Para aquellos que estan en sintonía con El Banquete de Platón, este cuento de Fernanado Pessoa les va a resultar con un aire famailiar. En mi opinión podriá tratarse de un elogio de la anarquía, tal como en el Banquete se elogia al amor. Les dejo una breve reseña del libro, que encontré en la net y creo que pinta las cosas como son.
Banquero Anarquista
En 1922, cinco años después de la Revolución Rusa, Fernando Pessoa publica en una revista de Lisboa El banquero anarquista, uno de los muy pocos textos que daría a conocer en vida. De enorme originalidad de forma y de sentido y acaso más cerca de los diálogos platónicos que de la narración, los aparentemente impecables argumentos de este banquero corrupto y exitoso, que sin embargo insiste en asumirse como anarquista practicante, concretan una legítima cumbre de la ironía y de¡ humor negro. Pero, además, permiten calibrar a fondo la compleja y fecunda personalidad de su creador. Porque, a la vez que intenta revestir con razonamientos revolucionarios los fructuosos negocios de su protagonista, tan similares a los del devastador ultraeconomicismo globalizado de hoy, esos mismos argumentos resultan también convincentes para justificar la rebelión. Y anticipan, con deslumbrante lucidez, el estruendoso fracaso de lo que iba a ser el socialismo real. El encandilador juego de espejos con que la realidad suele ser asumida por el gran poeta de los heterónimos concreta así uno de sus más reveladores paradigmas. Con irreprochable dialéctica se manifiestan, y se ocultan, los rostros cambiantes e hipnotizadores de la verdad. El banquero anarquista aparece como una pieza clave en el inquietante tablero de Fernando Pessoa.
Fuente: La Máquina del tiempo una revista de literatura
viernes, 19 de noviembre de 2010
lunes, 18 de octubre de 2010
Literarias: Una joya, publicada por Página 12
LITERATURA › LA VIDA DE CESAR GONZALEZ, LA OBRA DE CAMILO BLAJAQUIS
“Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba”
A los 21 años, después de haber estado preso desde los 16 hasta los 20, publicó La venganza del cordero atado, su primer libro de poemas. “Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente”, subraya.
Por Silvina Friera
El aire se espesa en Morón. Se presiente la lluvia, el ataque de las gotas, como en uno de los poemas de Camilo Blajaquis, el seudónimo que eligió César González para escupir su dolor, su verdad, su poesía, cuando renació dentro de una cárcel. “¡Letras, máscara de mi herida! / Aliéntame esta tarde / que si no escribo soy piedra / y vuelvo a ser tan sólo un expediente/”, se lee en su primer libro, de título ricotero, La venganza del cordero atado (Ediciones Continente), con ilustración de Rocambole y prólogo de Luis Mattini. Dos trozos de carbón que arden; llamitas intrépidas lanzadas del presente hacia el futuro. Los ojos de César experimentan con la pequeña porción del horizonte que se deja ver desde la ventana de “Dallas”, un bar “cero burgués” –lo define—, un lugar de laburantes donde el joven juega de local desde febrero pasado, cuando salió en libertad. Su mirada se embarca en un mar de proyectos: otro libro de poemas más, el crecimiento de la revista que edita, ¿Todo piola? (ver aparte), la carrera de letras que cursa en la UBA. “Me lo bajo en un toque”, dice por el sándwich de pan francés que le acaba de servir Ubaldo Collado, dueño y mozo, sufrido hincha de Racing. Como César. Si la lluvia es el momento en que el cielo y la tierra tienen un orgasmo –como escribió en otro poema–, habrá que esperar ese encuentro. El sol empuja en cámara lenta a las nubes. “Algo le debo a mi sangre toba. Te dije que se estaba yendo la tormenta –se entusiasma, mientras comprueba que se cumple su pronóstico–; nunca le hagas caso al servicio meteorológico. Las culturas originarias de este continente miran el cielo y saben cuándo va a llover. Ahora tenemos todas las tecnologías. Y ni así le pegan.”
En menos de un minuto, César devora el sándwich. “¿Qué hacés, caradura?”, dice y saluda a Lucho, el padre de un compañero de la calle, cuando César andaba en la calle, unos seis años atrás que parecen prehistóricos. “En el barrio siempre es así, se acercan a saludarme.” El barrio es la villa Carlos Gardel, “panorama de vida que siempre tiene olor a celda, a plomo, a trabajo en negro o en gris o a traje de encargado de limpieza”, dice en el poema dedicado a ese lugar en el mundo donde nació –hace 21 años– y creció a los porrazos. Donde vive y da talleres literarios para rescatar a los pibes de un “infierno anunciado”. “No es que me levanté un día o manejé en mi cabeza, en algún momento, la idea de escribir un libro –cuenta César–. La venganza del cordero atado es un rejunte de los poemas que escribí, tan simple como eso.” Lo que no es tan simple es dónde los escribió, en institutos de menores, en la cárcel, bajo el seudónimo de Camilo Blajaquis: Camilo en homenaje al comandante Cienfuegos –uno de los líderes de la Revolución Cubana–, Blajaquis por el militante peronista asesinado en la pizzería La Real, relatado por Rodolfo Walsh en ¿Quién mató a Rosendo?
“Mi cabeza empezó a cambiar, a incorporar cosas nuevas; todo un mundo que no conocía hasta antes de caer preso, cuando me di cuenta de todo lo que se le oculta a un joven que le toca nacer en un barrio de clase baja, en una condición pobre y humilde como en la que nací. Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente. Te excluyen porque sos el negro de una villa, el negro de mierda, vas a ser chorro, obrero y nada más. El sistema te excluye y es mucho más cruel de lo que uno cree –repasa su aprendizaje–. Lo que juega es una exclusión simbólica: el de la villa es un ignorante, es un posible delincuente.” César subraya que el primer acto de su renacimiento, antes de la escritura, no fue la lectura –los libros que unas manos de mago, literalmente, acercaron a sus ojos– sino la libertad que le dio pensar. “Empecé a usar esto que tengo acá arriba –dice con el dedo índice en la sien– para algo productivo, para algo que me diera vida, que me diera fuerza. Y digo vida porque estaba muerto en vida: 16 años, seis balazos de la policía, me quedaban cinco años de cárcel; ingresé a un instituto con los clavos en las piernas, en muletas, pesando 50 kilos. Realmente estaba muerto.”
La realidad es que estaba preso –muerto en vida– en 2005. El camino de regreso a la vida tiene un nombre: Patricio “Merok” Montesano, un amigo que le acercó los libros, “un vago que daba taller de magia voluntariamente dentro de la cárcel”. “Nos trataba bien, no venía desde un lugar de profesor, ‘a ustedes, negritos, les vengo a enseñar cómo es la vida’, que es muchas veces la postura de los talleristas en la cárcel. El nos trataba como personas, no como monstruos. Nos enseñaba un truco de magia y nos hablaba de Walsh, de Cooke, del Che, de lo que pasó en los ’70. Nos hablaba de arte, de poesía, de cultura –enumera ese torbellino de novedades que lo asaltaron–. Al principio no le di mucha importancia, ‘este loco de mierda, qué me importa lo que dice, si total a mí me quedan un montón de años’. Pero venía en serio, con pureza, para ayudar.” El mago vaya si ayudó. Le prestó De Ernesto al Che, de Calica Ferrer. “Antes de ese libro yo no sabía, por ejemplo, que el Che era argentino, ni qué había hecho, ni cuáles eran sus ideales, ni por qué luchó –reconoce César–. Ese libro me sirvió para darme cuenta de que uno puede hacer un click en la vida, como lo hizo el Che. Y comenzaron las preguntas, aparecieron los porqué: por qué nací en una villa, por qué tuve que ser pobre, por qué tuve que nacer en un contexto de mierda, por qué tuve que saber a los 7, 8 años que existe la cocaína, el porro y que vivo en un barrio donde eso es frecuente y la cultura es ésa.”
La seguidilla de preguntas productivas se multiplicaban; estaba encerrado, pero no anestesiado. No sabía qué esperaba, pero algo llegaría. “¿Hubiese terminado en una celda si no hubiese nacido en una villa? Si nueve de cada diez de los que estábamos en la cárcel éramos de una villa. ¿Qué hubiese pasado si hubiese nacido en otro contexto? Realmente no sé, pero considero que en la cárcel no hubiese terminado con 16 años, baleado, adicto a las drogas como era. Se cayó la venda de mis ojos con mucha rabia. No quería darle el gusto al sistema, a la sociedad, que quiere que terminemos en la cárcel. Y fue una ruptura.”
–Y la rabia lo llevó a la lectura...
–Sí, a leer, a informarme, a llenarme de argumentos. Fue un renacimiento; el concepto de renacimiento en la historia de la humanidad es salir de la oscuridad de la Edad Media, de las tinieblas del oscurantismo. De repente aparecen Galileo, Da Vinci, Copérnico, otra corriente de filosofía con Descartes, los inventores, los pintores. Mi renacimiento fue gracias a la cultura. ¿Sabés por qué hablo de rabia?
–No.
–Porque no es lo mismo que alguien de clase media piense a que lo haga un pibe de clase baja. Si el de clase baja tiene conciencia de clase, la potencia que tiene ese pensamiento es mucho más explosiva que la de la clase media, en el sentido de rebelarte. Fue lo que me pasó a mí: tener conciencia de clase, pero no haciendo una separación porque yo soy de abajo, pero no quiero que se muera el de arriba. No. Yo pensaba todo esto, pero seguía dentro de una celda. No sabía que el día de mañana iba a publicar un libro, a hacer una revista...
–Tocó fondo: o se hundía del todo o flotaba y salía a la superficie, que es lo que hizo.
–Exactamente, pero una vez que llegué a flotar, había que remar porque estaba en el medio del mar y no había remos. Había que remar y no había balsa, había que remar y no había isla para naufragar. Me pegaron en la cárcel por leer, por escribir, por pensar, paradójicamente. La sociedad dice que en la cárcel estamos mejor, que los derechos humanos son sólo para los chorros... y uno escucha todo ese discurso de que nos gusta esa vida en la cárcel, que no hacemos nada. A mí no me gustaba esa vida y decidí hacer otra cosa: leer, terminar el secundario, recibirme. Pero no recibí un abrazo de la sociedad; recibí piñas, me quebraron los tobillos, me rompieron un diente; sufrí miles de requisas por leer y escribir. Me di cuenta de que la sociedad prefiere que los pibes roben, que se droguen antes que accionen y piensen. Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba. Cuando un pibe en este país pensó y accionó, lo torturaron, lo masacraron y no apareció más.
–En un poema se lee que una psicóloga dijo que no podía ser escritor. ¿Fue así?
–“Y esa piña duele más que la del guardia”... puse en ese poema. Siempre recuerdo el día que escribí mi primer poema y se lo llevé a una psicóloga que tenía en el Instituto Belgrano. Lo había escrito la noche anterior después de leer una crónica de Arlt en Aguafuertes porteñas que me había gustado mucho. Seguramente estaría lleno de limitaciones; al principio escribía con rima, no podía escaparle a eso (risas). Había sentido un vómito que me daba libertad. Algo se había desatado, el candado se había quebrado cuando escribí ese poema. No es una figura menor el psicólogo dentro de la cárcel; es el juez cotidiano de tu vida. Yo le llevaba un poema que me había hecho sentir persona... Yo me odié mucho tiempo, pero llegó un momento en que ese odio lo transformaba en violencia o en poesía. La psicóloga dejó el papel a un costado y me dijo: “Muy lindo esto, pero cuando salgas tenés que trabajar. Vos cometiste un delito, tenés que resarcir a la sociedad y la única forma es que te rompas el lomo trabajando. Con esto –por el poema– no resarcís el daño. Esto puede ser muy lindo, un pasatiempo, pero tenés que trabajar. A ver si se te mete en la cabeza...”. Y no fue una mala experiencia como argumentan algunos psicólogos para que me quede tranquilo. ¡Las pelotas fue una mala experiencia! Tuve doce psicólogos diferentes y todos me dijeron lo mismo. Ninguno me leyó un poema. Yo necesitaba que alguien lo leyera, que me dijera: “Está feo, pero vas bien”. Era un acontecimiento para mí, pero me lo negaban, lo reprimían. Cuando se lo di a Patricio, me dijo: “¿Es la primera ves que escribís? Seguí, probá, no está nada mal”. Y me trajo libros de poesía. ¿Te das cuenta la función de uno y otro? Uno estaba para ayudar, los psicólogos para reprimir.
