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sábado, 18 de mayo de 2013

EL tesoro de los inocenstes. Indio Solari, Bingo Fuel



El tesoro que no ves 
La inocencia que no ves 
Los milagros que van a estar de tu lado 
Cuando comiences a leer de los labios 
Y a ignorar los embustes y gustar 
Con tu lengua de las aguas que son dulces 
Aunque te sientas mal 

Si no hay amor que no haya nada entonces, alma mía
No vas a regatear!

Un hermoso día el de hoy!
Ay! Qué bello día es hoy!
Está para desatar nuestra tormenta
Que va a tronar por el dolor
Juegan a "primero yo" y después a "también yo"
Y a "las migas para mí" y cierran el juego porque ya saben que... el tonto nunca puede oler al
diablo (vida mía!) ni si caga en su nariz

Esa mancha que está allí...
Por allí... en el suelo! allí!
Y en tu bella cicatriz
Parece sangre y sin embargo sonreís

El tesoro que no ves!
La inocencia que no ves!
El placer es tan oscuro como el culo de un topo negro y si no hay amor que no haya nada
Entonces, alma mía
No vas a regatear!

Placer que es cruel...
(Le echás el guante
sin lágrimas...
a tu pena allí nomás)
.. y el mundo allí nomás

El sol cocina lento...

Placer que es cruel...
(Vos siempre estás con una excusa a flor de labios...
sin lágrimas..
Con tus dolores allí nomás, sin vida
Con tu sangre en el suelo...

lunes, 18 de marzo de 2013

Cultura:Michel Foucault, una bestia magnífica


PERDER EL ROSTRO. Ese fue un deseo confeso del autor de “Las palabras y las cosas”.

La publicación de una biografía escrita por James Miller y una selección de textos diversos en torno al poder del filósofo francés permiten sumergirse en el laberinto de su mente.

POR MAXIMILIANO CRESPi

No existe teoría que no sea secretamente un fragmento, celosamente dispuesto, de una autobiografía. La diversa y compleja obra de Michel Foucault parece no ser una excepción a esta regla intuida por Paul Valéry. A medida que pasan los años y, por los recovecos de la veda post mortem decretada por el filósofo, se filtran nuevos textos y nuevas traducciones, su propio rostro también se multiplica.

Que la obra dispersa del autor de Las palabras y las cosas termine por cumplir –en la paradoja misma de la proliferación– su deseo confeso de “perder el rostro” es casi un gesto de justicia poética. Pero no son sólo los textos los que, de un tiempo a esta parte, contribuyen a corroer el fichaje, la asignación a una imagen en la sutura de un nombre. También sus biógrafos –de Didier Eribon a Sara Mills, de David Macey a Paul Veyne– han contribuido fehacientemente a deshacer los pliegues de esa captura imaginaria. Pero, sin duda, quien ha llegado más lejos en esa tarea es James Miller, el autor de La pasión de Michel Foucault. Celebrado por intelectuales como Richard Rorty y Edward Said en virtud de su audacia, su carácter provocativo y polémico, el volumen traducido recientemente por la editora chilena Tajamar devuelve una imagen compleja, móvil y dinámica del filósofo. La imagen más genuina (es decir: la menos totalitaria) es la que no esquilma lo literario: Miller lee la vida y la obra del filósofo de Poitiers como si se tratara de dar sentido a dos laberintos cuya correspondencia sólo se hace inteligible en la superposición y el montaje.

Cabe parafrasear a Borges: un hombre se propone la inmensa tarea de estudiar el poder; a lo largo de los años puebla un espacio textual de arqueologías y genealogías rigurosas; finalmente, muere apenas intuyendo que ese paciente laberinto de líneas traza una imagen monstruosa que es la de su propia cara. El poder, la verdad y el sujeto son los puntos iluminados de ese laberinto que lleva el nombre de Michel Foucault. Frente a ellos, el trabajo de Miller propone una exploración de las “zonas ciegas” de esa vida y esa obra que no duda en flirtear con el suicidio, la sinrazón, los excesos, la transgresión, la liberación de los placeres, la crueldad del crimen y la pérdida de sí.

El laberinto es la figura que mejor describe la investigación milleriana. Ante todo porque su construcción ratifica la excepcionalidad de su diseñador. Pero también porque es el símbolo inquietante de una trascendencia misteriosa: la de la presencia/ausencia del propio Foucault en la incomprensible y muerta soberanía de su saber imponente. Es esa figura de la imaginación cuya pretensión formal es la de producir perplejidad y extravío en el peregrino que en él cae cautivo.

Como Roussel, por quien prodigó una admiración singular, Foucault hizo de su obra “un laberinto personal que simultáneamente (lo) revela y oculta”. Es, en efecto, una producción plural y arisca a la tara de las determinaciones. No sólo en razón de sus profundas y abruptas transfor-maciones metodológicas; sino fundamentalmente porque sus propios “objetos” de investigación son siempre relaciones.

El laberinto son los otros. Pero la alteridad, al igual que la subjetividad, es el efecto de un tejido de relaciones de poder que se revela estrictamente constitutivo de lo real. El poder, esa “bestia magnífica” que Foucault pensó como nadie en su potencia productiva, configura y normaliza formas de vida. Compone un conjunto complejo de dispositivos cuya función y productividad sólo pueden comprenderse a través de lo que él mismo definió como “una filosofía analítica del poder”.

Foucault desplegó esa paciente y minuciosa analítica en textos capitales para la comprensión del presente, como lo son Vigilar y castigar, La voluntad de saber,Defender la sociedad y Seguridad, territorio y población. Esquirlas en la estela de esa implacable maquinaria reflexiva, los diecinueve textos reunidos en El poder, una bestia magnífica completan y complementan especialmente a los que incluye la trajinada Microfísica del poder compilada ya hace más de tres décadas.

Hasta aquí inéditas o inaccesibles en español, las entrevistas, conferencias e intervenciones traducidas por Horacio Pons y publicadas al cuidado de Edgardo Castro ofrecen –no podría ser de otro modo– una imagen móvil y parcial del laberinto Foucault. La gentileza en el criterio de edición no solapa las dificultades que la clasificación implica: los textos son desplazados de la arbitrariedad cronológica a la temática; pero la advertencia de que los temas están “siempre entrelazados” nos devuelve otra vez al laberinto.

La selección comprende textos de diferente tenor. Va desde los que exhiben un tratamiento general y teórico de la “cuestión del poder” a los que comprometen configuraciones específicas, como la prisión, la gestión de la vida biológica y la medicina. Y su contribución cardinal es la de echar luz sobre algunos aspectos de la última etapa de su producción teórica de Foucault, diseminada en el bruto de sus brillantes cursos del Collège de France.

La cualidad más saliente de estos textos es la manera en que Foucault liga su saber a la condición de su acción política. El pensamiento foucaultiano se despliega aquí como un work in progress. En virtud de ello, el volumen comporta un genuino testimonio de que la elaboración teórica y la modulación formal de un pensamiento suponen siempre la condición de una situación concreta y una praxis historizada.

De más está decir que la arquitectura de la analítica del poder compromete al lector en su propia trama. Lo pone en una encrucijada incómoda. Le niega la posibilidad de jugar al peregrino apático y lo exhorta a asumirse como esa bestia que se obstina en dar sentido a su propio laberinto.
Fuente: Revista Ñ: Domingo 17 de marzo de 2013

miércoles, 9 de enero de 2013

Filosofía: Prefacio a la edición en inglés de “Anti-Edipo"


Michel Foucault

Durante los años 1945-1965 (me estoy refiriendo a Europa), había una forma determinada de pensar correctamente, un estilo de discurso político determinado, y una ética del intelectual determinada. Uno tenía que estar familiarizado con Marx, y no dejar que los propios sueños se aparten demasiado de Freud. Y uno debía tratar los sistemas de signos—el significante—con el mayor de los respetos. Éstos eran los tres requisitos que hacían aceptable la extraña ocupación de escribir y enunciar una cuota de verdad sobre uno mismo y sobre su tiempo.
Luego vinieron los breves, apasionados, jubilosos y enigmáticos cinco años. A las puertas de nuestro mundo, allí estaba Vietnam, por supuesto, y el primer gran golpe a los poderes establecidos. Pero aquí, al interior de nuestros muros, ¿qué era exactamente lo que estaba ocurriendo? ¿Una amalgama de políticas revolucionarias y antirrepresivas? ¿Una guerra librada en dos frentes: contra la explotación social, y la represión psíquica? ¿Una oleada de libido modulada por la lucha de clases? Tal vez. En cualquier caso, fue esta interpretación dualística tan familiar la que se arrogó los eventos de aquellos años. El sueño que, entre la Primera Guerra Mundial y el fascismo, lanzó su hechizo sobre las partes más soñadoras de Europa—la Alemania de Wilhelm Reich, y la Francia de los surrealistas—había vuelto y prendido fuego la realidad misma: Marx y Freud en la misma luz incandescente.
¿Pero, fue realmente eso lo que ocurrió? ¿Se retomó el proyecto utópico de los treinta, esta vez a nivel de la práctica histórica? ¿O hubo, por el contrario, un movimiento hacia luchas políticas que ya no se conformaban al modelo prescrito por la tradición Marxista? Hacia una experiencia y una tecnología del deseo que ya no eran Freudianas. Es verdad que se levantaron las viejas pancartas, pero el combate viró y se expandió hacia nuevas zonas.
Anti-Edipo muestra, primero que todo, cuánto terreno ha sido cubierto. Pero hace mucho más que eso. No pierde tiempo desacreditando viejos ídolos, aunque sí se divierte mucho con Freud. Lo más importante, nos motiva a ir más lejos.

