en un problema teórico. Se indagó cómo hacer para que las maneras se refinaran y que, en vez de caer sin vueltas sobre el objeto de la necesidad, se empezara a hacer lo que villanos y toscos llamarían zalamerías.
El cortesano es una forma pulida del caballero. Su aparición estuvo vinculada con el crecimiento del Estado, que exigió dejar en la puerta la lanza, la espada, la armadura. Hoy en día, curiosamente, en algunas culturas se observa cierta renuncia femenina. El feminismo, en las formas estridentes que a veces toma en Estados Unidos y que quizá nos llegarán de allí, el feminismo valeroso, guerrero –ellas son las que toman la lanza, la espada y la armadura–, está quizá fundado en una decepción, la de que el hombre sigue siendo un burro, es radicalmente ineducable, y para que se comporte tal vez haya que amenazarlo sin cesar con las iras de la ley. En Francia y entre los latinos todavía es diferente. Para una mujer, sigue siendo esencial el signo de amor.
Ella busca el signo de amor en el otro, lo espía. Quizás a veces lo inventa. El signo de amor es tan frágil, tan fugaz, que hay que hablar de él con todos los miramientos. El signo de amor es a la vez mucho menos y mucho más que la prueba de amor. La prueba de amor siempre pasa por el sacrificio de lo que se tiene, es sacrificar a la nada lo que se tiene, mientras que el signo de amor es una nadería que se marchita, que decae y se borra si no se la trata con todos los miramientos, si no le testimonian todas las consideraciones.
Lacan distinguió entre la demanda simple y la demanda de amor. La demanda simple ya tiene un efecto de significantización de la necesidad; más allá, la demanda es demanda de amor, es decir, demanda de nada o “demanda incondicional de la presencia y de la ausencia”, como dice Lacan en “La dirección de la cura y los principios de su poder”. ¿Por qué demanda “de la ausencia”? La presencia es el puro llamamiento a que el Otro esté y dé signos de su presencia; que al menos diga que está, que dé signos de su existencia; que responda, pues, al llamamiento, o que llame para decir simplemente: “Aquí estoy”. Ahora bien, que el Otro diga “Aquí estoy” por cierto sólo tiene su valor extremo, vital, si no está. Es en ese caso cuando en verdad vale algo. Si el Otro está aquí, dándoles la mano, y ustedes son muy sofisticados, pueden aún demandarle: “¡Dime que estás aquí!”; sobre todo si el señor que les da la mano es un obsesivo, que justamente piensa en otra cosa. Podemos entonces exigir “¿Estás aquí?” aun en presencia del Otro. Pero en fin, el hecho de que diga “Aquí estoy” tiene su valor vital cuando él no está. Por eso Lacan, en su Seminario XX, decía que la carta de amor tiene una función eminente en el amor. En general, solo se envía una carta a alguien que precisamente no está. En todo caso, es el testimonio de un tiempo en el que el Otro no estuvo, hasta ese instante en el que se redacta la carta. La ausencia del Otro es también la mía, y toda carta de amor dice: “Tú no estás aquí” y, en tu ausencia de mí y en mi ausencia de ti, estamos juntos, estás conmigo. También existe el teléfono. A veces un llamado telefónico se torna estrictamente equivalente al don del amor.