–¿Por qué dice en un poema que “aunque no parezca soy poeta, soy un optimista”?
–Ese poema es una trompada tras otra, pero lo escribí en otro momento. Eso fue hace tres años, cuando pensaba que la política eran los políticos, pero ahora sé que es una herramienta. Si los políticos en nombre de la política hicieron desastres, la palabra no tiene la culpa. Hay optimismo en el escenario político argentino y hasta noto cierta alegría. La naturaleza de los barrios bajos es el peronismo obrero. No puedo desconocer eso; y con más facilidad me doy cuenta de que este gobierno se corresponde con esa naturaleza, que este gobierno está relacionado directamente con los intereses populares y me siento identificado. Yo viví en una casa de material y chapa toda la vida. Hoy tenemos una casa digna con calefón, cocina y agua caliente. Pero tampoco me encierro en una etiqueta ideológica. Soy peronista, pero lo que menos me gusta del peronismo es Perón. Para mí el peronismo es una esencia colectiva; por eso me siento identificado con esa subjetividad colectiva que resistió 18 años. Soy eso, pero también marxista y me gusta la filosofía, el rock y el reggae. Decir “soy esto” es autolimitarse, autoexcluirse. Yo quiero seguir creciendo y seguir siendo cada vez más cosas.
–¿Qué pasó con su lenguaje cuando salió de la cárcel? ¿Cambió?
–Sí, empecé la facultad, estoy en nuevos ambientes con gente que habla diferente. Pero el lenguaje es muy amplio; en mi barrio si tengo que hablar con los pibes, hablo así también. Soy así siempre, pero tampoco en exceso porque si me hago el académico me van a decir: “¿Qué estás hablando, gil?” (risas). Pero no me gusta el estereotipo y simular que soy villero y tener que comerme las eses y decir: “Ey, guacho”. Ya venía incorporando nuevas palabras a mi vocabulario desde la lectura. ¿Vos te pensás que hablaba así cuando caí en cana? Usaba la misma cantidad de palabras para hablar siempre de lo mismo: a quién le choreamos, cuánto hiciste, cuánta merca compramos, anda la yuta... No salía de ahí. Ahora no tengo odio, y eso que me sobraban los argumentos para odiar, para salir de la cárcel con ganas de matar. Sigo escribiendo poesía, estoy preparando mi segundo libro. Necesito escribir como el adicto necesita de su dosis. Mi dosis es escribir porque me corre la poesía por las venas. Y que por mis venas corra poesía es lo que me hace también experimentar una sobredosis de esperanza.
Poemas candados
Yo vi belleza en cada paliza
Y en cada requisa planeé mi futuro.
De los tiroteos quedó esta mirada.
De años con celda tengo tantas ganas.
De la calle un doctor, maestro y artista.
De las horas en visita, mis lecciones de dolor.
Como gira en madrugada, el ritmo de mi poesía.
El chamuyo con los pibes, hoy mi única alegría.
De la droga un turista, un simple consumidor.
Del hambre el resentimiento transformado en mi canción.
Verdugueadas de la yuta, como el sol de cada día.
De esos seres del juzgado, mi alimento de injusticia.
La lluvia sobre las chapas suena sobre mi conciencia.
Da razón a la esperanza,
que va escribiendo mi cuento.
* En La venganza del cordero atado (Ediciones Continente).
pd: me pregunto qué condiciones sociales favorecen a que se den esta suerte de "milagros", será la pregunta de siempre quizás
“Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba”
A los 21 años, después de haber estado preso desde los 16 hasta los 20, publicó La venganza del cordero atado, su primer libro de poemas. “Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente”, subraya.
Por Silvina Friera
El aire se espesa en Morón. Se presiente la lluvia, el ataque de las gotas, como en uno de los poemas de Camilo Blajaquis, el seudónimo que eligió César González para escupir su dolor, su verdad, su poesía, cuando renació dentro de una cárcel. “¡Letras, máscara de mi herida! / Aliéntame esta tarde / que si no escribo soy piedra / y vuelvo a ser tan sólo un expediente/”, se lee en su primer libro, de título ricotero, La venganza del cordero atado (Ediciones Continente), con ilustración de Rocambole y prólogo de Luis Mattini. Dos trozos de carbón que arden; llamitas intrépidas lanzadas del presente hacia el futuro. Los ojos de César experimentan con la pequeña porción del horizonte que se deja ver desde la ventana de “Dallas”, un bar “cero burgués” –lo define—, un lugar de laburantes donde el joven juega de local desde febrero pasado, cuando salió en libertad. Su mirada se embarca en un mar de proyectos: otro libro de poemas más, el crecimiento de la revista que edita, ¿Todo piola? (ver aparte), la carrera de letras que cursa en la UBA. “Me lo bajo en un toque”, dice por el sándwich de pan francés que le acaba de servir Ubaldo Collado, dueño y mozo, sufrido hincha de Racing. Como César. Si la lluvia es el momento en que el cielo y la tierra tienen un orgasmo –como escribió en otro poema–, habrá que esperar ese encuentro. El sol empuja en cámara lenta a las nubes. “Algo le debo a mi sangre toba. Te dije que se estaba yendo la tormenta –se entusiasma, mientras comprueba que se cumple su pronóstico–; nunca le hagas caso al servicio meteorológico. Las culturas originarias de este continente miran el cielo y saben cuándo va a llover. Ahora tenemos todas las tecnologías. Y ni así le pegan.”
En menos de un minuto, César devora el sándwich. “¿Qué hacés, caradura?”, dice y saluda a Lucho, el padre de un compañero de la calle, cuando César andaba en la calle, unos seis años atrás que parecen prehistóricos. “En el barrio siempre es así, se acercan a saludarme.” El barrio es la villa Carlos Gardel, “panorama de vida que siempre tiene olor a celda, a plomo, a trabajo en negro o en gris o a traje de encargado de limpieza”, dice en el poema dedicado a ese lugar en el mundo donde nació –hace 21 años– y creció a los porrazos. Donde vive y da talleres literarios para rescatar a los pibes de un “infierno anunciado”. “No es que me levanté un día o manejé en mi cabeza, en algún momento, la idea de escribir un libro –cuenta César–. La venganza del cordero atado es un rejunte de los poemas que escribí, tan simple como eso.” Lo que no es tan simple es dónde los escribió, en institutos de menores, en la cárcel, bajo el seudónimo de Camilo Blajaquis: Camilo en homenaje al comandante Cienfuegos –uno de los líderes de la Revolución Cubana–, Blajaquis por el militante peronista asesinado en la pizzería La Real, relatado por Rodolfo Walsh en ¿Quién mató a Rosendo?
“Mi cabeza empezó a cambiar, a incorporar cosas nuevas; todo un mundo que no conocía hasta antes de caer preso, cuando me di cuenta de todo lo que se le oculta a un joven que le toca nacer en un barrio de clase baja, en una condición pobre y humilde como en la que nací. Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente. Te excluyen porque sos el negro de una villa, el negro de mierda, vas a ser chorro, obrero y nada más. El sistema te excluye y es mucho más cruel de lo que uno cree –repasa su aprendizaje–. Lo que juega es una exclusión simbólica: el de la villa es un ignorante, es un posible delincuente.” César subraya que el primer acto de su renacimiento, antes de la escritura, no fue la lectura –los libros que unas manos de mago, literalmente, acercaron a sus ojos– sino la libertad que le dio pensar. “Empecé a usar esto que tengo acá arriba –dice con el dedo índice en la sien– para algo productivo, para algo que me diera vida, que me diera fuerza. Y digo vida porque estaba muerto en vida: 16 años, seis balazos de la policía, me quedaban cinco años de cárcel; ingresé a un instituto con los clavos en las piernas, en muletas, pesando 50 kilos. Realmente estaba muerto.”
La realidad es que estaba preso –muerto en vida– en 2005. El camino de regreso a la vida tiene un nombre: Patricio “Merok” Montesano, un amigo que le acercó los libros, “un vago que daba taller de magia voluntariamente dentro de la cárcel”. “Nos trataba bien, no venía desde un lugar de profesor, ‘a ustedes, negritos, les vengo a enseñar cómo es la vida’, que es muchas veces la postura de los talleristas en la cárcel. El nos trataba como personas, no como monstruos. Nos enseñaba un truco de magia y nos hablaba de Walsh, de Cooke, del Che, de lo que pasó en los ’70. Nos hablaba de arte, de poesía, de cultura –enumera ese torbellino de novedades que lo asaltaron–. Al principio no le di mucha importancia, ‘este loco de mierda, qué me importa lo que dice, si total a mí me quedan un montón de años’. Pero venía en serio, con pureza, para ayudar.” El mago vaya si ayudó. Le prestó De Ernesto al Che, de Calica Ferrer. “Antes de ese libro yo no sabía, por ejemplo, que el Che era argentino, ni qué había hecho, ni cuáles eran sus ideales, ni por qué luchó –reconoce César–. Ese libro me sirvió para darme cuenta de que uno puede hacer un click en la vida, como lo hizo el Che. Y comenzaron las preguntas, aparecieron los porqué: por qué nací en una villa, por qué tuve que ser pobre, por qué tuve que nacer en un contexto de mierda, por qué tuve que saber a los 7, 8 años que existe la cocaína, el porro y que vivo en un barrio donde eso es frecuente y la cultura es ésa.”
La seguidilla de preguntas productivas se multiplicaban; estaba encerrado, pero no anestesiado. No sabía qué esperaba, pero algo llegaría. “¿Hubiese terminado en una celda si no hubiese nacido en una villa? Si nueve de cada diez de los que estábamos en la cárcel éramos de una villa. ¿Qué hubiese pasado si hubiese nacido en otro contexto? Realmente no sé, pero considero que en la cárcel no hubiese terminado con 16 años, baleado, adicto a las drogas como era. Se cayó la venda de mis ojos con mucha rabia. No quería darle el gusto al sistema, a la sociedad, que quiere que terminemos en la cárcel. Y fue una ruptura.”
–Y la rabia lo llevó a la lectura...
–Sí, a leer, a informarme, a llenarme de argumentos. Fue un renacimiento; el concepto de renacimiento en la historia de la humanidad es salir de la oscuridad de la Edad Media, de las tinieblas del oscurantismo. De repente aparecen Galileo, Da Vinci, Copérnico, otra corriente de filosofía con Descartes, los inventores, los pintores. Mi renacimiento fue gracias a la cultura. ¿Sabés por qué hablo de rabia?
–No.
–Porque no es lo mismo que alguien de clase media piense a que lo haga un pibe de clase baja. Si el de clase baja tiene conciencia de clase, la potencia que tiene ese pensamiento es mucho más explosiva que la de la clase media, en el sentido de rebelarte. Fue lo que me pasó a mí: tener conciencia de clase, pero no haciendo una separación porque yo soy de abajo, pero no quiero que se muera el de arriba. No. Yo pensaba todo esto, pero seguía dentro de una celda. No sabía que el día de mañana iba a publicar un libro, a hacer una revista...
–Tocó fondo: o se hundía del todo o flotaba y salía a la superficie, que es lo que hizo.