Sería un error leer Anti-Edipo como la nueva referencia teórica (ustedes saben, esa tan anunciada teoría que finalmente abarca todo, que por fin totaliza y nos devuelve la confianza, aquella que nos han dicho “necesitamos desesperadamente” en nuestros tiempos de dispersión y especialización en los que falta la “esperanza”). Uno no debe buscar una “filosofía” entre la extraordinaria profusión de nociones nuevas y conceptos sorpresa: Anti-Edipo no es un Hegel relumbrón. Creo que Anti-Edipo puede ser leído mejor como un “arte,” en el sentido implicado, por ejemplo, en el término “arte erótico.” Informado por las nociones aparentemente abstractas de multiplicidades, flujos, arreglos, conexiones, el análisis de la relación del deseo con la realidad y con la “máquina” capitalista brinda respuestas a preguntas concretas. Preguntas que no tienen tanto que ver con por qué esto o aquello, sino con cómo proceder. ¿Cómo introducir el deseo en el pensamiento, en el discurso, en la acción? ¿Cómo el deseo puede y debe desarrollar sus fuerzas dentro del dominio político y crecer en intensidad en el proceso de desbaratar el orden establecido? Ars erotica, ars theoretica, ars politica.
De ahí los tres adversarios afrontados por Anti-Edipo. Tres adversarios que no tienen la misma fuerza, que representan grados distintos de peligro, y que el libro combate de maneras diferentes:
  1. Los ascetas políticos, los militantes tristes, los terroristas de la teoría, aquellos que quieren preservar el orden puro de la política y del discurso político. Burócratas de la revolución y funcionarios civiles de La Verdad.
  2. Los pobres técnicos del deseo—psicoanalistas y semiólogos de cada signo y síntoma—que quieren subyugar la multiplicidad del deseo a la ley doble de estructura y carencia.
  3. Por último pero no menos importante, el gran enemigo, el adversario estratégico es el fascismo (mientras que la oposición de Anti-Edipo a los anteriores es más bien un compromiso táctico). Y no solamente el fascismo histórico, el fascismo de Hitler y Mussolini—que fue capaz de movilizar y utilizar tan efectivamente el deseo de las masas—sino también el fascismo en todos nosotros, en nuestra cabeza y en nuestra conducta cotidiana, el fascismo que nos hace amar al poder, desear aquello mismo que nos domina y nos explota.
Diría que Anti-Edipo (y sus autores me perdonarán) es un libro de ética, el primer libro de ética escrito en Francia en mucho tiempo (tal vez eso explique por qué su éxito no estuvo limitado a una “audiencia” particular: ser anti-edípico se ha convertido en un estilo de vida, una manera de pensar y de vivir). ¿Cómo evitar ser fascista, aun (especialmente) cuando uno cree ser un militante revolucionario? ¿Cómo librar nuestros dichos y nuestros actos, nuestros corazones y nuestros placeres, del fascismo? ¿Cómo revelar y poner en evidencia el fascismo arraigado en nuestra conducta? Los moralistas cristianos buscaban las huellas de la carne alojadas en lo más profundo del alma. Deleuze y Guattari, por su parte, persiguen los rastros más tenues de fascismo en el cuerpo.
Ofreciendo un modesto tributo a San Francisco de Sales*, uno podría decir que Anti-Edipo es unaIntroducción a la Vida No-Fascista.

Este arte de vivir contra toda forma de fascismo, ya sea actual o inminente, conlleva cierto número de principios esenciales que sintetizaría de la siguiente manera si fuera a hacer de este gran libro un manual o guía para la vida cotidiana:
  • Libera la acción política de toda paranoia unitarista y totalizante.
  • Desarrolla la acción, el pensamiento y los deseos por proliferación, yuxtaposición y disyunción, y no por subdivisión y jerarquización piramidal.
  • Deja de creer en las viejas categorías de lo Negativo (ley, límite, castración, falta, carencia), que el pensamiento occidental sacralizó durante tanto tiempo como una forma del poder y un acceso a la realidad. Prefiere lo que es positivo y múltiple, diferencia en vez de uniformidad, flujos en vez de unidades, arreglos móviles en vez de sistemas. Cree que lo que es productivo no es sedentario sino nómade.
  • No pienses que uno tiene que estar triste para ser militante, incluso si aquello contra lo que uno está luchando es abominable. Es la conexión del deseo con la realidad (y no su retirada hacia formas de representación) lo que posee fuerza revolucionaria.
  • No utilices el pensamiento para fundamentar una práctica política en La Verdad; ni utilices la acción política para desacreditar, como mera especulación, una línea de pensamiento. Utiliza la práctica política como un intensificador del pensamiento, y el análisis como multiplicador de las formas y dominios para la intervención de la acción política.
  • No le demandes a la política que restituya los “derechos” del individuo, tal como los ha definido la filosofía. El individuo es producto del poder. Lo que hace falta es “des-individualizar” por medio de la multiplicación y el desplazamiento, combinaciones diversas. El grupo no debe ser un lazo orgánico que una individuos jerarquizados, sino un constante generador de des-individualización.
  • No te enamores del poder.
Incluso podría decirse que a Deleuze y Guattari les importa tan poco el poder que trataron de neutralizar los efectos de poder ligados a su propio discurso. De ahí los juegos y trampas desparramados a lo largo del libro, que hacen de su traducción una verdadera proeza. Pero no son las trampas tan familiares de la retórica: ésta se dedica a influenciar al lector sin que él sea consciente de la manipulación, y en última instancia a persuadirlo en contra de su voluntad. Las trampas del Anti-Edipo son las del humor: tantas invitaciones para que uno se fastidie, para que deje el texto a un lado y se vaya dando un portazo. A menudo el libro lo lleva a uno a creer que todo es diversión y juegos, mientras algo esencial está ocurriendo, algo de extrema seriedad: la localización de todas las formas de fascismo, desde las más enormes que nos rodean y nos aplastan hasta las más diminutas que constituyen la tiránica amargura de nuestras vidas diarias

viernes, 2 de noviembre de 2012

Cultura: "Elogio del amor" de Alain Badiou




Portada de "Éloge de l'amour" de Alain Badiou



Portada de "Éloge de l'amour" de Alain Badiou

Por José Rosas

"Éloge de l’amour" (Elogio del amor), editado por la casa francesa Flammarion, es el nuevo libro del filósofo Alain Badiou que se convierte en un gran éxito de librerías, un fenómeno que ya ocurrió en 2008 con otro trabajo suyo, de análisis político, titulado "¿Sarkozy es el nombre de qué?". Ya en aquel libro se encontraba el germen de este Elogio del amor.
Alain Badiou no es uno de esos pretendidos “nuevos filósofos” mediáticos acostumbrados a indignarse teatralmente ante las cámaras de televisión. Profesor emérito de la Escuela Normal Superior, donde se forma la élite letrada francesa, autor de libros como "Deleuze: El clamor del ser", "El ser y el acontecimiento", "Breve tratado de ontología transitoria" y "Lógicas de los mundos: el ser y el acontecimiento", por citar sólo algunos de sus trabajos traducidos al español, además de al inglés y a otras lenguas, Alain Badiou anunciaba ya en "¿Sarkozy es el nombre de qué?" su preocupación por el tema del amor. Allí escribía: "el amor debe reinventarse pero también, sencillamente, debe ser defendido porque se encuentra amenazado por todas partes."Este "Elogio del amor", en forma de diálogo con el periodista Nicolas Truong, desarrolla, pues, la concepción del amor de un filósofo con claro compromiso social. Para empezar, algo que no le gusta a Badiou es la organización social del encuentro amoroso, la visión segura del amor, el amor protegido contra todo riesgo. Ese tipo de encuentros, le sustrae al amor toda “poesía existencial”. “Hay que reinventar el riesgo y la aventura, contra la seguridad y el confort”, dice Badiou. Luego, frente a la concepción romántica del amor que se centra en el éxtasis del encuentro, la concepción jurídica para la que el amor es un contrato y la concepción escéptica, según la cual el amor es una ilusión, Alain Badiou propone el amor como “una construcción de verdad”. Dice pues: “el amor es un proyecto, que incluye por cierto el deseo sexual pero también mil otras cosas, o sea, cualquier cosa siempre y cuando se trate de vivir una experiencia desde el punto de vista de la diferencia.” Y es éste, probablemente, el núcleo de la concepción del amor de Badiou: es un encuentro entre dos diferencias. Se añade a ello la duración: “un amor es sobre todo una construcción durable”, “una aventura obstinada”. “Un amor verdadero es aquel que triunfa durablemente, a veces con grandes dificultades, frente a los obstáculos que le proponen el espacio, el mundo y el tiempo”, dice el filósofo.Sin embargo, esta “aventura obstinada” que es el amor no tiene nada de fácil. “No siempre es pacífica”, precisa Badiou, “implica peleas violentas, verdaderos sufrimientos, separaciones que se superan o no”, “hay muertes por amor, suicidios por amor” ya que “una verdad no es algo que se construye como una novela rosa”. “El drama amoroso es la experiencia más clara del conflicto entre la identidad y la diferencia” y “decidir, sobre todo de manera unilateral, el fin de un amor es siempre un desastre.”Para concluir, esta frase de Sócrates a la que adhiere Alain Badiou plenamente: “quien no empieza por el amor no sabrá nunca lo que es la filosofía.”



Fuente: rfi en español- 
Artículo publicado por Jueves 11 Marzo 2010 -



lunes, 26 de septiembre de 2011

Psicoanálisis: Del psicoanálisis a la comunidad.

El siguiente texto corresponde a una charla a cargo de la Licenciada Silvia Russo -amiga y referente en este blog-. Es un material valioso a cerca del quehacer de los psicoanalistas, asunto tan cotidiano y difícil de explicar,trabajado con una muy buena articulación entre lo subjetivo y lo técnico, espero que lo disfruten.


Jueves 15 de Septiembre - CHARLA PARA EL CLUB ROTARY DE CITY BELL.

Me convocaron y agradezco profundamente para hablar de una palabra que a ustedes les quedó resonando... PASIÓN.
En mi presentación como rotaria invitada subrayé mi amor por lo que hago y teniendo en cuenta las diversas profesiones de los aquí presentes y que no hay colegas, pensé en comenzar con una pequeña introducción que no busca la academia teórica sino el acercamiento democratizado hacia conceptos que pueden no conocer.
Más allá de la banalización de ciertos clichés en los que los analistas hemos tenido que ver desde fomentar un encierro a veces, o simplemente una imposibilidad estructural de decirlo todo propia del lenguaje... y en una práctica entre dos. Que se explica, se somete a revisión, se cuenta... más no se vive como en ese espacio del cual sólo analista y paciente saben.
SOY ANALISTA desde niña... escucho por circunstancias de mi vida a los adultos desde esa edad, he recibido siempre las confesiones de pares y amigos... la gran diferencia es que me he formado y sigo estudiando y ahora sé de las HERRAMIENTAS DE LA PALABRA.
En una cultura tan psicologizada, donde sin darse cuenta se interpreta sin consentimiento del otro ni la realidad de efecto del decir y sus consecuencias... se han banalizado algunas posturas en nuestro "arte", me refiero a la profesión abocada a la clínica.
En broma las personas se diagnostican y significan los síntomas, las escuelas (gloriosas fuentes de derivación) se atreven a veces demasiado rotulando al niño y a los padres.De todos modos, hay una apertura al análisis, sobre todo en nuestra ciudad y en Buenos Aires... permitiéndonos trabajar en lo que amamos.
Para quienes no han experimentado un espacio analítico, mi primer objetivo luego de esta personal presentación es explicar o recordar sus fundamentos de acción.
Luego seguiremos con mi apropiación de la profesión.