Entonces, por un lado la demanda, y por el otro la demanda de amor. Está la demanda que tiene algo por objeto, es decir, la demanda del objeto de la necesidad –tengo hambre, tengo sed, etcétera–: allí el objeto, aunque pase por la demanda que lo significantiza, es algo. Y está la demanda de amor, que apunta radicalmente a la nada –un simple signo, una nadería–. En la conjunción entre la demanda y la demanda de amor, está el deseo. Si el objeto en la demanda es algo, y en la demanda de amor es nada, el objeto del deseo es como una amalgama entre algo y nada. Lo que Lacan llamará objeto a –y se hará célebre– es el significante de algo en conexión con nada. Si la demanda de amor apunta a la nada, en asuntos del deseo no puede desatenderse la insistencia de algo –algo absolutamente particular–. Además, en el amor es esencial la relación con el Otro, que distribuye los signos de amor y del cual se espera el signo de amor, mientras que el deseo se sustrae de esta relación con el Otro. El deseo tiene más bien relación con algo en el Otro, y por eso puede ser angustiante.
El deseo, según la fórmula que Lacan propondrá en el Seminario XI, involucra en ti algo más que tú: involucra en el Otro un elemento no conocido por el Otro mismo, que pertenece a la intimidad más reservada del Otro, una intimidad incluso no conocida por ese Otro. Por eso propuse utilizar, para esa zona del Otro, el término “extimidad”. Mientras que el amor depende de los signos del Otro, el deseo está enganchado, estimulado por algo desapegado del Otro. A eso se debe que Lacan, tras haberlos construido en continuidad, se vea llevado a oponerlos. Lo hará bajo una forma dialéctica, marcando que en cierto modo el amor y el deseo tienen la misma estructura, que en el deseo se reencuentra lo incondicional de la demanda. Para articularlos, Lacan dice que hay como un trastrocamiento en el que lo exigido en el amor, lo sin-condición del amor, se invierte. En el amor, el sujeto está sometido al Otro, pero en el deseo lo incondicional se invierte. Si el amor está ligado al Otro, el deseo está ligado a algo desapegado de este Otro, algo que Lacan llamará la causa del deseo.
Con la causa del deseo, el sujeto ya no queda sujeto al Otro. A este respecto, el deseo es una relativa emancipación respecto de los signos de amor. Un deseo decidido –puede reprochársele– no siempre se preocupa demasiado por los signos de amor. Pero eso no está bien. Hay que saber que el deseo decidido no excusa todo. A deseo decidido, amor tanto más cortés.
Dije que esta oposición, situada en el origen mismo del concepto lacaniano de deseo, ya tan célebre, acentúa la emancipación del deseo con relación al amor. El ejemplo que da Lacan es elocuente, pues dice que eso ya se ve en el nivel del objeto transicional. (N. de la R.: El psicoanalista Donald Winnicott desarrolló la noción de objeto transicional: es, por ejemplo, un muñequito o una manta, que llega a adquirir una importancia vital para el niño pequeño, sobre todo en ausencia de la madre o al ir a dormir.) El objeto transicional consiste en tomar un trocito, y luego ¡ciao al Otro! El objeto transicional de Winnicott permite al sujeto remitir el Otro a sus fallas o a su falta y resistir el impacto, pero Lacan señala que es apenas el emblema del objeto a; apenas una representación imaginaria, en imágenes, del objeto a, cuyo lugar está en el inconsciente. El objeto a no es el objeto transicional: la observación de este último sólo sirve de apoyo. El objeto a está en el inconsciente.
Esta presencia del objeto a en el inconsciente permite sostener que el fantasma inconsciente siempre tiene, según la fórmula de Lacan, un pie en el Otro; pero no los dos, dado que a está desapegado del Otro. Pueden remitirse a la construcción que Lacan retoma de Freud con su comentario del fantasma “Se pega a un niño”. (N. de la R.: “La fantasía de presenciar cómo ‘pegan a un niño’ es confesada con sorprendente frecuencia por personas que han acudido al tratamiento psicoanalítico, y surge probablemente aún con mayor frecuencia en otras que no se han visto impulsadas a tal decisión (...) La confesión de esta fantasía cuesta gran violencia al sujeto”; S. Freud, “Pegan a un niño. Aportación al conocimiento de la génesis de las perversiones sexuales”, 1919.)