–Exactamente, pero una vez que llegué a flotar, había que remar porque estaba en el medio del mar y no había remos. Había que remar y no había balsa, había que remar y no había isla para naufragar. Me pegaron en la cárcel por leer, por escribir, por pensar, paradójicamente. La sociedad dice que en la cárcel estamos mejor, que los derechos humanos son sólo para los chorros... y uno escucha todo ese discurso de que nos gusta esa vida en la cárcel, que no hacemos nada. A mí no me gustaba esa vida y decidí hacer otra cosa: leer, terminar el secundario, recibirme. Pero no recibí un abrazo de la sociedad; recibí piñas, me quebraron los tobillos, me rompieron un diente; sufrí miles de requisas por leer y escribir. Me di cuenta de que la sociedad prefiere que los pibes roben, que se droguen antes que accionen y piensen. Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba. Cuando un pibe en este país pensó y accionó, lo torturaron, lo masacraron y no apareció más.
–En un poema se lee que una psicóloga dijo que no podía ser escritor. ¿Fue así?
–“Y esa piña duele más que la del guardia”... puse en ese poema. Siempre recuerdo el día que escribí mi primer poema y se lo llevé a una psicóloga que tenía en el Instituto Belgrano. Lo había escrito la noche anterior después de leer una crónica de Arlt en Aguafuertes porteñas que me había gustado mucho. Seguramente estaría lleno de limitaciones; al principio escribía con rima, no podía escaparle a eso (risas). Había sentido un vómito que me daba libertad. Algo se había desatado, el candado se había quebrado cuando escribí ese poema. No es una figura menor el psicólogo dentro de la cárcel; es el juez cotidiano de tu vida. Yo le llevaba un poema que me había hecho sentir persona... Yo me odié mucho tiempo, pero llegó un momento en que ese odio lo transformaba en violencia o en poesía. La psicóloga dejó el papel a un costado y me dijo: “Muy lindo esto, pero cuando salgas tenés que trabajar. Vos cometiste un delito, tenés que resarcir a la sociedad y la única forma es que te rompas el lomo trabajando. Con esto –por el poema– no resarcís el daño. Esto puede ser muy lindo, un pasatiempo, pero tenés que trabajar. A ver si se te mete en la cabeza...”. Y no fue una mala experiencia como argumentan algunos psicólogos para que me quede tranquilo. ¡Las pelotas fue una mala experiencia! Tuve doce psicólogos diferentes y todos me dijeron lo mismo. Ninguno me leyó un poema. Yo necesitaba que alguien lo leyera, que me dijera: “Está feo, pero vas bien”. Era un acontecimiento para mí, pero me lo negaban, lo reprimían. Cuando se lo di a Patricio, me dijo: “¿Es la primera ves que escribís? Seguí, probá, no está nada mal”. Y me trajo libros de poesía. ¿Te das cuenta la función de uno y otro? Uno estaba para ayudar, los psicólogos para reprimir.
–¿Por qué dice en un poema que “aunque no parezca soy poeta, soy un optimista”?
–Ese poema es una trompada tras otra, pero lo escribí en otro momento. Eso fue hace tres años, cuando pensaba que la política eran los políticos, pero ahora sé que es una herramienta. Si los políticos en nombre de la política hicieron desastres, la palabra no tiene la culpa. Hay optimismo en el escenario político argentino y hasta noto cierta alegría. La naturaleza de los barrios bajos es el peronismo obrero. No puedo desconocer eso; y con más facilidad me doy cuenta de que este gobierno se corresponde con esa naturaleza, que este gobierno está relacionado directamente con los intereses populares y me siento identificado. Yo viví en una casa de material y chapa toda la vida. Hoy tenemos una casa digna con calefón, cocina y agua caliente. Pero tampoco me encierro en una etiqueta ideológica. Soy peronista, pero lo que menos me gusta del peronismo es Perón. Para mí el peronismo es una esencia colectiva; por eso me siento identificado con esa subjetividad colectiva que resistió 18 años. Soy eso, pero también marxista y me gusta la filosofía, el rock y el reggae. Decir “soy esto” es autolimitarse, autoexcluirse. Yo quiero seguir creciendo y seguir siendo cada vez más cosas.
–¿Qué pasó con su lenguaje cuando salió de la cárcel? ¿Cambió?
–Sí, empecé la facultad, estoy en nuevos ambientes con gente que habla diferente. Pero el lenguaje es muy amplio; en mi barrio si tengo que hablar con los pibes, hablo así también. Soy así siempre, pero tampoco en exceso porque si me hago el académico me van a decir: “¿Qué estás hablando, gil?” (risas). Pero no me gusta el estereotipo y simular que soy villero y tener que comerme las eses y decir: “Ey, guacho”. Ya venía incorporando nuevas palabras a mi vocabulario desde la lectura. ¿Vos te pensás que hablaba así cuando caí en cana? Usaba la misma cantidad de palabras para hablar siempre de lo mismo: a quién le choreamos, cuánto hiciste, cuánta merca compramos, anda la yuta... No salía de ahí. Ahora no tengo odio, y eso que me sobraban los argumentos para odiar, para salir de la cárcel con ganas de matar. Sigo escribiendo poesía, estoy preparando mi segundo libro. Necesito escribir como el adicto necesita de su dosis. Mi dosis es escribir porque me corre la poesía por las venas. Y que por mis venas corra poesía es lo que me hace también experimentar una sobredosis de esperanza.
Poemas candados
Yo vi belleza en cada paliza
Y en cada requisa planeé mi futuro.
De los tiroteos quedó esta mirada.
De años con celda tengo tantas ganas.
De la calle un doctor, maestro y artista.
De las horas en visita, mis lecciones de dolor.
Como gira en madrugada, el ritmo de mi poesía.
El chamuyo con los pibes, hoy mi única alegría.
De la droga un turista, un simple consumidor.
Del hambre el resentimiento transformado en mi canción.
Verdugueadas de la yuta, como el sol de cada día.
De esos seres del juzgado, mi alimento de injusticia.
La lluvia sobre las chapas suena sobre mi conciencia.
Da razón a la esperanza,
que va escribiendo mi cuento.
* En La venganza del cordero atado (Ediciones Continente).
pd: me pregunto qué condiciones sociales favorecen a que se den esta suerte de "milagros", será la pregunta de siempre quizás
sábado, 25 de septiembre de 2010
Cultura:Erótica y retórica. Foucault y la lucha por el reconocimiento. Introducción de la autoraAutor(es): Fimiani, Mariapaola
Fimiani, Mariapaola. Mariapaola Fimiani enseña Filosofía moral en la Universidad de Salerno (Italia). Entre sus obras: Futuro logico e tempo storico (Nápoles, 1974); George Berkeley. Il nome e l’immagine (Lerici, 1979); Marcel Mauss e il pensiero dell’origine (Nápoles, 1984); Paradossi dell’indifferenza (Milán, 1994); Foucault et Kant. Critique Clinique Éthique (París, 1999); Lévy-Bruhl. La différence et l’archäique (París, 2000); L’arcaico e l’attuale. Lévy-Bruhl, Mauss, Foucault (Turín, 2000); Antropologia filosofica (Roma, 2005). Entre sus ensayos más recientes se señalan: L’Anerkennung. Dal sapere amoroso al linguaggio dell’adulazione (Milán, 2007), Das Zeitalter des Kronos (Berlín 2008), y La vie en sommeil (París, 2008). Publicaciones en español: Foucault y Kant: Crítica-Clínica-Ética, Buenos Aires, Ediciones Herramienta, 2005; obra reimpresa para la colección Milenio Libre, en Venezuela, por Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2006; Erótica y Retórica: Focault y la lucha por el reconocimiento, Buenos Aires, Ediciones Herramienta, 2009. Por último, “Ética y política del reconocimiento” (ponencia presentada en las Séptimas Jornadas Nacionales de Filosofía y Ciencia política de la Universidad de Mar del Plata), en Pablo Slavin (comp.), Mar del Plata, Ediciones Suárez, 2007.
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Erótica y retórica. El uso de Hegel
Uno de los indicios teóricos de la modernidad que ayudan a releer la genealogía del sujeto de Foucault, en el tiempo de la crisis del nihilismo consumado, es la hegeliana Fenomenología del espíritu, por la incisión del devenir de la autoconciencia y de la lucha por el reconocimiento, pero no sólo eso.
La erótica y la retórica son dos vastas figuras de síntesis adaptadas para describir el esfuerzo de construcción de los nuevos instrumentos de análisis de los procesos en curso, cuando el triunfalismo, que hoy acompaña la multiplicación y la dispersión pura, muestra a la crítica atenta todos sus aspectos ridículos y engañosos, en presencia de la aceleración evidente de un conflicto global y desterritorializado.
La erótica y la retórica acercan a Foucault a la herencia hegeliana, y describen etapas conceptuales y momentos teóricos sobre los cuales es, tal vez, todavía oportuno reflexionar: la originalidad del conflicto y la fuerza de la confrontación, el entrelazamiento de vitalidad y eticidad, las condiciones de la reproducción de la abstracción del sí, el autorreferenciamiento de la existencia singular y el lenguaje de la adulación, la reproducción de un mundo en cuanto “cosa” inasimilable a una autoconciencia independiente.
En particular, la erótica revela el movimiento de duplicación de la existencia viviente, la necesidad de la experiencia de la inversión y el antagonismo del encuentro. La retórica, en cuanto teoría de la enunciación y uso del decir, es técnica persuasiva e instrumento de adulación si es disociada del amor y de la política, pero es también lugar del dire vrai que profundiza la portada y el peso prepolítico de una especial ética del acto.
Con la “Erótica filosófica” –conclusión del Usage des plaisirs– la lucha por el reconocimiento se hace práctica cotidiana de un conflicto que produce formas no inclusivas de convivencia, estilos de existencia y tipos de relación, donde se instalan, entre las redes del saber y del poder, el sentido individual, personal e intransferible de la “subjetivación” y el sentido público de un obrar en-común.
El esfuerzo del “cuidado de sí”, que es “sometimiento” de la fuerza y que la gobierna, no persigue el éxito de la existencia bella, la ironía heroica del individuo, el testimonio exhibido de un anarquismo estetizante, sino que es un tema que abre interrogantes inquietantes sobre cómo repensar un sustento ético a la convivencia.
La reglamentación jurídico-estadual y la recomposición normativa de una cultura, de una religión, de una etnia, no son adecuadas para el reconocimiento del conflicto y para la práctica de resoluciones momentáneas. El pacto y la fusión –o la polaridad disociada y radical, hoy, del liberismo y del comunitarismo– resultan los dos fuertes indicadores del fracaso de un pensamiento de la comunidad que no quiere nutrirse del sacrificio del diferente. Hasta dónde los resultados de la diferenciación consumada y del pensamiento múltiple sean expuestos a la paradoja de la indiferencia –a la inversión de lo diverso en lo indistinto y en el equivalente–, y hasta dónde esto ayude a reforzar la violencia de lo idéntico, es un hecho probado por la tendencia a restituir la convivencia posible de la comunidad jurídica o de la comunidad basada en los valores, a la potencia de la comunidad política o el conjunto de la comunidad antropológica. Hoy está presente el riesgo de que este escenario transfiera la diferenciación a la apertura de la indiferencia y de la equivalencia, donde el vínculo entre el uno y los muchos, entre el común y el disperso, refuerza el disciplinamiento sistémico o la reactividad neotribal, la fuerza del sistema o la fuerza confusa, y reproduce, en la desaparición de los muchos, una dimensión que genera obligaciones.
El movimiento de una polémica reconocida y de una reflexión crítica permanente tiene, tal vez, el deber de confiar en la lucha por el reconocimiento no de la conciliación recompositiva de lo diverso, sino de una originaria irresolución y el perfil de un “reconocimiento mutilado”. La lucha de todos contra todos deviene, de esta manera –para Foucault– en el recuerdo de Hegel, un paradigma renovado, que no sugiere y tampoco da legitimidad a la violencia, sino que ayuda a reconocer y a activar, en el esfuerzo de la convivencia y del obrar en un mundo, la diferenciación y el antagonismo.Erótica y Retórica. Focault y la lucha por el reconocimiento.