DISPOSITIVO ANALÍTICO:
Freud perfectamente conocido como padre del Psicoanálisis, elabora desde su curiosidad y pujanza hacia el conocimiento un dispositivo de abordaje.
La concepción de Inconciente ya estaba en escena, lo que él materializa es una reconceptualización de su eficacia en un planteo tomado de la Física para ilustrar el funcionamiento del aparato psíquico y así su lucidez ha permitido entender las leyes de cada sistema de este aparato, con un modelo de ficción teórica.(Primera Tópica: Preconciente-Conciente-Inconciente)
En cada sistema hay reglas y leyes y lo que trae para demostrar su flujo energético es la conceptualización de la construcción de la Sexualidad a través del término Libido o Energía. Así conocer el mundo, será investirlo de energía libidinal y se logrará a partir de una desarrollo complejo con legalidades universales de funcionamiento psíquico en un sujeto PARTICULAR.
Allí es donde la propia historia es metáfora de cada subjetividad y sus posibles construcciones. La construcción de la sexualidad entonces no será lo ligado a lo puramente genital como a veces se bromea... será la constitución del SER. Es decir: de la relación con el mundo interno y externo.
Lo traumático en tanto excedente energético cobra un lugar preponderante y será parte de la maduración emocional normal, esperable...
Ejercer como analistas es ayudar a que lo traumático se traduzca de modo propio en una elaboración que permita vivir mejor... aliviar la angustia masiva, eliminar la preocupación excesiva, la incomodidad permanente... disfrutar sin tanto costo neurótico. No soluciona todo, algunas cosas se reacomodan y una nueva lectura de la escena fundante sumado a preguntas con algunas respuesta comienza a dar forma a una posición distinta y más sana. Es la idea.
El punto nodal del dispositivo puede explicitarse en dos ejes:
1- Atención flotante del analista.
2- Asociación libre del paciente.
Habitualmente en las conversaciones seguimos una lógica conductora que es diferente en el proceso analítico, afuera de un consultorio sería de locos… hablar con una persona que nos dé la espalda...!. En el uso del diván esto provoca una dinámica especial en el discurso y deja al paciente asociando pensamientos sin censura y al analista buscando con su escucha puntos de apoyo en lo sintomático del consultante.

TRANSFERENCIA:
Elemento motor de la cura sin el cual no se propicia un análisis. Voy hablar de un ingrediente que tendrá que ver con alguien que supuestamente sabe sobre lo singular y el sufrimiento... y otro que consulta y confía en su saber hacer. Esto tiene que ver con algo muy valorado en la humanidad, nada más ni nada menos que EL AMOR.
En este ida y vuelta empático donde se arma el entre dos, ni uno ni otro pueden solos... se irá implicando el paciente y sosteniendo el analista.
Esta Transferencia constituirá la base para "arreglarse mejor con las miserias cotidianas" según Freud. NO ES POCA COSA...
Luego de este preliminar breve y sencillo de sintética teoría, leeré un trabajo publicado por primera vez virtualmente en el Blog PEOR PARA LA CIENCIA. Día 25 de Junio de este año... "PSICOANÁLISIS: Confesiones desde la falta, el país que no miramos... seguido."
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NOTA: dicha clase está basada en la experiencia teórica desde los desarrollos freudianos y winnicottianos, específicamente.

lunes, 25 de julio de 2011

Filosofía: Consideraciones sobre el concepto de genocidio como práctica social en el marco de los debates sobre los acontecimientos inenarrables

Lic. Adrián Ercoli
(IDIHCS –Agencia)

A partir de la lectura del libro "El genocidio como práctica social" de D. Feierstein, me interesó indagar el modo en que el autor da cuenta de los problemas filosóficos implicados en su propuesta, cuestión que aborda explícitamente. Al respecto me llamó la atención el modo en que se posiciona en el debate sobre la representación del pasado cuando incluye a Hayden White como parte de la estrategia para evitar las implicaciones del debate acera de la representación histórica del Holocausto, permitiéndole también una salida "legitimadora" para tratar al genocidio como práctica social. Escribo entre comillas legitimadora, pues aunque la cita de White no es el eje de su fundamento con relación al debate sobre el pasado, creo no obstante, es muy significativa dicha referencia. Apreciamos que Feierstein retoma la idea de la pluralidad de relatos –presente en los planteos narrativistas de la perspectiva de Hayden White- a fin de enfrentar la representación del pasado desde una opción opuesta principalmente a aquellas que postularon el silencio. Así, la pluralidad de relatos constituye un modo propicio para avanzar sobre una relación con el pasado sin pretender clausurar desde un reduccionismo “explicativo” la complejidad de los genocidios a vínculos causales directos. En este sentido el autor apunta a ciertas discurisvidades y efectos simbólicos como las generadoras de la idea de una objetividad sobre el fenómeno del genocidio que suele dejar separados por un lado, la reconstrucción individual de los hechos (testigo, testimonio), y por otro lado la reconstrucción macro o estructural de los mismos. De algún modo la propuesta de Feierstein con relación a los aspectos filosóficos del abordaje del genocidio se estructura con la pretensión de escapar a la interpretación del acontecimiento límite, sobre todo, en términos la sacralización ante el horror
En este marco me interesa plantear la siguiente hipótesis: la postulación del genocidio como práctica social no logra establecer una posición clara respecto del horror como cualidad esencial que hace de este tipo de acontecimiento el ser denominado único. Esto obedece a que en la búsqueda de evitar la sacralización del horror, éste (es decir, el horror) se desplaza subrepticiamente hacia la dinámica social que lo engendra, siendo ello más bien una variación de los modos en que se piensa la relación entre el saber y lo político que un modo, si se me permite la expresión, de conjurarlo.

A continuación presentaremos primero dos enfoques opuestos acerca del genocidio con el propósito sirvan de antecedentes para comprender desde dónde nos interesa pensar la propuesta del sociólogo Daniel Feierstein. Luego presentaremos el modo en que fundamenta y sostiene la propuesta de interpretar el genocidio como una práctica social. Finalmente concluiremos haciendo una consideración al modo en que dicha fundamentación no logra evitar la cualificación del genocidio como acontecimiento límite.


Antecedentes de la concepción del genocidio como práctica social

Antes de presentar el modo en que Feierstein expone su posición acerca del genocidio me gustaría brevemente ubicar contextualmente, en la medida de lo posible, algunos antecedentes relevantes para el tema que sirvan no sólo para comprender la exposición sobre el autor sin también el sentido de las consideraciones al finalizar el trabajo.
Uno de los autores que cita Feierstein en su trabajo como un pensador vinculado a la sacralización del genocidio es George Steiner, haciendo principalmente hincapié en su obra “Lenguaje y silencio”. La visión que podemos referenciar con George Steiner , es la del silencio como opción cuando el lenguaje no puede expresar la barbarie, cuando el lenguaje se encuentra con el fracaso de comunicar y representar el sentido de su época. Esto lo podemos apreciar en la siguiente cita: “Es preferible que el poeta se corte la lengua a que ensalce lo inhumano, ya sea por medio de su apoyo o por medio de su incuria. Si el régimen totalitario es tan eficaz que cancela toda posibilidad de denuncia, de sátira, entonces que calle el poeta (y que los eruditos dejen de editar a los clásicos a unos kilómetros de de los campos de concentración) Debido precisamente a que es el sello de su humanidad, al que es lo que hace de hombre un ser, un ser ávidamente inquieto, la palabra no debe tener vida natural, no debe tener un santuario neutral en los lugares y en el tiempo de de la bestialidad. El silencio es una alternativa.” Frente a esta perspectiva, encontramos una figura que Feierstein retoma para construir su alternativa al silencio, antecedente tanto sociológico como político, en cuanto al tratamiento del genocidio. Me refiero a Zygmunt Bauman, quien publicaba a fines de los años ochenta “Modernidad y Holocausto” con el propósito de indagar en un aspecto insoslayable a su entender en la comprensión del holocausto. El aspecto crucial no es otro que el que se menciona en el mismo título de la obra: le relación entre la modernidad y el holocausto. Bauman plantea que esta relación entre modernidad y holocausto es un binomio que no debiera perderse de vista. No se trata allí de la reducción de la modernidad de occidente como un equivalente del holocausto sino como la condición de posibilidad del mismo. Reponiendo planteos que otrora marcaran los representantes de la escuela de Frankfurt acerca de la condición moderna del genocidio, Bauman presenta un análisis sociológico que pretende hacer justicia frente al atraso de las ciencias sociales en el campo de estudio de los genocidios del siglo XX. Abarcando las preguntas de la filosofía y la práctica historiográfica acentúa la idea de preguntarse por el pasado más allá de la preocupación académica de entender y explicar los fenómenos sociales, más allá de ver en el genocidio nazi particularmente un acontecimiento más en el devenir de la historia. Esta obra resume en algunos pasajes los problemas más relevantes del estudio del pasado reciente en lo referido a por qué ocuparse de él. Dejando de lado la justificación que Bauman da de la relación modernidad y genocidio, es claro que su obra es un antecedente a considerar si pensamos en un posible recorrido del cambio de posición en el estudio del tema por parte de las ciencias sociales. En línea también con análisis de lo que ya había planteado Hannah Arendt en su libro “Eichman en Jerusalén”, la explicación de Bauman apunta a establecer los modos en que el nazismo logró llevar adelante el genocidio. Sucintamente, y adentrándonos en lo que nos interesa a los fines propuestos, Bauman acude a la razón instrumental, la técnica y la burocracia como los modos más determinantes y específicos del desarrollo del nazismo. Desde esta lectura el autor nos advierte que uno de las consecuencias que tienen estos tres aspectos de origen estrictamente moderno es la de deshumanizar el vínculo de los individuos con los objetos, generando una relación de distanciamiento que posibilita un compromiso técnico con la producción en detrimento de toda responsabilidad moral en la misma ejecución. Resulta así que el trato burocrático, racional instrumental y técnico convertiría a los individuos en meros operadores especializados, formando parte del eslabón de la gran cadena “productiva”, cuestión que daría por resultado la despersonalización de los judíos, gitanos, homosexuales y todo grupo social al ser considerados “técnicamente” como variables de la producción, y pasibles de toda aflicción en pos de la mejora de la sociedad nazi. Pero no nos ocuparemos aquí del planteo de Bauman, tan sólo nos interesa resaltar el antecedente que supone su interpretación en línea con las perspectivas que intentan desplazar el enfoque sacralizante del genocidio. Seguramente encontraremos otros aspectos de la posición de Bauman al momento de discriminar qué elementos han de ser tenidos en cuenta desde una perspectiva que pretenda recuperar el análisis sociológico para este tipo de fenómenos sociales. Pero sirva esto, espero como antecedente sociológico de la perspectiva de Feierstein. Sin embargo como veremos posteriormente, el problema de abordar el carácter único del genocidio está presente en el enfoque de Feierstein. En este sentido no puede evitar un posicionamiento, aunque sea indirecto, sobre el debate de la representación histórica.
Podemos pensar una breve contextualización de esto a partir de unos pasajes del artículo publicado en el año 2007 por María Inés Mudrovcic, el cual lleva por título “El debate en torno a la representación de acontecimientos límite del pasado reciente: alcances del testimonio como fuente” donde se hace una referencia explícita a las etapas del problema de la representación histórica. Allí podemos leer “Gran parte de los debates de los últimos años ha girado en torno a los límites de la representación histórica de acontecimientos extremos del pasado reciente. Sin embargo, el tema de la representación histórica no es nuevo en el ámbito de la teoría y la filosofía de la historia. En este contexto quiero distinguir dos etapas en la discusión. La primera de ellas comprende el periodo abarcado desde la aparición de Metahistory
(White 1973) hasta principios de los años 1990 (el verano europeo de1986, en el que comienza el Historikerstreit o debate de los historiadores ocurrido en Alemania). La segunda etapa se extiende desde esa fecha hasta la actualidad.” La cita en principio obedece aquí a una necesidad de sintetizar un problema que nos atañe directamente en el presente trabajo, pero también a al uso que podemos darle a dicha diferenciación de los momentos de este debate. Puntualmente me refiero a que los acontecimientos límite en la medida que forman parte del debate, han sido el disparador para repensar la cuestión del sentido del genocidio, y que mientras, por un lado, en la primera etapa se puede ver una discusión de tipo más formal y metodológica frente a la “construcción” del pasado reciente ligada a las tensiones propias del giro lingüístico en las ciencias sociales, por el otro, se advierte en el segundo momento, la preocupación por la capacidad epistemológica de la historiografía para contar el holocausto, sin traicionar el carácter de horror que las víctimas sobrevivientes testimonian, y que exigen como mínimo pensar en esta radicalidad. Es así que el problema ya no es sólo cómo representar, sino además que esa representación debe dar cuenta de una forma de comprensión del pasado específica, que enseñe cómo evitar o repetir el horror
El horror del genocidio, una estrategia para no quedar mudos