Freud distingue tres tiempos de elaboración, al último de los cuales corresponde la fórmula “Se pega a un niño”. Muestra cómo, en estos tres tiempos, hay una transformación de las fórmulas. La segunda fórmula, señala, es la que debe ser reconstruida porque nunca es recordada por el sujeto. Esta fórmula es: “Yo soy azotado por el padre”, y a su vez toma su valor de la transformación de la primera fórmula: “El padre pega al niño que yo odio”.
Lacan glosa esta fórmula, que así pasa a ser: “Pega a mi hermano o a mi hermana por miedo a que yo crea que él es el preferido”. Sostiene que allí hay una forma intersubjetiva desarrollada, muy articulada. En efecto, en esta primera forma del fantasma, que luego de la transformación dará “Se pega a un niño”, está en juego el amor: pegar al otro niño vale allí como signo de amor dado por el padre al sujeto. Dicho de otro modo, en el origen mismo del fantasma se tiene una posición de amor. Sólo más adelante, después de las transformaciones, tendremos apenas “Se pega a un niño”, donde ya no se reconoce la historia amorosa del fantasma. Pero cuando se reconstituye la genealogía de este fantasma, lo que se encuentra al inicio es una cuestión de amor.
Hay familias en las que el padre efectivamente golpea. Puede haber una familia en la que el padre golpea a los hijos y no a las hijas; por el contrario, las mima. Pues bien, que los golpeados sean los muchachos, las fascina. En consecuencia, ellas pueden verse llevadas a imaginar el goce de ser golpeadas como muchachos, y a preguntarse si ser golpeado no será de hecho una prueba de amor del padre, muy superior al hecho de ser mimado.
El fantasma “Se pega a un niño” está sostenido por una articulación compleja, y la escena que se despeja en la forma final del fantasma es sostenida por toda una historia permutativa, de tal suerte que este fantasma es a la vez una escena, por lo cual pertenece a lo imaginario, y el resultado de una transformación simbólica que la hace una escena significantizada, coagulada, hierática, sagrada. Se parte de una pregunta sobre el amor, y se llega a la escena separada. Estas imágenes indelebles, si bien pertenecen a lo imaginario, sólo toman su función de lo simbólico: la historia de la que se desprende el recuerdo encubridor. Y para el sujeto esas imágenes perduran como un hueso; se le quedan atragantadas, permanecen con un carácter paradójico, escandaloso, incluso vergonzoso: quedan como lo real de esa elaboración simbólica.
La tesis de Lacan es que la demanda de amor no es demanda de un objeto, sino de nada: no demanda esto o aquello, un objeto en particular, sino que demanda lo que sea, y es entonces indiferente a la particularidad del objeto: lo que sea, siempre que tenga el valor de prueba de amor. Lo que sea, siempre que signifique: “Tú me faltas”. En este sentido, el don de amor que rodea, que apremia al don del objeto, tiene un valor exactamente inverso. Dar es, ante todo, decir. “Yo tengo, yo poseo”. Dar destaca el tener del Otro, pero el don hecho al Otro en calidad de signo de amor significa, más secretamente, que yo no tengo, que me faltas tú. De tal suerte que, si bien en ambos casos se dirige al Otro, hay no obstante un desdoblamiento. La demanda surgida de la necesidad se dirige al Otro en la medida en que el Otro tiene, mientras que la demanda de amor se dirige al Otro en la medida en que no tiene. Esto es lo que justifica definir el amor como el don de lo que no se tiene: dar prueba de la propia falta.
* Texto extractado de Donc. La lógica de la cura, de próxima aparición (ed. Paidós).