Fuente:Herramienta debate y crítica marxista
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Erótica y retórica. El uso de Hegel
Uno de los indicios teóricos de la modernidad que ayudan a releer la genealogía del sujeto de Foucault, en el tiempo de la crisis del nihilismo consumado, es la hegeliana Fenomenología del espíritu, por la incisión del devenir de la autoconciencia y de la lucha por el reconocimiento, pero no sólo eso.
La erótica y la retórica son dos vastas figuras de síntesis adaptadas para describir el esfuerzo de construcción de los nuevos instrumentos de análisis de los procesos en curso, cuando el triunfalismo, que hoy acompaña la multiplicación y la dispersión pura, muestra a la crítica atenta todos sus aspectos ridículos y engañosos, en presencia de la aceleración evidente de un conflicto global y desterritorializado.
La erótica y la retórica acercan a Foucault a la herencia hegeliana, y describen etapas conceptuales y momentos teóricos sobre los cuales es, tal vez, todavía oportuno reflexionar: la originalidad del conflicto y la fuerza de la confrontación, el entrelazamiento de vitalidad y eticidad, las condiciones de la reproducción de la abstracción del sí, el autorreferenciamiento de la existencia singular y el lenguaje de la adulación, la reproducción de un mundo en cuanto “cosa” inasimilable a una autoconciencia independiente.
En particular, la erótica revela el movimiento de duplicación de la existencia viviente, la necesidad de la experiencia de la inversión y el antagonismo del encuentro. La retórica, en cuanto teoría de la enunciación y uso del decir, es técnica persuasiva e instrumento de adulación si es disociada del amor y de la política, pero es también lugar del dire vrai que profundiza la portada y el peso prepolítico de una especial ética del acto.
Con la “Erótica filosófica” –conclusión del Usage des plaisirs– la lucha por el reconocimiento se hace práctica cotidiana de un conflicto que produce formas no inclusivas de convivencia, estilos de existencia y tipos de relación, donde se instalan, entre las redes del saber y del poder, el sentido individual, personal e intransferible de la “subjetivación” y el sentido público de un obrar en-común.
El esfuerzo del “cuidado de sí”, que es “sometimiento” de la fuerza y que la gobierna, no persigue el éxito de la existencia bella, la ironía heroica del individuo, el testimonio exhibido de un anarquismo estetizante, sino que es un tema que abre interrogantes inquietantes sobre cómo repensar un sustento ético a la convivencia.
La reglamentación jurídico-estadual y la recomposición normativa de una cultura, de una religión, de una etnia, no son adecuadas para el reconocimiento del conflicto y para la práctica de resoluciones momentáneas. El pacto y la fusión –o la polaridad disociada y radical, hoy, del liberismo y del comunitarismo– resultan los dos fuertes indicadores del fracaso de un pensamiento de la comunidad que no quiere nutrirse del sacrificio del diferente. Hasta dónde los resultados de la diferenciación consumada y del pensamiento múltiple sean expuestos a la paradoja de la indiferencia –a la inversión de lo diverso en lo indistinto y en el equivalente–, y hasta dónde esto ayude a reforzar la violencia de lo idéntico, es un hecho probado por la tendencia a restituir la convivencia posible de la comunidad jurídica o de la comunidad basada en los valores, a la potencia de la comunidad política o el conjunto de la comunidad antropológica. Hoy está presente el riesgo de que este escenario transfiera la diferenciación a la apertura de la indiferencia y de la equivalencia, donde el vínculo entre el uno y los muchos, entre el común y el disperso, refuerza el disciplinamiento sistémico o la reactividad neotribal, la fuerza del sistema o la fuerza confusa, y reproduce, en la desaparición de los muchos, una dimensión que genera obligaciones.
El movimiento de una polémica reconocida y de una reflexión crítica permanente tiene, tal vez, el deber de confiar en la lucha por el reconocimiento no de la conciliación recompositiva de lo diverso, sino de una originaria irresolución y el perfil de un “reconocimiento mutilado”. La lucha de todos contra todos deviene, de esta manera –para Foucault– en el recuerdo de Hegel, un paradigma renovado, que no sugiere y tampoco da legitimidad a la violencia, sino que ayuda a reconocer y a activar, en el esfuerzo de la convivencia y del obrar en un mundo, la diferenciación y el antagonismo.Erótica y Retórica. Focault y la lucha por el reconocimiento.
Fuente:Herramienta debate y crítica marxista
viernes, 24 de septiembre de 2010
Psicoanálisis:Comentario sobre el Seminario VIII, de Jacques Lacan. El decorado y los personajes
Material surgido del trabajo en grupo estudio con el Seminario VIII como tema.
Primera parte:
Comencemos por seguir a la Lacan en la ambientación de esta ceremonia en cuyo centro está el amor como asunto, tratando de despejar su naturaleza, y si es o no un asunto ligado a los dioses. He aquí el motivo central de la ceremonia.
No obstante, sucede un hecho que es la entrada de Alcibíades que altera las reglas del Banquete. Se precipita una escena entre él y Sócrates, que como señala Lacan va mas allá de las condiciones o las normas que se debían observar. Lacan dice que lo que ocurre entre Sócrates y Alcibíades excede de los límites del banquete. Hasta aquí brevemente el cuadro general. Observen que no solo importa lo sucedido entre estos personajes, sino que además esta articula con la situación del encuentro, no es un detalle o un agregado el contexto en cual cierta situación como decíamos se precipita. De hecho parece que para algunos traductores del Banquete, lo alocado de la entrada de Alcibíades, era muy difícil de alojar en la traducción, al menos de esto nos da la pista Lacan.
Entonces el Banquete no solo es una ceremonia sino que tiene reglas muy específicas, y alterarlas produce un cambio radical que no es fácilmente tolerable.
Por ejemplo el vino funciona como un facilitador de los elogios al amor pero es necesario cierto control. Esto evita el desorden. Justamente es lo que Alcibíades rompe, ingresa cuando Aristófanes tenía la palabra.
Retomo la letra del Seminario VIII: “Que Sócrates no ceda a las maniobras de Alcibíades y que esto por si solo justifique la presencia de este pasaje de El Banquete, destinado a realzar el sentido de su misión ante la opinión pública a mí me deja estupefacto.
Este es el punto a cuyo alrededor gira todo lo que está en juego en El Banquete. Es ahí donde se esclarecerá de la forma más profunda, no tanto la cuestión de la naturaleza del amor como la cuestión que aquí nos interesa, a saber su, su relación con la transferencia. Y por eso pongo énfasis en la articulación entre los discursos pronunciados en el simposio y la irrupción de Alcibíades.”
Considero importante observar que Sócrates no cede, si bien no censura a Alcibíades, hay un desplazamiento en la maniobra de Sócrates, se interesa por la posición de Alcibíades, y no intenta esclarecer la naturaleza del amor. Podríamos decir que es más sensible a lo que ocurre que a lo que tiene que decir, en este sentido creo comparable a la posición del analista. Presta atención a lo que Alcibíades le dirige. Es otro modo de tomar al amor, ligado a la particularidad de quien habla, en lugar de una teoría que llene de sentido (como sucede con los elogios que le anteceden). En esta dirección se articulan mas claramente amor y transferencia. En otras palabras, y a riesgo de resultar repetitivo, Sócrates no escandaliza, lo interpreta. Podemos ubicar en un modo estructural condiciones, como las de El Banquete para que algo se despliegue, Sócrates no cede, se sirve de Eros para avanzar.
Segunda parte:
Lacan hace una maniobra sobre el texto de El Banquete, indica como vamos a trabajar, lo cito: “digamos, como una especie de de acta de sesiones psicoanalíticas…A medida que progresa el diálogo y se van sucediendo las contribuciones de los distintos participantes en el simposio, ocurre algo, como son los esclarecimientos sucesivos de cada uno de esos flashes por el que viene a continuación y luego, al final lo que no es relatado como un hecho bruto, incluso molesto- irrupción de la vida allí dentro por Alcibíades-.” Comparación con la sesión: por el progreso del diálogo, esclarecimientos sucesivos, un hecho molesto, respecto del nos toca establecer el sentido. En su texto Intervención sobre la Transferencia, Cuando aborda el caso Dora, plantea esclarecimientos sucesivos, y efectos de verdad, hasta llegar al límite de la tarea de Freud. En el modo de tratar El Banquete nos sugiere algo de ese estilo.
Sócrates digámoslo así interviene, en principio no asume una posición desde el yo, por esto no dice casi nada en su nombre. Puntúa lo referido sobre el amor: no sitúa el amor en lo alto. Se autoriza desde lo dicho por sus pares en esa ceremonia a cuestionar el origen divino del amor, con esta maniobra subvierte lo que había sido enunciado hasta su intervención.
Tercera parte:
Veamos de modo general, como era el vínculo entre hombres y mujeres. El amor mas elevado para una parte de la sociedad griega era entre hombres. Ahora bien Lacan nos aclara que las mujeres tenían un lugar. Para tener una referencia, Sócrates hace hablar por él a una mujer Diótima, es ella de quien aprendió sobre el amor.
Las mujeres, tenían un lugar que nos resulta poco claro, pero esto de ningún modo significa sin lugar. Dice Lacan: “La diferencia que existe entre la mujer antigua y la mujer moderna es que la mujer antigua exigía lo que le correspondía, atacaba al hombre. En el amor las mujeres tenían un rol activo”.
Al parecer el amor griego ve más allá de una cuestión que se resuelva entre hombres y o mujeres. El punto clave es establecer que es ser sabio en el amor.
El amor es un sentimiento cómico. Por lo que sabemos de Seminarios anteriores, por lo que podemos adelantar de este, esta afirmación se esclarecerá por la articulación del deseo con la función del falo.
El amor es dar lo que no se tiene. Se trata de una falta en juego, pareciera que el eje se desplaza del tener al dar, y que dar no se asocia con tener sino al contrario. Volvemos a la topología, dar lo que no se tiene es una frase que cuesta captar desde lo intuitivo. Exige pensar una lógica de relación, dar lo que no se tiene en un universo tridimensional resulta muy confuso, ahora no sucede así en el plano bidimensional.
Para comprender el discurso de Sócrates, es necesario considerar la relación de los participantes, en neutro. Se tratará de articular lo que ocurre en el amor en el plano de la pareja formada respectivamente por el amante y por el amado. Subrayemos algo, se rompe con la idea de dos sujetos por eso pone uno en neutro.
Coinciden el amante con el sujeto del deseo, y el amado como el único de la pareja que tiene algo-. Cito una vez mas: El "amor griego" permite captar una articulación elidida en lo que hay de demasiado complicado en el amor con las mujeres. Nos permite desprender en la relación del amor dos partenaires en lo neutro: el erastés y el erómenos. El amante como sujeto del deseo, y el amado como aquél que, en esa pareja, es el único en tener alguna cosa. Lo que lleva a la pregunta por si lo que tiene el erómenos tiene alguna relación con aquello de lo que el sujeto del deseo carece [cf. II.7].
La cuestión está en saber si hay relación entre lo que uno tiene y al otro le falta. Pese a la insistencia, considero volver sobre la topología en juego. El deseo es impensable por fuera de los efectos del lenguaje. Dice Lacan: "La cuestión de las relaciones entre le deseo y aquello ante lo cual se fija ya nos condujo a la noción del deseo como deseo de otra cosa. Llegamos por ella a las vías del análisis de los efectos del lenguaje sobre el sujeto".
No se trata de un objeto en términos tridimensionales, que a uno le falta y el otro tiene. En sentido estructural el objeto se caracteriza por ser inadecuado para el deseo, por lo tanto se trata de que surja una significación en ese encuentro. Recordemos que uno no sabe lo que le falta y el otro no sabe que es lo que tiene. Entonces la cuestión es que no se trata mas que del encuentro de dos faltas, con todo el peso de lo inconciente (ninguno sabe, de donde puede surgir la significación del amor).