En Tiempo y Relato, Paul Ricoeur proponía hacer fructíferas las aporías, y es así como plantea una interpretación de la pregunta agustiniana por el tiempo. Dicha sugerencia filosófica la tomo para pensar en la problemática que presento. Quizás tratando de parafrasear a Agustín de Hipona, diría que tengo interiormente la convicción de que el genocidio es una de las expresiones del horror más terrible, y sin embargo al momento de explicar esta convicción íntima me quedo sin palabras para definirla con precisión. Creo que algo de ello es lo que está puesto en juego cuando se intenta salir de la figura del genocidio como un acontecimiento irrepetible, al punto de negar todo pensamiento por insuficiente. Sin embargo frente a ello se han suscitado numerosos esfuerzos de comprensión, entre ellos el enfoque sociológico que ahora abordaré. Daniel Feierstein propone en su libro “El genocidio como práctica social. Entre el nazismo y la experiencia argentina” afirma al comenzar la introducción: “El trabajo que aquí se plantea se propone dos objetivos simultáneos. En su intención estratégica, se busca comprender al aniquilamiento de colectivos humanos como un modo específico de destrucción y reorganización de relaciones sociales. Es decir, observar estos procesos de aniquilamiento no como una excepcionalidad en la historia contemporánea, sino como una tecnología de poder peculiar, con causas, efectos y consecuencias específicos, que pueden intentar ser rastreados y analizados.
En su intención histórica y narrativa, lo que se propone es la posibilidad de ilustrar esta afirmación a partir del análisis de dos procesos de aniquilamiento: el desarrollo por el nazismo entre 1933 y 1945, que tuvo a su vez varias modalidades, objetivos y momentos diferenciados, y el desarrollado en la República Argentina entre 1974 y 1983.” Así nos encontramos con el desafío del autor en su distinción entre la intención que orienta el trabajo y la estrategia para lograrlo. Pareciera ser que esta separación de objetivos se traza con la idea de implementar un método derivado del análisis de Hayden White en Metahistoria. Así, pone de manifiesto la estrategia que coadyuvara a la concreción del objetivo político del libro, es decir, a su intención histórica y narrativa. Con ello busca tanto afrontar la dimensión política del genocidio como objeto de estudio de las ciencias sociales, como expresar esto de modo tal que no quede encerrado en una dimensión estrictamente subjetiva. A lo cual agregaría que el reconocimiento de la condición política del genocidio implica de algún modo de por sí quitar el aura y llevarlo a un plano común, comunitario. En lo que sigue me interesa presentar cómo construye Feierstein el recorrido que va del concepto de genocidio a la tecnología de poder o dispositivo, partiendo desde la dimensión jurídica a la histórica y luego a un enfoque de las ciencias sociales.
Sostiene Feierstein cuando analiza el concepto de genocidio: “Hay consenso entre los historiadores acerca de que el término genocidio surge como un neologismo creado por el jurista Raphael Lemkin. … y luego agrega… Mattias Bjornlund, Erick Markusen y Mattias Menecke definen al genocidio como un concepto problemático, al rastrear los desacuerdos producidos en el interior de la propia Convención para la Prevención y la Sanción del delito de Genocidio, las permanentes discusiones entre los historiadores y sociólogos y la complejidad de las discusiones desarrolladas por los tribunales penales internacionales que juzgan los hechos de Ruanda y la ex Yugoslavia.” Lo relevante de este pasaje para el trabajo presente es la imposibilidad de unificar un criterio para determinar qué entender por genocidio, lo cual hará que Feierstein opte por la necesidad de distinguir los modos de su posible estudio y aplicación. Es así que afirma que: “Desde el punto de vista jurídico, la propuesta de dirigir la definición hacia el nudo esencial del aniquilamiento sistemático de un grupo de población como tal es la mejor solución para resolver las contradicciones y garantizar la igualdad ante la ley de los diversos victimizados.
Sin embargo desde una mirada histórica sociológica esta solución parece reducir el fenómeno a la perspectiva que entiende al genocidio como una práctica antigua que recién ahora cobra expresión jurídica.” Resulta entonces necesario situar el origen del genocidio en la historia. La jurisprudencia no tiene incumbencia en ello. Por tanto habrá que buscar un origen al genocidio que vaya más allá de la etimología y la definición conceptual. Quizás sirva en este punto recordar la interpretación foucaultiana de la palabra origen como emergencia formulada en el texto Nietzsche, la genealogía, la historia, a propósito de la diferencia entre emergencia y procedencia. Allí la emergencia es postulada como una forma de análisis genealógico caracterizado por “…el punto de surgimiento. Es el principio y la ley singular de una aparición…La emergencia se produce siempre en un determinado estado de fuerzas. El análisis de la emergencia debe demostrar el juego, la manera como luchan unas contra otras, o el combate que realizan contra las circunstancias adversas, o aún más, la tentativa que hacen…para escapar a la degeneración y revigorizarse a partir de su propio debilitamiento.” Y luego completa Foucault: “la emergencia es pues, la entrada en escena de las fuerzas; es su irrupción, el movimiento de golpe por el que saltan de las bambalinas al teatro, cada una con el vigor y la juventud que les propia.” Así el origen del genocidio debe buscarse para Feierstein en la emergencia de dispositivos que tiene lugar desde la temprana modernidad occidental, tal como lo sostiene cuando dice: “Por el contrario este trabajo pretende esbozar la posibilidad de que el genocidio – o cuanto menos su forma moderna, que es cuando aparece como concepto, y al que en este trabajo diferenciaré con el término no “genocidio moderno”- constituye una práctica social característica de la modernidad (de una modernidad temprana, que podría tener sus antecedentes hacia finales del siglo XV, pero cuya aparición definitivamente moderna se centra en los siglos XIX y XX), cuyo eje no gira en el hecho del aniquilamiento de poblaciones sino en el modo peculiar en que se lleva a cabo, en los tipos de legitimación a partir de los cuales logra consenso y obediencia y en las consecuencias que produce no sólo en los grupos victimizados –la muerte o la supervivencia- sino también en los mismos perpetradores y testigos , que ven modificadas sus relaciones sociales a partir de la emergencia de esta práctica. Y es en esto en lo que difiere de procesos de aniquilamiento de población antiguos, así como de otros procesos de muerte contemporáneos.” E inmediatamente refuerza esto con la siguiente aclaración: “Es por ello que para caracterizar a los procesos históricos concretos, prefiero utilizar la expresión práctica social genocida en lugar de genocidio, en tanto la primera permite aclarar conceptualmente varias cuestiones por comparaciones con el término genocidio, que reservo a su utilización jurídica
Ahora bien, si estas citas muestran en alguna medida la opción de Feierstein para comprender el genocidio como un proceso, más lo refuerza cuando vemos cómo define la práctica social genocida, marcando una diferencia entre el enfoque sociológico y el historiográfico. Para ello el autor sugiere que el genocidio entendido como práctica social “evita aquellas perspectivas que tienden a cosificar a los procesos genocidas, equiparándolos a fenómenos climáticos” Con esto resalta el aspecto constructivo del proceso por agentes intencionales, con mecanismo de legitimación y consenso, lo cual habilita también a un proceso deconstructivo, “lo que agrega al trabajo académico un valor específico como aporte para la acción política y para las prácticas de resistencias y confrontación.” Pero también señala que “la práctica social remite a una permanente incompletud”, evitando con ello generar algún tipo de efecto de finalización de dicho proceso. Y cabe volver sobre una expresión del autor central a nuestro planteo: “Incorporar el concepto de prácticas genocidas permite tomar distancia de una discusión compleja para las ciencias sociales sobre el momento exacto de la periodización de los hechos en que se podría utilizar el término genocidio. ¿Cuándo dicho genocidio estaría efectivamente presente? ¿A partir de qué momento se puede considerar que la utilización del término es correcta conceptualmente?”
Por tanto el enfoque de nuestro autor fundamenta su análisis del holocausto y su vinculación con el caso argentino mostrando que el genocidio es un proceso que se desarrolla a través la modernidad; proceso que es denominado como una práctica social entendiendo por esto: “aquella que tiende y/o colabora en el desarrollo del genocidio como aquella que lo realiza simbólicamente a través de modelos de representación o narración de dicha experiencia. Esta idea permite concebir al genocidio como un proceso, el cual se inicia mucho antes del aniquilamiento y concluyen mucho después, aún cuando las ideas de inicio y conclusión sean relativas para una práctica social, aun cuando no logre desarrollar todos los momentos de su propia periodización.”
En este marco se clarifica y comprende el último aspecto que me interesa destacar del planteo de Feierstein. Me refiero a cómo expresa su posición frente al carácter inenarrable del horror que ha dado lugar, en gran medida, a su exposición:
“La sacralización del Holocausto en tanto experiencia inaprehensible desacraliza aquellos procesos de negativización y aniquilamiento que aparecen como expresamente racionales y comprensibles –en particular, los políticos ideológicos- disminuyendo su rasgo al trasladar la asignación identitaria construida por los genocidas a la voluntad de las víctimas, en una delimitación tajante y epistemológicamente insostenible entre el ser ontológico –un ser más allá de la práctica, un ser “por nacimiento”, un ser esencial- y un hacer claramente político y consciente”
“El historiador entonces –junto al sociólogo, al filósofo, al político y demás profesiones del análisis de esta experiencia- se transforman en jueces que delimitan en qué medida el “hacer” de las víctimas hace comprensible su aniquilamiento, dado que si su victimización obedeciera más que a su mero ser, el carácter genocida de al acción quedaría puesto en entredicho”
Feierstein sostiene contra esta posición que la tecnología de poder que él llama práctica social genocida permite postular un hilo conductor entre los procesos que él puntalmente intenta mostrar como vinculados, y afirma que la negación del otro llego en esto casos al extremo, siendo que su desaparición es material y simbólica, exterminios que evidencia su carácter de modernidad de las guerras en los que la desaparición del otro es el comienzo y no el final o acabamiento de las mismas.