Fuente: Página 12

martes, 22 de abril de 2014

La sublimación de los “grones”

                                                                                                                                                                            
                                                                                                                                                                                  Por Abel Langer
                                                      Los negros, pardos, morochos, gronchos, negroides – “la negrada”: “los peronchos” - son objeto rechazado, objeto repudiado de las clases altas y medias blancas por el color de su piel, por ser lo que desde la piel marca a quien la porta, a unos y a otros: una diferencia a “ojos vista”, pero en ese rechazo se articulan una serie de mociones que se expresan y que recorren una amplia gama (de colores), que va desde la envidia a la discriminación racial llamada comúnmente racismo y que se verifica desde la primigenia conquista de América: El exterminio que acarreó la conquista significó un genocidio de entre 70 a 90 millones de habitantes s eg ún diferentes autores, desde Darcy Ribeiro (“Las Américas y la civilización”) a Eduardo Galeano (“Las venas abiertas de América Latina”)  llegando a  Tzvetan Todorov (“La conquista de América: el problema del otro”).
                                                      El rechazo a lo diferente que aquí, entre nosotros los argentinos (“argentum: plata”), ocupa esa franja de la población que porta un color de piel oscura y que la imaginería denominada “pureza” de la raza, es decir la gente que porta piel de color blanco, no soporta, (tengamos en cuenta que l a cultura que Europa impone a América el blanco simbolizó siempre la pureza, lo inmaculado, lo impoluto, lo no corrompido de la carne y por la carne) pero… ¿qué es lo que produce esta diferencia y como y por qué caminos se expresa?: se expresa primeramente en atributos que asumen el carácter negativo puesto que estas personas estarían  pregnadas de vagancia, no poseen afición por el trabajo, son proclives a la deambulación y al nomadismo, no tendrían la capacidad de adaptarse a los adelantos que le brindaría la civilización, la técnica, la ciencia, y…etc., etc. : resumiendo: son los “gauchos mal entretenidos” de la “barbarie” sarmientina, los que disolverían la “esencia nacional” del fin de siglo XIX y de la Patagonia trágica, el “aluvión zoológico” del cipayaje  radical y gorila de los años ’40 y ’50.
Sería esta negatividad a lo que le ofrecería la �=Ccivilización” y el rechazo a estos, sus valorados atributos, que justificaría el repudio de amplios sectores de las capas medias y altas de la población y aquí es donde vemos aparecer un problema que redobla el rechazo y es que se acompaña con el temor y el miedo que se expresa en las frases acerca de la amenaza que representa la inseguridad: aquellos, los que portan una piel de color diferente – oscuro (por ahora) - son más en cantidad y siempre fueron más y con el paso del tiempo seguirán siendo aún muchos más y no sólo porque siempre, para que haya ricos debe haber pobres y cuanto más riquezas acumula una elite o una clase social más pobres habrá – de algún lado debe extraerse la plusvalía – sino, y particularmente porque los “negros” … se REPRODUCEN, PROCREAN y COPULAN (sic) a más y mejor como se escuchó decir a algunas de las personas que participaron de los recientes cacerolazos “antik”: es decir que para “reproducirse y procrear” COGEN y esta sería una de las razones que encuentra un argumento que en el plano simbólico permite hacer lazo social y es en relación con el tema “seguridad”: miedos y temores porq ue estos amplios sectores de clase media y alta se sienten inseguros: ya no están solos, se los “invade” (de nuestro interior profundo a lo que se agregan bolivianos, paraguayos, peruanos, chinos, coreanos, nigerianos, etc.): hay más población de colores diferentes que, al ampliarse las posibilidades de trabajo y de solventar sus gastos, se acercan al espacio de circulación de las capas medias y que hace que éstas se sientan “inseguras” a lo que debemos agregar que estas gentes –estos diferentes – “copulan” y se “reproducen”. Viven mejor, y transitan por diferentes ámbitos de la polis, comen, se educan, viajan, tienen acceso a la moderna tecnología y a la posibilidad de aumentar sus derechos ciudadanos y estos cuidados y derechos se amplían a sus hijas e hijos
Si señores: los negros y las n= egras, los pardos y parditas, los mulatos y mulatas, los gronchos de todo color y pelaje, los “perucas” cogen, gozan y subliman en los hijos: “sutil venganza”  de “Él” dirá el diablo a su imposibilidad de tener un hijo; ni hijo ni padre, solo, dirá en una segunda escena de “Nazareno Cruz y el lobo” de Leonardo Favio
Sublimar teniendo hijos: verdadera banda de Moebius de goce carnal-sexual y parición de descendencia que portará lenguaje significante
< font face="Arial" size="4">Negros, pardos, zambos, parditas, morochas, mulatos, morochos, negras, mulatas, negroides cogen a mas y mejor y como consecuencia gozan sexualmente – se “corrompen” en la carne y con la carne - y se reproducen en hijos – “copulan y procrean” decía una mujer “blanca, pura e impoluta” - como los sujetos de piel blanca NO lo pueden hacer: basta con mirar la cara sufriente e indignada de los y las manifestantes del 8N y unido con esto y, como lógica consecuencia, estos “negros de mierda” de tanto gozar sexualmente…tienen hijos y más, muchos más hijos que las blanquitas clases medias que se sienten realmente amenazadas ante la “invasión” en donde esta “gentuza” se les mete por todos lados y por si esto fuera poco…no se mueren a corto plazo dado que puede aparecer un estado, por ahora, medianamente protector y, en el horizonte, una posibilidad de mejor vida y sobrevida: ¡basta de AUH y de subsidios!(¿?) claman los “ofendidos” y amenazados
.
Recordar que en la década del 90’ morían de hambre, subalimentación y de patologías conexas alrededor de 40.000 niños por año en la Argentina (informe de UNESCO) y que en el 2008, durante la crisis con la patronal del campo, se tiraron miles de litros de leche y de pollos que murieron por no llegarles alimentos, costumbre ésta, la de arrojar alimentos, que se repite año tras año (Y el diablo utiliza al lobizón para negociar con Dios porque está solo y cansado de hacer el mal: nuevamente Favio: Nazareno…)
Es decir que los repudiados, rechazados, marginados, superexplotados y vilipendiados no sufren de constipación vaginal ni peneana
Cogen y no se les acaba el mundo sino que “amenazan” con acabar ellos y sus hijos con el mundo de la áurea blancura perfecta y de la inseminación artificial y forzada: ésta es la “amenaza” que los torna inseguros a los impolutos y ésta es la “inseguridad” que angustia y temen  las clases dominantes