Primera parte:
Comencemos por seguir a la Lacan en la ambientación de esta ceremonia en cuyo centro está el amor como asunto, tratando de despejar su naturaleza, y si es o no un asunto ligado a los dioses. He aquí el motivo central de la ceremonia.
No obstante, sucede un hecho que es la entrada de Alcibíades que altera las reglas del Banquete. Se precipita una escena entre él y Sócrates, que como señala Lacan va mas allá de las condiciones o las normas que se debían observar. Lacan dice que lo que ocurre entre Sócrates y Alcibíades excede de los límites del banquete. Hasta aquí brevemente el cuadro general. Observen que no solo importa lo sucedido entre estos personajes, sino que además esta articula con la situación del encuentro, no es un detalle o un agregado el contexto en cual cierta situación como decíamos se precipita. De hecho parece que para algunos traductores del Banquete, lo alocado de la entrada de Alcibíades, era muy difícil de alojar en la traducción, al menos de esto nos da la pista Lacan.
Entonces el Banquete no solo es una ceremonia sino que tiene reglas muy específicas, y alterarlas produce un cambio radical que no es fácilmente tolerable.
Por ejemplo el vino funciona como un facilitador de los elogios al amor pero es necesario cierto control. Esto evita el desorden. Justamente es lo que Alcibíades rompe, ingresa cuando Aristófanes tenía la palabra.
Retomo la letra del Seminario VIII: “Que Sócrates no ceda a las maniobras de Alcibíades y que esto por si solo justifique la presencia de este pasaje de El Banquete, destinado a realzar el sentido de su misión ante la opinión pública a mí me deja estupefacto.
Este es el punto a cuyo alrededor gira todo lo que está en juego en El Banquete. Es ahí donde se esclarecerá de la forma más profunda, no tanto la cuestión de la naturaleza del amor como la cuestión que aquí nos interesa, a saber su, su relación con la transferencia. Y por eso pongo énfasis en la articulación entre los discursos pronunciados en el simposio y la irrupción de Alcibíades.”
Considero importante observar que Sócrates no cede, si bien no censura a Alcibíades, hay un desplazamiento en la maniobra de Sócrates, se interesa por la posición de Alcibíades, y no intenta esclarecer la naturaleza del amor. Podríamos decir que es más sensible a lo que ocurre que a lo que tiene que decir, en este sentido creo comparable a la posición del analista. Presta atención a lo que Alcibíades le dirige. Es otro modo de tomar al amor, ligado a la particularidad de quien habla, en lugar de una teoría que llene de sentido (como sucede con los elogios que le anteceden). En esta dirección se articulan mas claramente amor y transferencia. En otras palabras, y a riesgo de resultar repetitivo, Sócrates no escandaliza, lo interpreta. Podemos ubicar en un modo estructural condiciones, como las de El Banquete para que algo se despliegue, Sócrates no cede, se sirve de Eros para avanzar.
Segunda parte:
Lacan hace una maniobra sobre el texto de El Banquete, indica como vamos a trabajar, lo cito: “digamos, como una especie de de acta de sesiones psicoanalíticas…A medida que progresa el diálogo y se van sucediendo las contribuciones de los distintos participantes en el simposio, ocurre algo, como son los esclarecimientos sucesivos de cada uno de esos flashes por el que viene a continuación y luego, al final lo que no es relatado como un hecho bruto, incluso molesto- irrupción de la vida allí dentro por Alcibíades-.” Comparación con la sesión: por el progreso del diálogo, esclarecimientos sucesivos, un hecho molesto, respecto del nos toca establecer el sentido. En su texto Intervención sobre la Transferencia, Cuando aborda el caso Dora, plantea esclarecimientos sucesivos, y efectos de verdad, hasta llegar al límite de la tarea de Freud. En el modo de tratar El Banquete nos sugiere algo de ese estilo.
Sócrates digámoslo así interviene, en principio no asume una posición desde el yo, por esto no dice casi nada en su nombre. Puntúa lo referido sobre el amor: no sitúa el amor en lo alto. Se autoriza desde lo dicho por sus pares en esa ceremonia a cuestionar el origen divino del amor, con esta maniobra subvierte lo que había sido enunciado hasta su intervención.
Tercera parte:
Veamos de modo general, como era el vínculo entre hombres y mujeres. El amor mas elevado para una parte de la sociedad griega era entre hombres. Ahora bien Lacan nos aclara que las mujeres tenían un lugar. Para tener una referencia, Sócrates hace hablar por él a una mujer Diótima, es ella de quien aprendió sobre el amor.
Las mujeres, tenían un lugar que nos resulta poco claro, pero esto de ningún modo significa sin lugar. Dice Lacan: “La diferencia que existe entre la mujer antigua y la mujer moderna es que la mujer antigua exigía lo que le correspondía, atacaba al hombre. En el amor las mujeres tenían un rol activo”.
Al parecer el amor griego ve más allá de una cuestión que se resuelva entre hombres y o mujeres. El punto clave es establecer que es ser sabio en el amor.
El amor es un sentimiento cómico. Por lo que sabemos de Seminarios anteriores, por lo que podemos adelantar de este, esta afirmación se esclarecerá por la articulación del deseo con la función del falo.
El amor es dar lo que no se tiene. Se trata de una falta en juego, pareciera que el eje se desplaza del tener al dar, y que dar no se asocia con tener sino al contrario. Volvemos a la topología, dar lo que no se tiene es una frase que cuesta captar desde lo intuitivo. Exige pensar una lógica de relación, dar lo que no se tiene en un universo tridimensional resulta muy confuso, ahora no sucede así en el plano bidimensional.
Para comprender el discurso de Sócrates, es necesario considerar la relación de los participantes, en neutro. Se tratará de articular lo que ocurre en el amor en el plano de la pareja formada respectivamente por el amante y por el amado. Subrayemos algo, se rompe con la idea de dos sujetos por eso pone uno en neutro.
Coinciden el amante con el sujeto del deseo, y el amado como el único de la pareja que tiene algo-. Cito una vez mas: El "amor griego" permite captar una articulación elidida en lo que hay de demasiado complicado en el amor con las mujeres. Nos permite desprender en la relación del amor dos partenaires en lo neutro: el erastés y el erómenos. El amante como sujeto del deseo, y el amado como aquél que, en esa pareja, es el único en tener alguna cosa. Lo que lleva a la pregunta por si lo que tiene el erómenos tiene alguna relación con aquello de lo que el sujeto del deseo carece [cf. II.7].
La cuestión está en saber si hay relación entre lo que uno tiene y al otro le falta. Pese a la insistencia, considero volver sobre la topología en juego. El deseo es impensable por fuera de los efectos del lenguaje. Dice Lacan: "La cuestión de las relaciones entre le deseo y aquello ante lo cual se fija ya nos condujo a la noción del deseo como deseo de otra cosa. Llegamos por ella a las vías del análisis de los efectos del lenguaje sobre el sujeto".
No se trata de un objeto en términos tridimensionales, que a uno le falta y el otro tiene. En sentido estructural el objeto se caracteriza por ser inadecuado para el deseo, por lo tanto se trata de que surja una significación en ese encuentro. Recordemos que uno no sabe lo que le falta y el otro no sabe que es lo que tiene. Entonces la cuestión es que no se trata mas que del encuentro de dos faltas, con todo el peso de lo inconciente (ninguno sabe, de donde puede surgir la significación del amor).
jueves, 12 de agosto de 2010
Cultura: LA TEORIA DEL AMOR PURO EN FENELON EN EL CONTEXTO DEL PENSAMIENTO MODERNO .
Año: 1987.
Universidad: NAVARRA.
Centro de lectura: FILOSOFIA Y LETRAS.
Centro de realización: FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS.
Resumen: LA TEORIA DEL AMOR PURO DE FENELON SE PRESENTA COMO UNA ALTERNATIVA AL ENCERRAMIENTO DE LA CONCIENCIA -CARACTERISTICO DEL PENSAMIENTO MODERNO-EN EL AMBITO DE LA ETICA, O DE LA VERDAD PRACTICA. LA FILOSOFIA DEL AMOR PURO SURGE DE LOS ESCRITOS ESPIRITUALES Y DE LA TEODICEA DE FENELON. LA TEODICEA FENELONIANA TIENE UNA RELACION CLARA CON MEDITACIONES CARTESIANAS, Y SE PRESENTA COMO UNA SUPERACION DE ESTAS. AUNQUE EN CIERTO MODO FENELON ES MALEBRANCHIANO, PORQUE EVITA EL REPRESENTACIONISMO AL DEMOSTRAR LA EXISTENCIA DE DIOS; ES TAMBIEN UN PROFUNDO EXAMINADOR DE LA EXCESIVA VALORACION QUE HACE MALEBRANCHE DE LA ATENCION INTELECTUAL, LO CUAL IMPLICA UNA CRITICA A LAS PRETENSIONES DE LA RATIO MODERNA. DE LOS NUMEROSOS ESCRITOS ESPIRITUALES DE FENELON, SE DESPRENDE UNA INTERESANTE ASCETICA, QUE SE CONSTITUYE COMO UNA PSICOLOGIA Y UNA MORAL DESDE LAS CUALES SE CONSIGUE LA PERFECCION DEL HOMBRE COMO APERTURA A LA TRASCENDENCIA. ESTA APERTURA SE LOGRA CUANDO SE CORTA LA REFLEXION SOBRE LOS CONTENIDOS PROPIOS DE LA CONCIENCIA, Y SE AMA LA VOLUNTAD DE DIOS. LOS ESCRITOS ESPIRITUALES DE FENELON ABUNDAN EN UNA PATOLOGIA DE LA REFLEXION: EL AMOR PROPIO INCIDE EN UNA ACTIVIDAD ESPIRITUAL COMPLEJA Y ALEJADA DE LA REALIDAD. LA SIMPLICIDAD DEL ESPIRITU SE PRESENTA COMO UNA ALTERNATIVA A LA REFLEXION DESTADA. SE RECONOCE LA INFLUENCIA DE FENELON EN ROUSSEAU, QUIEN RECOGE, EN MUCHOS ASPECTOS, LA SIMPLICIDAD ESPIRITUAL PLANTEADA POR FENELON, DESDE UN MISTICISMO NATURALISTA. LA RECTIFICACION DEL NATURALISMO ROUSSONIANO SE ENCUENTRA, PRECISAMENTE, EN FENELON, PORQUE LA VUELTA A LOS MOVIMIENTOS SIMPLES DE LA NATURALEZA, QUE ES EL IDEAL ETICO DE ROUSSEAU, ES, EN FENELON, LIBERACION ESPIRITUAL O APERTURA DE LA PERSONA A LA TRASCENDENCIA.
Universidad: NAVARRA.
Centro de lectura: FILOSOFIA Y LETRAS.
Centro de realización: FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS.