Consideraciones finales

En principio me interesa destacar que me resulta interesante el esfuerzo por salir de las implicaciones ético-políticas de la sacralización del genocidio. Sin duda que el carácter inefable que le otorga la interpretación sacralizante al genocidio habilita objeciones no solo de orden práctico, sino también epistemológicas respecto del papel de las ciencias sociales y su capacidad para comprender este fenómeno. Y a esta cuestión no referiremos aquí.
Hemos visto que, las prácticas sociales son un modo de articular los hechos en el que es posible advertir el modo de integrar la experiencia y la teoría. Desde las prácticas sociales se podría evidenciar los abusos de la teoría monolítica causal en el esfuerzo por comprender el pasado, advirtiendo cómo "construyen" sentidos al momento de relatar los hechos. La posición de White al respecto es fructífera (más allá de los límites complicados que tiene en algunos puntos sobre la representación) al proporcionar un modelo de construcción del relato histórico, en el que se analiza los modos de conjugar los hechos y la teoría.
Ahora bien, en la interpretación de Feierstein puede apreciarse una suerte de ambigüedad si nos preguntamos en qué basaría él su interés por el genocidio. Pues es claro, que con sus reservas y sus críticas explícitas, no objeta el tratamiento jurídico en términos de los fundamentos epistémicos que puedan servir como base para la construcción de una condena. Por otra parte, vemos que trata con menos énfasis, la relación de las ciencias sociales con la historia al punto que no la problematiza sino que la asume desde la aceptación de la propuesta narrativista de Hayden White para pensar el genocidio, principalmente, con relación a la condición esquiva que lo define como único.
De este modo el enfoque de Feierstein se alinea con gran parte de las ciencias sociales, que han procurado dar cuenta del problema del genocidio en términos no sólo teóricos, sino también en términos prácticos. En éste último sentido, el problema de la repetición es un indicador de tratamiento del genocidio como una cuestión a evitar. Podríamos pensar que también esto expresa el deseo de un nunca más; en este sentido la mirada de la evitación aparece en el marco de algún tipo de superación; una superación que no implica conservar nada de ese pasado en términos de algo positivo, rechazando incluso toda afirmación que puede ser recobrada desde el marco teórico práctico que posibilitó el genocidio. Así nos encontramos señalando una acontecimiento que representa una experiencia a la que se desea no se repita jamás, y no obstante, conserva el problema de si es posible aprender algo, aunque sea un aprendizaje negativo. Si esto es así la repetición como punto de inflexión en las formas de comprender el genocidio, favorece pensar el futuro en clave de ruptura, distanciamiento, “control” de la repetición. Para que el pasado pueda ser conocido es necesario que esta repetición no tenga lugar, pues de ser activa y efectiva en el presente, niega un posible conocimiento capaz de establecer nuevos comienzos y finales tentativos.
En conclusión el fondo de la cuestión que me interesa expresar es el siguiente: es posible pensar el genocidio sin su condición de acontecimiento único. Establecer otras prácticas genocidas en el desarrollo de la modernidad como un proceso, ¿no implica, interrogarnos acerca de qué es lo que sigue siendo denominado como horroroso? Frente a la idea de que este acontecimiento puede ser rastreado en sus interpretaciones, en sus sucesivas puestas en escena simbólicas, no podemos preguntarnos acaso si esto supone un modo de acallar el horro que originó. Por último, si la historia es leída y debatida en términos operacionales, ¿no se corre el riesgo de instrumentalizarla en el sentido de obligarla a dar cuenta de algo que ella en principio tendría por objeto mostrar que sucedió, cómo sucedió pero quizás no evitar que vuelva a suceder? De hecho, siguiendo a Feierstein, el enfoque de las ciencias sociales y el de la justicia van por senderos diferentes.
O finalmente, y para concluir, ¿debiéramos enfocar el presente planteo sobre el genocidio hacia una suerte de debate con la filosofía de la historia, por lo cual la discusión de fondo implicaría en alguna medida reponer la versión genealógica de Fuocualt como diferenciadora de la historiografía? Si este fuese el caso, entonces la apelación a White no estaría fundada en tanto que éste autor, dentro de su provocativa propuesta, justamente no renuncia a ella, sino que busca de algún modo su proliferación para que pueda seguir existiendo.

jueves, 21 de julio de 2011

Política: Macri, Filmus y las elecciones porteñas, decálogo para una derrota por Atilio Borón

Decálogo para una derrota

La categórica derrota sufrida días atrás por el FpV en la ciudad de Buenos Aires impone la necesidad de analizar profundamente las causas de lo ocurrido, sorteando tanto el autocomplaciente triunfalismo de los perdedores -que creen que diciendo “ganamos” van a derretir la coraza de la matemática electoral- como el catastrofismo de la izquierda que cree que la ciudad ha sido definitivamente ganada no sólo por la derecha sino también por el fascismo. Ambas lecturas son insanablemente erróneas y en caso de prevalecer podrían ser la fuente de nuevas y mayores frustraciones en los próximos meses. Los resultados del 10 de Julio son la condensación de un conjunto de determinantes que no son estáticos sino cambiantes y variables, y sobre los cuales es posible hacer un trabajo político para modificarlos. La izquierda y las fuerzas progresistas deberán hacerlo cuanto antes; la derecha ya lo está haciendo, y esta es una diferencia muy significativa. Lo que sigue es una enumeración y breve análisis del papel jugado por algunos de los factores que incidieron en producir los resultados del pasado domingo y que damos a conocer con el objeto de promover un debate que no debe ser clausurado por el triunfalismo de unos y el pesimismo de otros. Dicho esto, vayamos al grano:

Primero: Buenos Aires lleva más de un siglo luchando por su autonomía distrital. Por lo tanto, para un candidato a Jefe de Gobierno de esta ciudad no hay peores credenciales que las que lo hacen aparecer como un simple delegado de la Casa Rosada, preocupado por “alinear” la ciudad con las prioridades y orientaciones establecidas por el gobierno nacional. Por increíble que parezca, ese error -que una parte del electorado, alentada por la prensa hegemónica, lo interpretó como una tentativa extorsiva de las autoridades nacionales- fue cometido por la Casa Rosada y consentido por el candidato del kirchnerismo. En línea con esta tesitura la presidenta designó autocráticamente a Daniel Filmus como candidato a jefe de gobierno; armó la lista de legisladores imponiendo en la cabeza de la misma a Juan Cabandié, una persona honesta, íntegra y admirable por su historia y su valentía pero muy poco conocida, “no instalada” como se dice en los ambientes de la mercadotecnia electoral; fijó también la presidenta la agenda de la campaña con su vista puesta en el escenario nacional y subordinando las necesidades y los temas locales; estableció la estrategia general de la misma (por ejemplo, impidiendo que Filmus fuera a debatir a TN; o “ninguneando” a los integrantes de las colectoras que operaban a favor del oficialismo, para no citar sino dos casos) y, para colmo de males, en el mismísimo acto de lanzamiento de la campaña el candidato oficialista fue completamente eclipsado por la vibrante oratoria de Cristina. Con cierta benevolencia se podría entender –más no justificar- este exacerbado verticalismo puesto de manifiesto en el actual proceso electoral como una expresión inevitable de la lucha que se está librando en el seno del peronismo, donde la ascendente hegemonía kirchnerista pugna por relegar definitivamente a los sectores más íntimamente ligados al neoliberalismo de los nefastos noventas. Pero esta operación, especialmente en el caso que nos ocupa, clamaba por la delicada precisión de un cirujano y no la tosca rudeza del carnicero. En síntesis: el gobierno nacional creó por su cuenta, sin ayuda de nadie, algunas de las condiciones en las que luego naufragaría el navío kirchnerista en aguas que no les son precisamente favorables. El resultado, por lo tanto, no puede sorprender a nadie. Fueron demasiados errores de entrada y para colmo cometidos al mismo tiempo, potenciando así sus más desastrosas consecuencias.
Segundo: se supuso, sin fundamento alguno, que la polarización obraría simétricamente, agrupando las voluntades del electorado en torno a dos polos, uno de derecha y otro “progresista” o de centroizquierda. Se pensaba, además, que dada la alta intención de voto de la que disfruta la presidenta en la ciudad de Buenos Aires estas preferencias se trasladarían mecánicamente a su candidato en el distrito. La experiencia reciente ya había demostrado, en otras latitudes, la debilidad de ese razonamiento: la altísima aprobación popular con que Lula dejó la presidencia no se transfirió a Dilma Rouseff, que tuvo que ir a un balotaje, y lo mismo ocurrió con Tabaré Vázquez y “Pepe” Mujica y Michelle Bachelet y Eduardo Frei, en este último caso con resultados catastróficos. En suma: la práctica demostró una vez más la fragilidad de ambos supuestos: la popularidad de la presidencia y los altos índices de aprobación de su gestión no se transfirieron sino en parte a Filmus, y la polarización fue asimétrica, es decir: concentró los votos en la derecha pero careció del empuje suficiente como para hacer lo mismo con el conjunto de fuerzas colocadas a la izquierda del centro político y unificarlas detrás de su candidatura. Pero la tibieza y silencios de Filmus –espontáneos o exigidos desde las alturas del Estado- ante algunos acontecimientos marcantes de la coyuntura como el caso Schoklender y sus derivaciones; los incidentes en el INADI; el apaleo a los maestros santacruceños y antes el acampe de los qom, mal podían despertar el entusiasmo necesario para concentrar el apoyo de las fuerzas sociales y políticas de ese espacio y derrotar al macrismo. Fomentar la polarización, como lo hizo el gobierno nacional, no podía sino favorecer al oficialismo local encarnado por Macri que, astutamente aconsejado por sus asesores, sacó provecho de esta equivocada táctica de sus rivales.
Tercero: la Casa Rosada sobreestimó el impacto político de la relativa bonanza económica por la que atraviesa el país, pensando que ello sería suficiente para inclinar el fiel de la balanza hacia el candidato del FpV. Subrayamos lo de “relativa” porque si bien no se pueden desconocer las altas tasas de crecimiento de la economía tampoco se puede dejar de notar la preocupante incapacidad del Estado para mejorar significativamente la muy injusta distribución del ingreso y la riqueza prevalecientes en el país. Se desconoció un hecho elemental: la bonanza económica favorece a los oficialismos, a todos los oficialismos, con prescindencia de su signo político: beneficia a Cristina pero también a Macri; a Gioja pero también a Binner; a Urtubey pero también a Ríos. Además, se subestimaron los efectos de la inflación, cuyos guarismos reales –producidos, por ejemplo, por los organismos técnicos de provincias gobernadas por el FpV- nada tienen que ver con los imaginativos dibujos del INDEC que sólo sirven para irritar a los sectores más humildes que sufren en carne propia la expropiación cotidiana de que son objeto por la inflación. Se subestimó asimismo el malestar social que aqueja a amplios sectores de la ciudad de Buenos Aires y para los cuales algunos de sus infortunios –como la pobreza, el desempleo, la inseguridad, los malos servicios públicos, el transporte, etcétera- se originan en las políticas del gobierno metropolitano pero también en las del gobierno nacional. Producto de este economicismo la candidatura del oficialismo no pudo leer adecuadamente las demandas de la ciudadanía porteña. Lo que estaba en juego era un cargo ejecutivo distrital, lo cual obligaba a plantear un programa específico destinado a resolver algunos de los problemas concretos que afectan a los habitantes de esta ciudad. En ese marco, las constantes alabanzas de Filmus a los progresos macroeconómicos experimentados por la Argentina desde el 2003, el nuevo alineamiento latinoamericano de la política exterior del kirchnerismo o la política de los derechos humanos, cuestiones que en el plano nacional son muy importantes, no sintonizaban con las preocupaciones mucho más modestas de los vecinos. Se produjo así un embarazoso minué dialéctico porque mientras Filmus exaltaba las virtudes del desendeudamiento Macri decía “metrobús en la Juan B. Justo”; aquél hablaba de la resolución de la crisis del 2001-2002 y este de la pavimentación de la avenida Patricios; el primero decía FMI y Macri respondía diciendo que “inauguramos cuatro nuevas estaciones de subte”. La irreflexiva hiper-nacionalización de la campaña del FpV favoreció a Macri, porque lo hizo aparecer como muy consustanciado con la problemática de la ciudad, y perjudicó a Filmus, percibido como un intelectual que hablaba de generalidades muy alejadas de la problemática cotidiana de Buenos Aires.
Cuarto: el gobierno hizo gala de una deficiente lectura sociológica de la ciudad. ¿Cómo explicar el triunfo de Macri en las quince comunas? Se puede entender una victoria con el 55 % de los votos en la Comuna 2 (Recoleta) pero, ¿cómo interpretar el 42 % obtenido en la 9 (Mataderos/Parque Avellaneda, Liniers) o el 45 % conseguido en la 4 (Parque Patricios/Barracas/Pompeya/La Boca)? ¿No se sabía acaso que una parte importante de quienes venían declarando en las encuestas su intención de votar a Cristina en la próxima elección también habían expresado su voluntad de apoyar a Macri en la municipal? Esto era vox populi. ¿Es posible que alguien en la Rosada ignorara un dato tan básico como este? Y si no lo ignoraban, ¿por qué no se diseñó una estrategia de campaña adecuada para enfrentar ese desafío? ¿O es que pensaban que porque el sur porteño es mayoritariamente pobre su opción por el kirchnerismo estaba garantizada de antemano, quienquiera que fuera su candidato o su agenda de campaña? ¿Creyeron que porque Macri es rico y favorece a los ricos los pobres irían automáticamente a repudiarlo en las urnas? En 1995, ¿no se re-eligió a Menem, colocado impúdicamente del lado de los ricos, con el cincuenta por ciento de los votos? Ante los pobres sin conciencia de clase la prepotencia del rico sólo por excepción suscita resentimiento y rebelión; las más de las veces provoca sumisión e intentos de emulación. Si no, ¿cómo explicar la popularidad, en los estratos más sometidos y pauperizados de las sociedades capitalistas, de ricachones como Macri, Piñera, Martinelli (en Panamá), Berlusconi y tantos otros? En el caso que nos ocupa también se subestimó la importancia del gobierno municipal en la contienda electoral. Este, al igual que el nacional, dispone de un instrumento importantísimo de persuasión y de propaganda política: la gestión. Y aunque muchos votantes piensen –con razón- que la de Macri ha sido menos que mediocre por ineficiente y corrupta, esa percepción fue neutralizada, al menos en parte, por algunas modestas –y a menudo demagógicas- políticas municipales; y por la otra porque para amplios sectores de la ciudadanía la ineficiencia y la corrupción de la gestión pública son males endémicos en la vida política argentina y desgraciadamente están resignados a ello.
Quinto: efecto autoengaño de las encuestas “truchas” y el “diario de Yrigoyen”. Este es un peligro gravísimo que aqueja a cualquier gobierno. El capítulo XXIII de El Príncipe lo dedica Maquiavelo a examinar el pernicioso papel de los aduladores, de los cuales aconseja a todo gobernante huir. La nefasta proliferación de asesores y consultores que sólo piensan en agradar a la presidenta y evitar transmitirle “malas noticias” -como que la inflación existe, que la sojización avanza a tambor batiente, y que la crisis energética que se avecina será tremenda- se combina con la tendencia, inherente a todos los gobiernos, al autoengaño. En algunas circunstancias el resultado de esta conjunción puede ser fatal. El “microclima” o el “entorno”, categorías típicas del análisis político de los argentinos, de hecho jugó un papel muy negativo en la reciente coyuntura electoral. Tomemos sólo un caso, aunque hay muchos en las diversas áreas de las políticas públicas: ¿Cómo es posible que los encuestadores elegidos por la Casa Rosada hubieran lanzado pronósticos tan desacertados pocos días antes de las elecciones? Peor aún, ¿cómo pudo alguien haber creído en las rosadas previsiones que brotaban de sus encuestas, sobre todo teniendo en cuenta los malos antecedentes que tenían muchas de esas firmas de consultoría? ¿O será que el propio gobierno cayó en la trampa de confundir un dispositivo propagandístico: el uso de las encuestas como medio de “manufacturar el consenso”, con un instrumento de análisis para conocer la realidad? Cualquiera que sea la respuesta a estos interrogantes sus resultados quedaron estampados en el rostro estupefacto de los líderes del oficialismo nacional la noche del domingo y la lastimosa soledad en que se debatió Daniel Filmus.