lunes, 17 de marzo de 2014

Cine: Agosto

Agosto
Director John Wells
Con Meryl Streep, Julia Roberts, Ewan McGregor más
Género Comedia , Drama
País EE.UU.
Fui a ver Agosto, me parece recomendable, fundamentalmente por las actuaciones.
Meryl Streep y Julia Roberts, son realmente impecables. Los planos de los rostros, las expresiones, los gestos, transmiten la densidad de la historia familiar. Justamente parece que el calor del agosto yankee es sofocante, y ese el clima que recrean. Es la historia de la familia Weston, donde las mujeres tienen el protagonismo. La película revela una situación familiar compleja, con varios muertos en el placard, que van saliendo a la luz. Para mi gusto un poco recargado el asunto, con la mitad de los dramas narrados se conserva bien el espíritu del drama, es decir los trapos sucios de los Weston.
El encuentro entre las tres generaciones familiares, como corresponde es todo lo contrario a un encuentro idílico. La sucesión de acontecimientos desconcertantes y oscuros es el punto que me parece exagerado, literalmente demás. Creo igualmente que tanto la dirección como la interacción de los personajes, diluyen lo sobrecargado del guión.
Si bien uno como espectador se va asfixiando un poco, dado que los eventos desgraciados no dan respiro, resulta imposible distraerse. Recordaba otras películas sobre el tema del drama familiar, y creo que esta peli podría alinearse con Interiores, de W. Allen, La Celebración de Lars von Trier, Gente Común de Robert Redford o Quien le teme a Virginia Wolf de Mike Nichols. Al menos creo que no solo comparte el tema sino también, escenas despojadas donde se privilegia la calidad de las actuaciones, y un aspecto teatral por momentos.
Si les gustan los dramas, esta suma varios puntos.

                                                                                                                         Alejandro Ercoli

jueves, 20 de febrero de 2014

Cine: Exploran la interacción fantasmática en las obras de Hitchcock y Buñuel

  • Una exposición de Granada nos descubre la obsesión que latía dentro de estos maestros del cine
  • REPÚBLICA/EFE | GRANADAPUBLICADA EL 14-04-2011

    La muestra "Escenas fantasmáticas. Un diálogo secreto entre Alfred Hitchcock y Luis Buñuel" explora la interacción que se produjo entre las obras de estos dos maestros del cine en los que siempre hubo "una obsesión que está latiendo en cada uno de ellos".

    Hitchock y BuñuelSegún ha manifestado a Efe Jesús González Requena,comisario de la exposición, inaugurada hoy en Granada, los dos directores “se habían estado estudiando” y su influencia mutua se observa en su apuesta por lo “fantasmático” como producto de un “drama personal”.
    El culmen llega con las películas ‘Viridiana’ y ‘Tristana’ en Buñuel y en ‘Vértigo’, ‘Psicosis’ y ‘Los pájaros’ en el director de origen inglés.
    En la exposición se agrupan 24 clips en los que se intercalan escenas de ambos directores siguiendo un criterio formal en los que se aprecia, por ejemplo, cómo Hitchcock reelaboró en ‘Vértigo’ una escena que había visto treinta años antes en ‘Un perro andaluz’ del cineasta español.
    Buñuel, a su vez, tomó “procesos formales” del director deHollywood, al que nunca reconoció que admiraba.
    El proyecto inaugurado hoy, y que estará abierto al público hasta el próximo 10 de julio, es el producto de años de estudio por parte deGonzález Requena, si bien la edición digital de las piezas en movimiento que se pueden visualizar se ha realizado durante el último año.
    “Uno ha visto la obra del otro y la reelabora”, ha dicho el comisario de la exposición sobre la relación de Hitchcock y Buñuel para apuntar que, por otro lado, así se ha construido la historia del arte en todas las disciplinas artísticas.
    Con este “diálogo” entre dos directores que marcaron el devenir del cine del siglo XX, el Centro José Guerrero ha querido implicar al visitante en una propuesta que “disloca, desborda y conjuga las posiciones” como “espectador, contemplador, oyente o lector”.
    Todas esas posiciones son revisadas y confluyen en una experiencia que permite hacer realidad el viejo sueño de “hacer hablar” a las imágenes, de ver cómo articulan por sí mismas un “pensamiento característicamente visual”, según la Diputación de Granada, organizadora de la muestra.
    Fuente: Republica .com

    miércoles, 1 de enero de 2014

    Literatura y psicoanálisis: VERDADERA FOGWILL.

    Mi colega y amigo Diego Timpanaro me envió este material que comparto con ustedes. Espero les guste.