Resumen: LA TEORIA DEL AMOR PURO DE FENELON SE PRESENTA COMO UNA ALTERNATIVA AL ENCERRAMIENTO DE LA CONCIENCIA -CARACTERISTICO DEL PENSAMIENTO MODERNO-EN EL AMBITO DE LA ETICA, O DE LA VERDAD PRACTICA. LA FILOSOFIA DEL AMOR PURO SURGE DE LOS ESCRITOS ESPIRITUALES Y DE LA TEODICEA DE FENELON. LA TEODICEA FENELONIANA TIENE UNA RELACION CLARA CON MEDITACIONES CARTESIANAS, Y SE PRESENTA COMO UNA SUPERACION DE ESTAS. AUNQUE EN CIERTO MODO FENELON ES MALEBRANCHIANO, PORQUE EVITA EL REPRESENTACIONISMO AL DEMOSTRAR LA EXISTENCIA DE DIOS; ES TAMBIEN UN PROFUNDO EXAMINADOR DE LA EXCESIVA VALORACION QUE HACE MALEBRANCHE DE LA ATENCION INTELECTUAL, LO CUAL IMPLICA UNA CRITICA A LAS PRETENSIONES DE LA RATIO MODERNA. DE LOS NUMEROSOS ESCRITOS ESPIRITUALES DE FENELON, SE DESPRENDE UNA INTERESANTE ASCETICA, QUE SE CONSTITUYE COMO UNA PSICOLOGIA Y UNA MORAL DESDE LAS CUALES SE CONSIGUE LA PERFECCION DEL HOMBRE COMO APERTURA A LA TRASCENDENCIA. ESTA APERTURA SE LOGRA CUANDO SE CORTA LA REFLEXION SOBRE LOS CONTENIDOS PROPIOS DE LA CONCIENCIA, Y SE AMA LA VOLUNTAD DE DIOS. LOS ESCRITOS ESPIRITUALES DE FENELON ABUNDAN EN UNA PATOLOGIA DE LA REFLEXION: EL AMOR PROPIO INCIDE EN UNA ACTIVIDAD ESPIRITUAL COMPLEJA Y ALEJADA DE LA REALIDAD. LA SIMPLICIDAD DEL ESPIRITU SE PRESENTA COMO UNA ALTERNATIVA A LA REFLEXION DESTADA. SE RECONOCE LA INFLUENCIA DE FENELON EN ROUSSEAU, QUIEN RECOGE, EN MUCHOS ASPECTOS, LA SIMPLICIDAD ESPIRITUAL PLANTEADA POR FENELON, DESDE UN MISTICISMO NATURALISTA. LA RECTIFICACION DEL NATURALISMO ROUSSONIANO SE ENCUENTRA, PRECISAMENTE, EN FENELON, PORQUE LA VUELTA A LOS MOVIMIENTOS SIMPLES DE LA NATURALEZA, QUE ES EL IDEAL ETICO DE ROUSSEAU, ES, EN FENELON, LIBERACION ESPIRITUAL O APERTURA DE LA PERSONA A LA TRASCENDENCIA.
domingo, 8 de agosto de 2010
Cultura: Biografía de Fenelon
Para quienes estén interesados en las interpretaciones de El Banquete de Platón, una lectura posible es la de Fenelon. Su interpretación de este texto griego, puede iluminar algunas ideas sobre el amor y en particular el amor puro. Aquí les dejo una biografía que encontré en la net y consideré adecuada.
Alejandro Ercoli
Un lugar, la campiña, a pocos kilómetros de la ciudad de Bergerac en el suroeste de Francia, en una zona llamada Perigord. El 6 de agosto del año 1651 nació Francois de Salignac de La Mothe—Fenelon. La historia le rememora como Francois de Fenelon, o bien —más sencillo— como Fenelon. Cuando nació, su padre ya era bastante anciano, así que Fenelon se convirtió en el centro de atención de este hombre maduro.
Hasta que cumplió 12 años, Fenelon permaneció en su casa recibiendo una típica educación católica. Abandonó su hogar más o menos con esa edad para enrolarse durante un breve periodo en la Escuela de Cahors. Ejerció una gran influencia en la vida de Fenelon la figura de su tío, el Marqués Antoine de Fenelon —obispo de Sarlat— quien tomó buena nota del temperamento sensible de Fenelon y del potencial de este jovenzuelo. Con gran visión, su tío aconsejó que se trasladara a París y continuara su educación allí.
Ya en París, Fenelon entró en la Escuela du Plessis donde, poco después, se destacó entre sus compañeros de clase como un estudiante que poseía un don inusual de elocuencia y discurso.
Es curioso notar que en los años que siguieron la senda de Fenelon se habría de cruzar una y otra vez con la de un sacerdote católico llamado Bossuet. Hubo una similitud en las vidas de ambos, aún desde su temprana juventud. Al igual que Bossuet, con quince años permitieron que Fenelon diera su primer sermón. Al igual que Bossuet, enseguida atrajo la atención cautivando a las personas con sus maneras y su erudición. No obstante, Fenelon, quizás por la sabiduría de su tío Antoine, fue puesto a salvo de los halagos que conllevaba ser el talón de Aquiles de Bossuet. ¿Cómo fue rescatado el joven Fenelon del orgullo de la juventud? El Marqués de Fenelon hizo trasladar a su joven sobrino al Seminario de Saint—Sulpice. De hecho, empezó a estudiar en una sección de la escuela llamada el Petit Seminarie. Esto sucedió en el año 1672, y Fenelon contaba con 21 años.
Varios sucesos de vital importancia le aguardaban a Fenelon en Saint—Sulpice. El primer ingrediente de cierta influencia que se adentró en su vida fue un hombre llamado Tronson, el director del seminario. Este hombre se convertiría en el amigo y consejero más cercano y querido de Fenelon.
Había una peculiaridad única que caracterizaba al seminario de Saint—Sulpice. Mantenía una larga y muy fructífera relación con Canadá. Desde Saint—Sulpice habían partido un gran número de jóvenes sacerdotes (hoy los llamaríamos misioneros) para convertir a la fracción francesa del nuevo mundo. (Recuerda que en aquel entonces la parte occidental de Canadá era de habla francesa.) En breve surgió el deseo en Fenelon de acudir a esta zona y tomar a sus espaldas la causa de esta misión. Su tío se opuso. Fenelon cedió, dedicándose a los estudios hasta el momento en que fuera ordenado en el sacerdocio. Tras la conclusión de sus estudios en el seminario continuó sus andaduras en la parroquia de Saint—Sulpice.
El trabajo de Fenelon se desarrollaba casi en exclusiva entre los pobres, los enfermos y los muy pecaminosos. Pero no fue hasta 1675 que se quitó la idea de la cabeza del campo misionero. En aquel entonces su ambición era ir a Grecia. De nuevo renunció a su sueño, probablemente en deferencia hacia su tío.
Para entender lo que sucedió a continuación debemos conocer algo de la historia de Francia durante aquel periodo. El noventa por ciento de Francia era católica, y el otro diez por ciento protestante, haciéndose referencia a los protestantes como Hugonotes. Bajo el auspicio de Luis XIV, los Hugonotes habían estado experimentando una persecución cada vez mayor.
Algunos años atrás, en 1634, se había constituido en París una comunidad formada por mujeres Hugonotes que habían dejado la fe protestante y se habían unido a la iglesia Católica. Estas protestantes convertidas a católicas se llamaban las Nouvelles Catholiques. En torno al año 1678, Fenelon fue designado para dirigir esta comunidad. Su trabajo consistía en adoctrinar a estas mujeres en la fe Católica, y durante los 10 años siguientes se dedicó de pleno a esta tarea.
Durante este periodo de su vida Fenelon desarrolló una estrecha relación con algunos amigos piadosos. Uno de estos amigos íntimos fue el Duque de Beauvilleiers, un hombre destinado a desempeñar un papel formativo en la vida de Fenelon.
La esposa del Duque era madre de ocho hijas, y Fenelon se convirtió en algo que los Católicos denominaban Director Espiritual, o Guía Espiritual, para toda la familia. De esta experiencia habría de surgir el primer libro de Fenelon, una obra a la que se le dio mucho bombo en el mundo de la lengua y de las costumbres francesas. Se llama Tratado sobre la Educación de las Muchachas.
Y ahora se abre una página muy oscura en la historia de Francia. En octubre de 1685 Luis XIV revocó algo denominado El Edicto de Nantes (1598), que protegía a los protestantes de Francia y les otorgaba cierta medida de libertad religiosa. Durante años, Luis XIV había estado hostigando de una forma paulatina a los Hugonotes. De hecho, la razón presentada para derogar el Edicto de Nantes era que quedaban tan pocos protestantes en Francia que la ordenanza ya no tenía sentido alguno. (Bajo ningún concepto era cierto.)
La persecución se extendió. Decenas de miles, y por último cientos de miles de protestantes, huyeron de Francia. Los historiadores han calificado este hecho como quizás la mayor metedura de pata de un monarca en toda la historia de Europa. Los protestantes, como la historia hubo de revelar, eran la fuerza cohesiva y cristalizadora del comercio de Francia. Los negocios de banca, la contabilidad, de hecho casi toda credibilidad de la comunidad financiera, y gran parte de los negocios de transacciones de Francia, descansaban sobre la honestidad de los Hugonotes. Cuando los Hugonotes hicieron su éxodo desde su tierra natal algo del genio de Francia se esfumó tras ellos.
Fue en esta época (1685) que la más poderosa figura religiosa de Francia, Bossuet, recomendó que se enviara a Fenelon al área más problemática de Francia, los duros distritos protestantes de Poitou y Saintogne. Allí prevalecían la persecución y la confusión y se mascaba la rebelión en el aire. El rey, que casi siempre hacía cualquier cosa que Bossuet sugiriera en asuntos religiosos, despachó a Fenelon a esta zona. Fenelon estuvo de acuerdo pero añadió una cláusula de lo más pintoresca. No debía ser acompañado por tropas militares, sino que más bien iría a desempeñar una obra en son de paz y de misericordia. Era una tarea para la que estaba bien preparado por su carácter y por la experiencia que extrajo junto a las Nouvelles Catholiques de París. Los mandos militares debían retirarse de cualquier área en la que Fenelon tuviera jurisdicción.
Fenelon entendía la mentalidad protestante.
Una historia ilustra como este hombre se abría camino a través de la imposible situación que se desenvolvía en Saintogne. Un católico devoto acudió a Fenelon para que atendiera a un pariente suyo, un “hereje” protestante que agonizaba. Durante el camino Fenelon compuso una oración que, según nos cuentan, ambos —un hereje protestante y un obispo católico— ¡rezaron juntos!
Tú sabes, mi Salvador, que deseo vivir y morir en la Verdad; perdóname si estaba equivocado.
A medida que pasaba el tiempo, tanto los Hugonotes como los católicos se quedaron impresionados por la forma en que se desenvolvía en su trabajo. Se decía que aunque los protestantes no se convertían, se quedaban encandilados con su manera de ser. Quizás, aunque de mala gana reconocido, parecía que incluso se había llegado a ganar su estima y admiración. El éxito de Fenelon en Poitou hizo que, por primera vez, la opinión pública empezara a centrarse en este hombre y su ministerio.
En agosto de 1689, cuando Fenelon tenía 38 años, se le concedió uno de los cargos de mayor influencia que pudiera recaer sobre un francés. Luis le designó como Preceptor del Duque de Burgundy. Ese título puede que no signifique mucho para cualquiera que no esté al tanto de la historia de Francia. Pero entendemos mejor las implicaciones cuando nos damos cuenta de que a Fenelon le dieron la tarea de educar, con todos sus efectos prácticos, al joven que habría de suceder a Luis XIV en el trono de Francia. Ahora Fenelon se encontraba en el círculo interno de influencia de Francia. También tenía que llevar a cabo una de las tareas más difíciles que pudiera imaginarse, ya que el joven Duque era terrible. ¿Podría Fenelon manejarle?
Un contemporáneo de Fenelon nos ha legado la siguiente descripción de la apariencia de Fenelon. Leerlo nos ayuda a entender un poco mejor el magnetismo de este hombre.
“Este prelado era un hombre delgado y alto, de buena constitución, pálido, con una larga nariz de la cual fluían como un torrente fuego y talento, una fisonomía como nunca he visto en ningún otro hombre y que, una vez se contemplaba, no podía olvidarse. Lo combinaba todo, y las mayores contrariedades no originaban una pérdida de armonía. Una conjunción de seriedad y alegría, gravedad y cortesía, el hombre de conocimientos, el obispo y el gran señor; los caracteres predominantes, como en todo lo referente a él, refinados, intelectuales, con gracia, modestia, y por encima de todo, nobleza.