Sexto: el pecado del sectarismo. Mientras el oficialismo nacional hacía gala de un discurso que invocaba al pluralismo y la amplitud de miras, su práctica era de una cerril intransigencia. Ni una sola vez en toda la campaña recordamos haber visto a Filmus apareciendo públicamente con los otros dos cabezas de lista de las colectoras, Aníbal Ibarra (Partido Frente Progresista y Popular) y Gabriela Cerruti (Alianza Nuevo Encuentro). Grave error, si se tiene en cuenta que, como luego lo confirmarían los hechos, fue gracias al aporte de estas dos fuerzas despreciadas por la Casa Rosada que la candidatura oficialista pudo superar el decepcionante 14 % cosechado por la lista “ultra K” comandada por Cabandié (¡que obtuvo 30 puntos menos que la lista del PRO!) hasta llegar al 27 % final. Esta actitud habla de una visión estrecha, mezquina, egoísta y a la larga suicida. El remate, rayano en lo alucinante, se escenificó la noche del domingo en el bunker del FpV cuando la militancia no tuvo mejor idea -recibida con beneplácito por Filmus, Tomada y Alegre desde el proscenio- de cantar la “marchita” para festejar el “triunfo” del FpV, ¡triunfo consistente en haber obtenido cuatro puntos más que en el 2007 a pesar de haber quedado a casi veinte de Macri! O sea: derrota, negación, reperonización forzada y, al mismo tiempo, lanzamiento por parte de Filmus de una convocatoria amplia, a la izquierda y el progresismo, para derrotar a la derecha. ¿Quién podría ser tan ingenuo como para creer que con estas actitudes como esas se podrán sumar muchas voluntades para librar la batalla decisiva contra Macri el 31 de Julio?
Séptimo: lo incomprensible. Filmus, un destacado sociólogo y hombre de una dilatada trayectoria académica ¡rehusó debatir con Macri! La excusa fue que TN o cualquiera de los ámbitos controlados por los poderes mediáticos no ofrecían garantías. Es cierto: pero habida cuenta de la superioridad intelectual de Filmus sobre Macri el primero tendría que haber aceptado debatir con el actual Jefe de Gobierno en cualquier terreno porque sin duda lo habría vapuleado en la discusión y demostrado, ante la ciudadanía, las limitaciones e inconsistencias del pensamiento de Macri y su escaso conocimiento de las cuestiones de la ciudad. Este resultado se habría verificado aún con toda la plana mayor de TN jugándole en contra. Al día de hoy no se logra entender la lógica de quienes le indujeron a rehuir de dicha confrontación.
Octavo: aparte de los errores de la estrategia general de la campaña Filmus fue víctima de los límites del proyecto político del kirchnerismo en relación al macrismo y a los porteños. En relación al macrismo, porque ni en la Legislatura de la ciudad autónoma ni fuera de ella el kirchnerismo fue capaz de oponer una resistencia eficaz a la política de mercantilización y privatización de los espacios y servicios públicos promovida por Macri. Peor aún: no fueron pocas las piezas legislativas de inspiración profundamente neoliberal en donde la colaboración de la bancada kirchnerista fue decisiva para lograr su aprobación, con lo cual la contraposición abstracta entre Macri y Filmus se diluye al pasar al plano de las políticas e iniciativas concretas. Por otra parte, la política del kirchnerismo en relación a los porteños es irracional, reactiva, visceral: para hostilizar a Macri se castiga a las porteñas y los porteños, a los cuales se retiene en carácter de rehenes del enfrentamiento. Un ejemplo: ¿no hubiera sido mucho más inteligente colaborar con el gobierno de la ciudad, aunque sea de signo contrario, para ampliar la red de subterráneos o realizar algunas postergadas y necesarias obras públicas que reclaman los vecinos? ¿No habrían éstos reconocido que su concreción se hizo posible gracias a la generosidad y amplitud de miras de la Casa Rosada, con los lógicos beneficios para la candidatura de Filmus? En lugar de eso se adoptó una política absurda que castiga a los porteños y ofrece en bandeja de plata un pretexto perfecto para justificar la incapacidad del macrismo, atribuyendo todos sus fracasos a la falta de colaboración del gobierno nacional. Seguramente algún consultor debe haber dicho que la irritación de los vecinos se convertiría por artes de magia en una saeta que erosionaría la base electoral del macrismo.
Noveno: hace por lo menos ochenta años que la sociología corroboró empíricamente que los efectos de la propaganda no son ni lineales ni acumulativos. Esto es: pasado cierto umbral la machacona persistencia de una campaña que, por ejemplo, diga que Macri es inepto o corrupto comienza primero a tener una eficacia decreciente y luego, y esto es lo más importante, un efecto paradojal que opera como un boomerang en contra de quienes administran la campaña y pasa a jugar a favor del blanco de sus ataques. El empecinamiento en criticar al macrismo (más allá de las abundantes razones que hay para hacerlo) terminó por victimizarlo y luego por blindarlo ante cualquier ataque: pese a estar procesado judicialmente y al sesgo ostensiblemente privatista y “pro-mercado” de su gestión la ciudadanía lo ratificó con su voto. Para colmo, la reacción de Macri ante la torpeza de la campaña fue muy astuta: mientras sus detractores le decían de todo (que era un imbécil, vacío, corrupto) él asumía con maestría actoral su condición de víctima y respondía con serenidad a las desaforadas descalificaciones de sus adversarios ofreciendo estoicamente la otra mejilla y exhortando al diálogo y la tolerancia. Los resultados están a la vista.
Décimo: el remate de esta colección de desatinos se desencadenó luego de conocidos los resultados del domingo. Altos funcionarios del gobierno y voceros o intérpretes oficiosos del mismo (como Fito Páez, entre otros) salieron a decir toda clase de barbaridades contra los porteños, o la mitad de ellos. Primero, desconociendo que una parte de los votantes de Macri (y no una fracción insignificante) lo serán también de Cristina si es que la racionalidad logra posarse entre Olivos y la Casa Rosada como para evitar la reiteración de tantos exabruptos. Segundo, desconociendo que esa misma ciudad que eligió a Macri antes había elegido, y re-elegido, a Aníbal Ibarra, aliado entonces y ahora del gobierno nacional y había consagrado senador al actual candidato oficialista Daniel Filmus. Tercero, que cada vez que Buenos Aires tuvo una oferta razonablemente seria y competitiva de izquierda o de centro izquierda la consagró con su voto: desde Alfredo Palacios en 1904 hasta Aníbal Ibarra hace pocos años atrás, pasando por la elección del mismo Palacios como senador en 1961 agitando como una de sus principales banderas la irrestricta defensa de la Revolución Cubana.
De todo lo anterior se desprende que en vez de quejarse de los vecinos de Buenos Aires los quejosos harían bien en mirar a la viga que tienen clavada en sus ojos y que les inhibe de ver la realidad social que los circunda y los límites y contradicciones de un proyecto político que se debate entre la radicalización -¡nada que ver con la “profundización del modelo”, basado en la sojización, la minería de cielo abierto, la primarización de la economía, la regresividad tributaria, la informalidad laboral y los privilegios al capital financiero consagrados por la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz, aún vigente!- radicalización, decíamos, o estancamiento y posterior derrota en caso de que aquélla no sea llevada a la práctica trascendiendo el plano de la retórica para instalarse en el terreno más productivo de las políticas concretas de estado. Esto requiere abrir paso a una nueva agenda de transformaciones profundas de la vida económica y social que sólo será viable si se cuenta con la movilización y organización autónoma de los sectores populares, al margen de los desgastados, desprestigiados e inservibles aparatos cegetistas o pejotistas con los cuales el gobierno intentó, infructuosamente, neutralizar la reacción de los “agrarios” durante la discusión de la 125.
Si Macri triunfó en la primera vuelta del pasado 10 de Julio fue precisamente porque las limitaciones del kirchnerismo le impidieron construir un muro de contención ante los avances del neoliberalismo en versión macrista. Pero es preciso no engañarse: Macri por ahora es un fenómeno local, de Buenos Aires, pero parece ser el personaje destinado a reunir en torno a su figura las voluntades de toda la derecha argentina que hace tiempo viene buscando un líder que sintetice sus múltiples intereses. De la noche a la mañana lo que antes era “el límite” para Ricardo Alfonsín ahora se ha convertido en un aliado imprescindible, y Duhalde y Carrió procuran subirse al carro triunfador del macrismo arrojando por la borda cualquier escrúpulo ideológico. Según se vaya moviendo la coyuntura, y las fuerzas que en ella operan, Macri podría convertirse en la expresión argentina de lo que Sebastián Piñera es en Chile, Alan García en el Perú, Juan M. Santos en Colombia, Laura Chinchilla en Costa Rica, Ricardo Martinelli en Panamá y Felipe Calderón en México: el rostro de un proyecto restaurador de la derecha radical y abiertamente pro-imperialista (para el cual el PRO parece ser el más indicado, al menos por su nombre) concebido por Washington y ejecutado bajo la dirección de una vasta red de organizaciones de todo tipo (“tanques de pensamiento”, universidades, empresas, partidos, medios de comunicación) dirigida por José M. Aznar en España y la FAES, la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, contando con ingentes aportes del Fondo Nacional para la Democracia y diversas agencias y organizaciones abiertas o encubiertas del gobierno estadounidense. Proyecto restaurador que tiene por objetivo borrar de la faz de la tierra no sólo a la Revolución Cubana sino a los procesos bolivarianos en curso en Venezuela, Bolivia y Ecuador y a los vacilantes gobiernos de centro izquierda, como Argentina, Brasil y Uruguay, considerados por los halcones de Washington como cómplices de aquellos. La ratificación de Macri al frente de la Jefatura de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires es una noticia muy preocupante que hay que interpretar a la luz de este proceso regresivo de alcance continental y que, por eso mismo, excede los marcos de la política local y puede eventualmente alcanzar significación nacional.
Para terminar: quienes en el gobierno y fuera de él están enojados con los porteños les recomendamos leer y reflexionar sobre este incisivo poema que Bertolt Brecht escribiera a propósito de un acontecimiento sólo en parte similar al decepcionante resultado electoral del domingo pasado: el enojo que suscitó entre los gobernantes de la República Democrática Alemana la insurrección popular de 1953:
"Solución"
"Tras la sublevación del 17 de Junio
la Secretaria de la Unión de Escritores
hizo repartir folletos en el Stalinallee
indicando que el pueblo había perdido
la confianza del gobierno.
Y que podía ganarla de nuevo solamente
con redoblados esfuerzos.
¿No sería más simple para el gobierno,
en este caso, disolver al pueblo y elegir otro?"