    Lectura de Buenos, limpios y lindos, de Vera Fogwill, Seix Barral, Buenos Aires, 2013.  

    En principio, no me atraía el título; tal vez algo, un poco más, el arte de tapa. Femenino, mortífero, enigmático. Había allí algo más, que una asociación con la fiesta mexicana del 1º de noviembre, que me llamaba poderosamente la atención. Brutti, sporchi e cattivi, el memorable film de Ettore Scola, solo hace de contrapunto romano grotesco (probablemente a los fines editoriales) a las historias narradas pacientemente por Vera Fogwill, en su primera novela publicada.
    Historias que contienen profundas historias, concebidas por la obra y la gracia de una joven mujer que está detenida - sabiendo sobre la verdad, a secas - en un tiempo real out of the time, que va entre la vida y la muerte. Vidas que van corriendo en paralelo, sin esconder la singularidad trágica que atraviesa a cada una de ellas. Vidas que se van cruzando en el camino, entrelazando la trama de esa ciudad llamada Buenos Aires, la ciudad de la furia. Vidas que se van viviendo en ese transcurrir del mundo de hoy, donde ciertamente se escucha cada vez menos humanidad y cada vez más canción animal. Una época de crueldad expuesta sin velos a cielo abierto; un mundo perverso, más allá de las versiones del padre de hoy, que se anuda a insólitas teorías sobre el devenir humano, que no hace más que errar en una repetida errancia, sin fin y sin sentido. 
    Por suerte, está el deseo, diría el psicoanalista. Por suerte, en toda la novela de cabo a rabo, también está lo que Vera Fogwill denomina, el impulso. “El motivo” (como el título del tango), es lo único que nos mantiene vivos. En esos breves ensayos sobre la vida, Nadia, Alma, Raymundo, Jonhatan, Sonia, Diosnel, y todos los corifeos que relanzan el relato, conjugan sus deseos con el verbo de la intensidad de lo vivido, de cierta fiebre vital, en la que muy tranquilamente podrían llegar a decir: todos morimos de vivir.
    En esos abismos donde todo puede pasar, muy porteña y tan global, la vida es una herida absurda, aunque no por eso dejan de producirse los encuentros. La tyche, el encuentro con lo real, eso que hace que la vida cambie de una vez y para siempre, toma diversas modalidades narrativas. Como un vómito surgido súbitamente de la entraña; como la contemplación de una sabia guaraní en medio de su rezo; como esos signos que se nos presentan para ser leídos, hay en Buenos, limpios y lindos una voracidad que se juega hasta el límite, un exceso que nunca se detiene, una crudeza impar que se siente en el cuerpo, tal como una pulsión realizando su recorrido. Great power of panocha, la femineidad se pone bien al palo, para el fantasmal terror varonil: bellas vaginas dentadas que todo lo succionan y sin más se lo comen.
    Volviendo al deseo en estos tiempos, Vera Fogwill lo concibe como el único lugar que nos queda de privacidad, eso íntimo, únicamente propio, allí donde se puede ser algo; un espacio al que se llega habiendo sufrido, luego de haber pasado por otros. Por los padres y las familias, por los partenaires y la sexualidad, por el mundo y el trabajo.
    De la dimensión de lo real, quedaría por investigar sobre lo que se nos impone en la conciencia, eso que a veces, nos viene todo el tiempo, más allá de nosotros mismos, que nos conmueve, que definitivamente nos despierta, como le sucede a la narradora con los flashes de las vidas de los otros. Como esa película de nuestra vida, según dicen, que se ve antes de morir, también las canciones de Gustavo Cerati se le vienen a la protagonista, despertándola en medio de la madrugada, llevándola sin escalas a otros mundos. Los sueños, la telepatía, el orden de lo oculto, hoy no gozan de buena prensa entre los psicoanalistas, pero son hechos que tanto Freud como Lacan intentaron articular a nuestra experiencia psy/spy.
    La novela de Vera Fogwill, concluye con un agradecimiento especial a su padre, quien aún sigue, sin intención, enseñándole a pensar. En la lectura descubrí dónde me encontré concernido: toda la gente se transforma en otra y reencarna en sí misma cuando alguien muere. Porque también de alguna manera murieron. Quique nació en Quilmes; Orlando murió en Quilmes; ambos tenían la piel blanca y los ojos celestes, y fueron buenos, limpios y lindos.   


    Diego Timpanaro.
    Diciembre 2013.