Era difícil sacarle los ojos de encima. Poseía una natural elocuencia, gracia y finura, y una cortesía de lo más insinuante, mas noble y oportuna; una fácil, clara y agradable dicción; un maravilloso poder para explicar el asunto más difícil con un talante lúcido y preclaro. Era hombre que nunca buscaba parecer más listo que aquellos con los que conversaba, que se rebajaba sin darse cuenta a su propio nivel, poniéndose a su alcance, y, así cautivándote, no podía uno dejarle ni desconfiar de él, ni evitar pretender de nuevo su presencia.”
Otro contemporáneo describe a Fenelon de esta manera:
“… uno de esos hombres extraños, destinados a forjar una época en su tiempo, y a honrar a la humanidad tanto por su virtud como por sus cartas, en su exceso de talento, fácil, brillante, caracterizado por una imaginación fértil, graciosa y dominante, pero cuyo dominio nunca se dejaba sentir. Su elocuencia era cautivadora más que vehemente, y comandaba tanto por el embobamiento que ejercía en la sociedad como por la superioridad de sus talentos; siempre poniéndose al nivel de los otros, y nunca argumentando; parecía, al contrario, que se rendía a otros en el mismo instante que los convencía. Toda su apariencia estaba marcada con una noble superioridad, y una indescifrable y sublime simplicidad le otorgaba una especie de estampa de profeta a su carácter; la forma fresca, aunque natural, en que él mismo se expresaba, hacía que mucha gente creyera que lo sabía todo por inspiración. Casi daba la impresión de que hubiera inventado las ciencias en vez de adquirirlas. Siempre era original, siempre creativo, no imitaba a nadie, y él mismo era inimitable.”
De él se ha dicho que era un hombre muerto a la vanidad.
Uno de sus contemporáneos apuntó: “Nunca le pude ver hablarle a alguien con brusquedad, ni que yo haya sabido se ha escapado de él una palabra recriminatoria o de desprecio.” Y otro observador ofreció esta crítica de Fenelon:
“Le he visto adaptarse en poco espacio de tiempo a todas las clases sociales, asociándose con los grandes y usando su estilo, sin pérdida alguna de dignidad episcopal, y luego volverse a los pobres y jóvenes, como un amable padre enseñando a sus hijos. No había esfuerzo o emociones en su presteza para ir del uno al otro; parecía como si su mente abrazara de forma natural todas las variedades.”
A este hombre fue a quien se le encomendó la Hercúlea tarea de manejar a un niño violento y difícil de siete años. ¿Pero hasta qué punto era difícil este niño? ¡Aquí hay una descripción que se nos ha dejado acerca de este pequeño monstruo!
“Monseñor nació con esa disposición que a uno le haría temblar. Era tan apasionado que rompía los relojes cuando daban la hora que anunciaban alguna tarea poco bienvenida, y acometía en la más salvaje rabieta cuando la lluvia evitaba algún placer. Hacerle frente le volvía del todo furioso. A menudo he sido testigo de esto en su temprana niñez. Además, un fuerte apego hacía presa de él por cualquier cosa que se le prohibiera en mente o en cuerpo. Su potencial satírico era del todo mordaz, pues era listo y burlón, y pronto se adhería al lado ridículo de las cosas. Se entregaba a todo lo que le agradaba con una pasión violenta y con una cantidad de orgullo y altivez más allá de toda posible descripción; era fatídicamente presto en penetrar tanto en las cosas como en las personas, en ver la parte débil y razonar con mayor energía y profundidad que sus maestros. Pero, por otro lado, en cuanto la tormenta pasional concluía, la razón volvía y tomaba el control; veía entonces sus faltas y las reconocía, a veces con tal lamento que casi despertaba de nuevo la tormenta. Su mente era vivaz, presta, penetrante, resuelta a toparse con dificultades… literalmente hablando, trascendía en todo punto. La maravilla es que en un lapso de tiempo tan breve la devoción y la gracia hayan hecho de él un nuevo ser y hayan cambiado faltas tan temibles en las virtudes opuestas.”
Y aquí hay otra descripción del joven que, salvo por el milagro llamado Fenelon, estaba destinado a ser un tirano.
“Era intensamente cabezota, desesperadamente amigo de la buena comida, de la caza, la música, los juegos que eran peligrosos, no podía soportar que le dieran unos azotes; tenía una disposición a la crueldad, y miraba al resto de la humanidad como una raza inferior con la que no tenía nada en común. Incluso a sus hermanos, que supuestamente tenían que educarse tras los mismos pasos que él, los consideraba como meramente una especie de nexo de unión entre él mismo y la ordinaria raza humana.”
Y así fue que Fenelon se puso manos a la obra. Tenía que proporcionar al chico una educación literaria, pero su batalla cardinal era el fiero temperamento del muchacho. La paciencia y la gentileza, mano a mano de la firmeza, fueron las que empezaron a acorralar la furia de este niño salvaje que habría de convertirse en rey.
Cuando entraba en uno de sus malignos arrebatos, se daban instrucciones a toda la casa para acometer silencio. Nadie habría de hablarle si podía evitarse. Tenía que ser tratado con la humillante compasión que podría tenerse hacia un loco; sus libros y todo lo demás que tenía que ver con la parte constructiva de su vida tenían que ser puestos a un lado como algo inútil en este estado de ira.
Esta táctica tuvo un efecto paulatino sobre el muchacho. Rebosante de penitencia, a veces venía y se lanzaba con pleno afecto y confianza, mezclados con remordimiento de niño, sobre la inconmovible paciencia de su Preceptor. Un lazo crecía a su alrededor. Pronto Fenelon se ganó al muchacho y éste casi le adoró hasta el mismísimo día en que murió. Incluso llegó a ayudar a otros que intentaban conquistar sus defectos.
Durante los siguientes tres años que vivió en la corte de Luis XIV, Fenelon escribió dos obras más, El Diálogo de la Muerte, y Telémaco. (En la literatura francesa Telémaco está a la altura de alguna de las mejores obras de Shakespeare en la literatura inglesa. Su contenido ha hecho que algunos llamaran a Fenelon “la primera mente moderna.”) Así mismo, durante este mismo periodo, la única gran influencia de su vida adulta iba a hacer su entrada. Mientras estuvo en la corte del rey, Fenelon conoció a Jeanne Guyon. Ella habría de introducir a Fenelon hacia una más profunda relación con Jesucristo. Habrá de ser para su eterno reconocimiento que este poderoso e influyente hombre se humillara ante esta oscura mujer y recibiera de ella la guía que recibió.
¡Pero no esperes que un historiador secular esté de acuerdo con esa observación! Los historiadores seculares nunca han perdonado a Guyon que fuera la única mancha en la vida de Fenelon, ocasionándole la pérdida de la capa cardenalicia y un lugar en la historia francesa al lado de sus más grandes hijos.
Los sucesos empiezan ahora a desenvolverse con rapidez. Fenelon está tutelando al sobrino del rey, los honores del mundo y la admiración de Francia están sobre él. En 1693 es designado para ser miembro de la Academia Francesa. Al año siguiente, en base al aprecio por lo que Fenelon había hecho con su sobrino, Luis XIV le otorgó a Fenelon el cargo de Abad de Saint Valery. Un año después, en 1695, el Papa elevó a Fenelon al cargo propicio de Arzobispo de un área de Francia llamada Cambrai. (El Arzobispo está a un paso del Cardenal, ¡que está sólo a un paso del Papa!)
Pero justo en aquellos años Bossuet se declaró enemigo de Jeanne Guyon. El hecho es que las dos figuras religiosas más poderosas de Francia se hallaban en una senda cruzada. Fenelon era amigo de Guyon; Bossuet era su enemigo bajo juramento.
Fenelon no podía hallar nada incorrecto, ni en la vida de Guyon, ni en sus enseñanzas. Llegó incluso a ser su defensor, aún a sabiendas del grave peligro de cruzarse con el poderoso Bossuet.
En aquella época, ambos estaban trabajando en sus vidas privadas en un libro sin saber que el otro hacía lo mismo. Bossuet, sin saber nada del libro de Fenelon, le pidió a Fenelon que apoyara el suyo. El libro de Bossuet condenaba las enseñanzas de Jeanne Guyon, y Fenelon rehusó. Bossuet montó en cólera. No pasó mucho tiempo para que Bossuet hallara inaceptable, no sólo la enseñanza de Jeanne Guyon, sino peor aún el propio libro de Fenelon Máximas de los Santos. Bossuet estaba decidido a chocar espadas con su amigo Fenelon y acabar con él en la batalla. Así comenzó una de las mayores confrontaciones eclesiásticas que la historia de la iglesia haya jamás contemplado.
Bossuet publicó un libro acusando a Fenelon de acoger doctrinas contrarias a la verdadera fe y exigió a Fenelon que diera respuestas. Fenelon escribió un pequeño libro en su defensa. Bossuet escribió un libro denunciando a Fenelon, sus enseñanzas y su respuesta. Cada cual respondió con otro libro y después de aquello, ¡cada cual respondió a la respuesta con un libro más! La cuidad de París (al igual que Francia y buena parte de Europa) estaba con las orejas bien abiertas. Esta serie de libros, a manos de estos dos personajes, eran literalmente la boca de la mayor parte del continente. Estos pequeños libros aún se consideran obras de arte de la literatura. La historia de Francia lo compararía a los debates Lincoln—Douglas en los Estados Unidos. (Si eres británico, intenta imaginarte un duelo literario entre Shakespeare y John Locke.) Hasta el día de hoy, los escolares de Francia estudian este choque de titanes tanto en sus clases de historia como en literatura.
Luis XIV, se arrimó al hombre de Bossuet —como siempre—, prohibió a Fenelon vivir más tiempo en París y le despidió como Preceptor de su sobrino. La controversia explotó.
Bossuet exigió que se investigara a Fenelon. Todo el asunto aterrizó en el despacho del mismísimo Papa, ¡el mismo Papa que hacía poco se había quitado un grano con el tema de Miguel de Molinos!
Se dispuso un comité en el Vaticano para saldar la cuestión. Años le llevó a ese comité abrirse camino en la enredada maraña. Bossuet hizo gala de toda su influencia para demandar la peor de las condenas, y con ello terminó de empañar su sitio en la historia. El veredicto final extendido por el comité no vino a ser más que una palmadita en la mejilla de Fenelon. Bossuet estaba fuera de sí. El libro original, Máximas de los Santos, sólo fue condenado con moderaciones. La sentencia escrita final sobre el tema más bien fue un estudio sobre la bondad de una condena. El Papa mostró gran ternura y respeto hacia Fenelon. No obstante, el libro de Fenelon había sido denunciado, y al llegarle a noticias de esto Fenelon enseguida se retractó. (En los círculos católicos esto simplemente significa que renunció a sus propias enseñanzas.) Lo hizo bajo la firme creencia de que tenía que someterse al Papa y a la madre iglesia en todas las cosas.
Aunque se le permitió permanecer en su arzobispado, Fenelon fue desterrado a su diócesis.
Mientras tanto, Bossuet y Luis XIV se encargan de encerrar a Guyon en prisión, sin juicio y sin siquiera cargos en su contra. La influencia de Jeanne Guyon en la corte de Luis XIV e incluso sobre la vida religiosa de Francia había concluido. No obstante, las cosas que ella dijo, las cosas por las que abogó, y el testimonio de su vida, han tenido la mala costumbre de resucitar de vez en cuando una y otra vez. Para malo o para bueno, Guyon sencillamente nunca se ha ido “en paz.”
El ahora exiliado Fenelon dedicó el resto de su existencia a las obligaciones de su diócesis. Fue durante esta época que escribió la mayor parte de las cartas que encontrarás en este libro.
Desgraciadamente, pocos sermones suyos nos han quedado. Los escritos por los que mayormente se le recuerda son Máximas de los Santos, Telémaco, y sus cartas. (Sus obras sobre la educación de los niños se han olvidado por completo, pero sus conceptos están entrelazados, hasta el día de hoy, en la fábrica de la cultura occidental.)