viernes, 6 de mayo de 2011

Cultura: La muerte del autor. Roland Barthes

Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado dis-frazado de mujer, escribe lo siguiente: «Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos.» ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia persona1 ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas «literarias» sobre la feminidad? ¿La sabidurfa universal? ¿La psicología románticaP Nunca jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que van a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.
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Siempre ha sido así, sin duda: en cuanto un hecho pasa a ser relatado, con fines intransitivos y no con la finalidad de actuar directamente sobre lo real, es decir, en definitiva, sin más función que el propio ejercicio del símbolo, se produce esa ruptura, la voz pierde su origen, eI autor entra en su propia muerte, comienza la escritura. No obstante, el sentimiento sobre este fenómeno ha sido variable; en las sociedades etnográficas, el relato jamás ha estado a cargo de una persona, sino de un mediador, chamán o recitador, del que se puede, en rigor, admirar la «performance» (es decir, el dominio del código narrativo), pero nunca el «genio». El autor es un personaje moderno, producido indudablemente por nuestra sociedad, en la medida en que ésta, al salir de la Edad Media y gracias a1 empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe personal de la Reforma, descubre el prestigio del individuo o, dicho de manera más noble, de la «persona humana». Es lógico, por lo tanto, que en materia de literatura sea el positivismo, resumen y resultado de la ideología capitalista, e1 que haya concedido la máxima importancia a la «persona» de1 autor. Aún impera el autor en los manuales de historia literaria, las biografías de escritores, las entrevistas de revista, y hasta en la misma conciencia de 1os literatos, que tienen buen cuidado de reunir su persona con su obra gracias a su diario íntimo; la imagen de la literatura que es posible encontrar en la cultura común tiene su centro, tiránicamente, en el autor, su persona, su historia, sus gustos, sus pasiones; la crítica aún consiste, la mayor parte de las veces, en decir que la obra de Baudelaire es el fracaso de Baudelaire como hombre; la de Van Gogh, su locura; la de Tchaikovsky, su vicio: la explicación de la obra se busca siempre en el que la ha producido, como si, a través de la alegoría más o menos transparente de la acción, fuera, en definitiva, siempre, la voz de una sola y misma persona, el autor, la que estaría entregando sus «confidencias».
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Aunque todavía sea muy poderoso el imperio de1 Autor (la nuev a crítica lo único que ha hecho es consolidarlo), es obvio que algunos escritores hace ya algún tiempo que se han sentido tentados por su derrumbamiento. En Francia ha sido sin duda Mallarmé e1 primero en ver y prever en toda su amplitud la necesidad de sustituir por el propio lenguaje al que hasta entonces se suponía que era su propietario; para él, igual que para nosotros, es el lenguaje, y no el autor, el que habla; escribir consiste en alcanzar, a través de una previa impersonalidad – que no se debería confundir en ningún momento con la objetividad castra- dora del novelista realista – ese punto en el cua1 sólo e1 lenguaje actúa, «performa»,* y no «yo». toda la poética de Mallarmé consiste en suprimir al autor en beneficio de la escritura (lo cua1, como se verá, es devolver su sitio al lector). Valéry, completamen- te enmarañado en una psicología del Yo, edulcoró mucho Ia teoría de Mallarmé, pero, al remitir por amor al clasicismo, a las lecciones de la retórica, no dejó de someter a1 Autor a la duda y la irrisión, acentuó la naturaleza lingüística y como «azarosa» de su actividad, y reivindicó a lo largo de sus libros en prosa la condición esencialmente verbal de la literatura, frente a la cual cualquier recurso a la interioridad del escritor le parecía pura superstición. El mismo Proust, a pesar de1 carácter aparentemente psicológico de lo que se suele llamar sus andlisis, se impuso claramente como tarea el emborronar inexorablemente, gracias a una extremada sutilización, la relación entre el escritor y sus personajes: al convertir al narrador no en el que ha visto y sentido, ni siquiera el que está escribiendo, sino en el que va a escribir (el joven de la novela – pero, por cierto, ¿qué edad tiene y quién es ese joven’? – quiere escribir, pero no puede, y la novela acaba cuando por fin se hace posible la escritura), Proust ha hecho entrega de su epopeya a la escritura moderna: reaIizando una inversión radical, en lugar de introducir su vida en su novela, como tan a menudo se ha dicho, hizo de su propia vida una obra cuyo modelo fue su propio libro, de tal modo que nos resultara evidente que no es Charlus el que imif,a a Montesquiou, sino que Montesquiou, en su realidad anecdótica, histórica, no es sino un fragmento secundario, derivado, de Charlus. Por último, el Surrealismo, ya que seguimos con la prehistoria de la modernidad, indudablemente, no podía atribuir al lenguaje una posición soberana, en la medida en que el lenguaje es un sistema, y en que lo que este movimiento postulaba, románticamente, era una subversión directa de los códigos – ilusoria, por otra parte, ya que un código no puede ser destruido, tan sólo es posible «burlarlo>~,- pero al recomendar incesantemente que se frustraran bruscamente los sentidos esperados (el famoso «sobresalto» surrealista), a1 confiar a la mano la tarea de escribir lo más aprisa posible 1o que la misma mente ignoraba (eso era la famosa escritura automática), al aceptar el principio y la experiencia de una escritura colectiva, el Surrealismo contribuyó a desacralizar la imagen del Autor. Por último, fuera de la literatura en sí (a decir verdad, estas distinciones están quedándose caducas), Ia lingüística acaba de proporcionar a la destrucción del Autor un instrumento analítico precioso, al mostrar que la enunciación en su totalidad es un proceso vacío que funciona a la perfección sin que sea necesario rellenarlo con las personas de sus interlocutores: lingüísticamente, el autor nunca es nada más que el que escribe, del mismo modo que yo no es otra cosa sino el que dice yo: el lenguaje conoce un «sujeto», no una «persona», y ese sujeto, vacío excepto en la propia enunciación, que es la que lo define, es su6ciente para conseguir que e1 lenguaje se «mantenga en pie», es decir, para llegar a agotarlo por completo.
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El alejamiento de1 Autor (se podría hablar, siguiendo a Brecht, de un auténtico «distanciamiento», en el que el Autor se empequeñece como una estatuilla al fondo de la escena literaria) ao es tan sólo un hecho histórico o un acto de escritura.’ transforma de cabo a rabo e1 texto moderno (o – lo que viene a ser lo mismo – el texto, a partir de entonces, se produce y se lee de tal manera que el autor se ausenta de él a todos los niveles). Para empezar, el tiempo ya no es el mismo. Cuando se cree en el Autor, éste se concibe siempre como el pasado de su propio libro: el libro y el autor se sitúan por sí mismos en una misma línea, distribuida en un antes y un después: se supone que el Autor es el que nutre al libro, es decir, que existe antes que él, que piensa, sufre y vive para él; mantiene con su obra la misma relación de antecedente que un padre respecto a su hijo. Por el contrario, el escritor moderno nace a la vez que su texto; no está provisto en absoluto de un ser que preceda o exceda su escritura, no es en absoluto el sujeto cuyo predicado sería el libro; no existe otro tiempo que el de la enunciación, y todo texto está escrito eternamente aquí y ahora. Es que (o se sigue que) escribir ya no puede seguir designando una operación de registro, de constatación, de representación, de «pintura» (como decían los Clásicos), sino que más bien es lo que los lingüistas, siguiendo la filosofía oxfordiana, llaman un performativo, forma verbal extraña (que se da exclusivamente en primera persona y en presente) en la que la enunciación no tiene más contenido (más enunciado) que el acto por el cual ella misma se profiere: algo así como el Yo declaro de 1os reyes o el Yo canto de los más antiguos poetas; el moderno, después de enterrar al Autor, no puede ya creer, según la patética visión de sus predecesores, que su mano es demasiado lenta para su pensamiento o su pasión, y que, en consecuencia, convirtiendo la necesidad en ley, debe acentuar ese retraso y «trabajar» indefinidamente la forma; para él, por el contrario, la mano, alejada de toda voz, arrastrada por un mero gesto de inscripción (y no de expresión), traza un campo sin origen, o que, a1 menos, no tiene más origen que el mismo lenguaje, es decir, exactamente eso que no cesa de poner en cuestión todos los orígenes.
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Hoy en día sabemos que un texto no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico, en cierto modo (pues sería el mensaje del Autor-Dios), sino por un espacio de múltiples dimensiones en e1 que se concuerdan y se contrastan diversas escrituras, ninguna de las cuales es la original: el texto es un tejido de citas provenientes de los mil focos de la cultura. Semejante a Bouvard y Pécuchet, eternos copistas, sublimes y cómicos a la vez, cuya profunda ridiculez designa precisamente la verdad de la escritura, el escritor se limita a imitar un gesto siempre anterior, nunca original; el único poder que tiene es el de mezclar las escrituras, llevar la contraria a unas con otras, de manera que nunca se pueda uno apoyar en una de ellas; aunque quiera expresarse, al menos debería saber que la «cosa» interior que tiene la intención de «traducir~ no es en sí misma más que un diccionario ya compuesto, en el que las palabras no pueden explicarse sino a través de otras paIabras, y así indefinidamente: aventura que le sucedió de manera ejemplar a Thomas de Quincey de joven, gue iba tan bien en griego que para traducir a esa lengua ideas e imágenes absolutamente modernas, según nos cuenta Baudelaire, «había creado para sí mismo un diccionario siempre a punto, y de muy distinta complejidad y extensión del que resuIta de la vulgar paciencia de los temas puramente literarios» (Los Paraísos Artificiales); como sucesor del Autor, el escritor ya no tiene pasiones, humores, sentimientos, impresiones, sino ese inmenso diccionario del que extrae una escritura que no puede pararse jamás: la vida nunca hace otra cosa que imitar al libro, y ese libro mismo no es más que un tejido de signos, una imitación perdida, que retrocede infinitamente.
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Una vez alejado el Autor, se vuelve inútil la pretensión de «descifrar» un texto. Darle a un texto un Autor es imponerle un seguro, proveerlo de un significado último, cerrar la escritura. Esta concepción le viene muy bien a la crítica, que entonces pretende dedicarse a la importante tarea de descubrir al Autor (o a sus hipóstasis: la sociedad, la historia, la psique, la libertad) bajo la obra: una vez hallado el Autor, el texto se «explica», el crítico ha alcanzado la victoria; así pues, no hay nada asombroso en el hecho de que, históricamente, el imperio de1 Autor haya sido también el del Crítico, ni tampoco en el hecho de que la crítica (por nueva que sea) caiga desmantelada a la vez que el Autor. En la escritura múltiple, efectivamente, todo está por desenredar, pero nada por descifrar; puede seguirse la estructura, se la puede reseguir (como un punto de media que se corre) en todos sus nudos y todos sus niveles, pero no hay un fondo; el espacio de la escritura ha de recorrerse, no puede atravesarse; la escritura instaura sentido sin cesar, pero siempre acaba por evaporarlo: procede a una exención sistemática del sentido. Por eso mismo, la literatura (sería mejor decir la escritura, de ahora en adelan-te), al rehusar la asignación al texto (y al mundo como texto) de un «secreto», es decir, un sentido último, se entrega a una activi- dad que se podría llamar contrateológica, revolucionaria en sen- tido propio, pues rehusar la detencióri del sentido, es, en definiti- va, rechazar a Dios y a sus hipóstasis, la razón, la ciencia, la ley.
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Volvamos a la frase de Balzac. Nadie (es decir, ninguna «persona») la está diciendo: su fuente, su voz, no es el auténtico lugar de la escritura, sino la lectura. Otro ejemplo, muy preciso, puede ayudar a comprenderlo: recientes investigaciones (J.-P. Vernant) han sacado a la luz la naturaleza constitutivamente ambigua de la tragedia griega; en ésta, el texto está tejido con palabras de doble sentido, que cada individuo comprende de manera unilateral (precisamente este perpetuo malentendido constituye lo «trágico»); no obstante, existe alguien que entiende cada una de las palabras en su duplicidad, y además entiende, por decirlo así, incluso la sordera de los personajes que están hablando ante él: ese alguien es, precisamente, el lector (en este caso el oyente). De esta manera se desvela el sentido total de la escritura: un texto está formado por escrituras mú1tiples, procedentes de varias cul- turas y que, unas con otras, establecen un diálogo, una parodia, una contestación; pero existe un lugar en el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, como hasta hoy se ha dicho, sino el lector: el lector es el espacio mismo en que se inscriben, sin que se pierda ni una, todas las citas que constituyen una escritura; la unidad del texto no está en su origen, sino en su destino, pero este destino ya no puede seguir siendo personal: el lector es un hombre sin historia, sin biografía, sin psicología; é! es tan sólo ese alguien que mantiene reunidas en un mismo campo todas las huellas que constituyen el escrito. Y ésta es la razón por la cual nos resulta risible oír cómo se condena 1a nueva escritura en nombre de un humanismo que se erige, hipócritamente, en campeón de los derechos del lector. La crítica clásica no se ha ocupado nunca del lector; para ella no hay en la lite- ratura otro hombre que el que la escribe. Hoy en día estamos empezando a no caer en la trampa de esa especie de antífrasis gracias a la que la buena sociedad recrimina soberbiamente en favor de lo que precisamente ella misma está apartando, ignoran- do, sofocando o destruyendo; sabemos que para devolverIe su porvenir a la escritura hay que darle la vuelta al mito: el nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor.
1968, Manteia.
* Es un anglicismo. Lo conservo como tal, entrecomillado, ya que para aludir a la “performance” de la gramática chomskyana, que suele traducirse por “actuación”. [T]