En términos generales, sus cartas se consideran entre las más perfectas de su clase que pudieran encontrarse en francés. Más de un creyente ha hallado consuelo y beneficio en su meditabunda correspondencia. La verdad es que son cartas espirituales, y forman parte de la mejor correspondencia cristiana que jamás haya sido impresa sobre un caminar más profundo con Cristo.
Lo que no se supo hasta el siglo veinte en cuanto a Fenelon es que, años después de que Jeanne Guyon fuera liberada de prisión, ambos mantuvieron una correspondencia secreta. Clara evidencia de que ninguno de ellos abandonaron realmente ni sus creencias ni la práctica de su caminar con el Señor.
Es interesante destacar que los tres grandes nombres católicos de esta era (en lo que se refiere a los aspectos más profundos de la fe) —Molinos, Guyon y Fenelon— se apegaron a sus convicciones hasta el fin de sus vidas.
Quizás la mayor desilusión que afectara a Fenelon y a Guyon fue la muerte prematura del sobrino del rey, en 1712. Esperaban que este joven sucediera a Luis XIV y llevara a Francia a un verdadero testimonio de Jesucristo y quizás, soñaban ellos, desempeñara un importante papel en la reforma de la Iglesia Católica. La muerte del joven Duque fue, de hecho, un tiempo de tristeza que paralizó las esperanzas de toda una nación.
Dos años después Fenelon sufrió otra dolorosa pérdida. El amigo de Fenelon, el Duque de Beauvilleiers, murió en 1714. A Fenelon se le partía el corazón, sin saber que a él mismo sólo le restaban cuatro meses de vida, pues por aquel entonces la propia salud de Fenelon se resquebrajaba.
En noviembre de 1714, al cruzar un puente, uno de los caballos se asustó… el carruaje se desplomó boca abajo y Fenelon sufrió heridas. Cayó en cama con fiebres el 1 de Enero de 1715. Al final de la semana, el 7 de enero a las 5:15 de la mañana, Fenelon pasó al otro lado a la edad de 63 años.
Dos años después Jeanne Guyon, que era dos años mayor que él, también murió. Se cerraba una página de la historia de Francia. Atrás quedaba un elevado listón en devoción cristiana y fe experimental, pero para nuestro propio desconcierto su influencia parece que busca las mañas para levantarse de los muertos de cuando en cuando. Puede que hoy vivamos ese día.
Fuente: Vidas místicas totalidades en pos del misterio
Alejandro Ercoli
Un lugar, la campiña, a pocos kilómetros de la ciudad de Bergerac en el suroeste de Francia, en una zona llamada Perigord. El 6 de agosto del año 1651 nació Francois de Salignac de La Mothe—Fenelon. La historia le rememora como Francois de Fenelon, o bien —más sencillo— como Fenelon. Cuando nació, su padre ya era bastante anciano, así que Fenelon se convirtió en el centro de atención de este hombre maduro.
Hasta que cumplió 12 años, Fenelon permaneció en su casa recibiendo una típica educación católica. Abandonó su hogar más o menos con esa edad para enrolarse durante un breve periodo en la Escuela de Cahors. Ejerció una gran influencia en la vida de Fenelon la figura de su tío, el Marqués Antoine de Fenelon —obispo de Sarlat— quien tomó buena nota del temperamento sensible de Fenelon y del potencial de este jovenzuelo. Con gran visión, su tío aconsejó que se trasladara a París y continuara su educación allí.
Ya en París, Fenelon entró en la Escuela du Plessis donde, poco después, se destacó entre sus compañeros de clase como un estudiante que poseía un don inusual de elocuencia y discurso.
Es curioso notar que en los años que siguieron la senda de Fenelon se habría de cruzar una y otra vez con la de un sacerdote católico llamado Bossuet. Hubo una similitud en las vidas de ambos, aún desde su temprana juventud. Al igual que Bossuet, con quince años permitieron que Fenelon diera su primer sermón. Al igual que Bossuet, enseguida atrajo la atención cautivando a las personas con sus maneras y su erudición. No obstante, Fenelon, quizás por la sabiduría de su tío Antoine, fue puesto a salvo de los halagos que conllevaba ser el talón de Aquiles de Bossuet. ¿Cómo fue rescatado el joven Fenelon del orgullo de la juventud? El Marqués de Fenelon hizo trasladar a su joven sobrino al Seminario de Saint—Sulpice. De hecho, empezó a estudiar en una sección de la escuela llamada el Petit Seminarie. Esto sucedió en el año 1672, y Fenelon contaba con 21 años.
Varios sucesos de vital importancia le aguardaban a Fenelon en Saint—Sulpice. El primer ingrediente de cierta influencia que se adentró en su vida fue un hombre llamado Tronson, el director del seminario. Este hombre se convertiría en el amigo y consejero más cercano y querido de Fenelon.
Había una peculiaridad única que caracterizaba al seminario de Saint—Sulpice. Mantenía una larga y muy fructífera relación con Canadá. Desde Saint—Sulpice habían partido un gran número de jóvenes sacerdotes (hoy los llamaríamos misioneros) para convertir a la fracción francesa del nuevo mundo. (Recuerda que en aquel entonces la parte occidental de Canadá era de habla francesa.) En breve surgió el deseo en Fenelon de acudir a esta zona y tomar a sus espaldas la causa de esta misión. Su tío se opuso. Fenelon cedió, dedicándose a los estudios hasta el momento en que fuera ordenado en el sacerdocio. Tras la conclusión de sus estudios en el seminario continuó sus andaduras en la parroquia de Saint—Sulpice.
El trabajo de Fenelon se desarrollaba casi en exclusiva entre los pobres, los enfermos y los muy pecaminosos. Pero no fue hasta 1675 que se quitó la idea de la cabeza del campo misionero. En aquel entonces su ambición era ir a Grecia. De nuevo renunció a su sueño, probablemente en deferencia hacia su tío.
Para entender lo que sucedió a continuación debemos conocer algo de la historia de Francia durante aquel periodo. El noventa por ciento de Francia era católica, y el otro diez por ciento protestante, haciéndose referencia a los protestantes como Hugonotes. Bajo el auspicio de Luis XIV, los Hugonotes habían estado experimentando una persecución cada vez mayor.
Algunos años atrás, en 1634, se había constituido en París una comunidad formada por mujeres Hugonotes que habían dejado la fe protestante y se habían unido a la iglesia Católica. Estas protestantes convertidas a católicas se llamaban las Nouvelles Catholiques. En torno al año 1678, Fenelon fue designado para dirigir esta comunidad. Su trabajo consistía en adoctrinar a estas mujeres en la fe Católica, y durante los 10 años siguientes se dedicó de pleno a esta tarea.
Durante este periodo de su vida Fenelon desarrolló una estrecha relación con algunos amigos piadosos. Uno de estos amigos íntimos fue el Duque de Beauvilleiers, un hombre destinado a desempeñar un papel formativo en la vida de Fenelon.
La esposa del Duque era madre de ocho hijas, y Fenelon se convirtió en algo que los Católicos denominaban Director Espiritual, o Guía Espiritual, para toda la familia. De esta experiencia habría de surgir el primer libro de Fenelon, una obra a la que se le dio mucho bombo en el mundo de la lengua y de las costumbres francesas. Se llama Tratado sobre la Educación de las Muchachas.
Y ahora se abre una página muy oscura en la historia de Francia. En octubre de 1685 Luis XIV revocó algo denominado El Edicto de Nantes (1598), que protegía a los protestantes de Francia y les otorgaba cierta medida de libertad religiosa. Durante años, Luis XIV había estado hostigando de una forma paulatina a los Hugonotes. De hecho, la razón presentada para derogar el Edicto de Nantes era que quedaban tan pocos protestantes en Francia que la ordenanza ya no tenía sentido alguno. (Bajo ningún concepto era cierto.)
La persecución se extendió. Decenas de miles, y por último cientos de miles de protestantes, huyeron de Francia. Los historiadores han calificado este hecho como quizás la mayor metedura de pata de un monarca en toda la historia de Europa. Los protestantes, como la historia hubo de revelar, eran la fuerza cohesiva y cristalizadora del comercio de Francia. Los negocios de banca, la contabilidad, de hecho casi toda credibilidad de la comunidad financiera, y gran parte de los negocios de transacciones de Francia, descansaban sobre la honestidad de los Hugonotes. Cuando los Hugonotes hicieron su éxodo desde su tierra natal algo del genio de Francia se esfumó tras ellos.
Fue en esta época (1685) que la más poderosa figura religiosa de Francia, Bossuet, recomendó que se enviara a Fenelon al área más problemática de Francia, los duros distritos protestantes de Poitou y Saintogne. Allí prevalecían la persecución y la confusión y se mascaba la rebelión en el aire. El rey, que casi siempre hacía cualquier cosa que Bossuet sugiriera en asuntos religiosos, despachó a Fenelon a esta zona. Fenelon estuvo de acuerdo pero añadió una cláusula de lo más pintoresca. No debía ser acompañado por tropas militares, sino que más bien iría a desempeñar una obra en son de paz y de misericordia. Era una tarea para la que estaba bien preparado por su carácter y por la experiencia que extrajo junto a las Nouvelles Catholiques de París. Los mandos militares debían retirarse de cualquier área en la que Fenelon tuviera jurisdicción.
Fenelon entendía la mentalidad protestante.
Una historia ilustra como este hombre se abría camino a través de la imposible situación que se desenvolvía en Saintogne. Un católico devoto acudió a Fenelon para que atendiera a un pariente suyo, un “hereje” protestante que agonizaba. Durante el camino Fenelon compuso una oración que, según nos cuentan, ambos —un hereje protestante y un obispo católico— ¡rezaron juntos!
Tú sabes, mi Salvador, que deseo vivir y morir en la Verdad; perdóname si estaba equivocado.
A medida que pasaba el tiempo, tanto los Hugonotes como los católicos se quedaron impresionados por la forma en que se desenvolvía en su trabajo. Se decía que aunque los protestantes no se convertían, se quedaban encandilados con su manera de ser. Quizás, aunque de mala gana reconocido, parecía que incluso se había llegado a ganar su estima y admiración. El éxito de Fenelon en Poitou hizo que, por primera vez, la opinión pública empezara a centrarse en este hombre y su ministerio.
En agosto de 1689, cuando Fenelon tenía 38 años, se le concedió uno de los cargos de mayor influencia que pudiera recaer sobre un francés. Luis le designó como Preceptor del Duque de Burgundy. Ese título puede que no signifique mucho para cualquiera que no esté al tanto de la historia de Francia. Pero entendemos mejor las implicaciones cuando nos damos cuenta de que a Fenelon le dieron la tarea de educar, con todos sus efectos prácticos, al joven que habría de suceder a Luis XIV en el trono de Francia. Ahora Fenelon se encontraba en el círculo interno de influencia de Francia. También tenía que llevar a cabo una de las tareas más difíciles que pudiera imaginarse, ya que el joven Duque era terrible. ¿Podría Fenelon manejarle?
Un contemporáneo de Fenelon nos ha legado la siguiente descripción de la apariencia de Fenelon. Leerlo nos ayuda a entender un poco mejor el magnetismo de este hombre.
“Este prelado era un hombre delgado y alto, de buena constitución, pálido, con una larga nariz de la cual fluían como un torrente fuego y talento, una fisonomía como nunca he visto en ningún otro hombre y que, una vez se contemplaba, no podía olvidarse. Lo combinaba todo, y las mayores contrariedades no originaban una pérdida de armonía. Una conjunción de seriedad y alegría, gravedad y cortesía, el hombre de conocimientos, el obispo y el gran señor; los caracteres predominantes, como en todo lo referente a él, refinados, intelectuales, con gracia, modestia, y por encima de todo, nobleza.
Era difícil sacarle los ojos de encima. Poseía una natural elocuencia, gracia y finura, y una cortesía de lo más insinuante, mas noble y oportuna; una fácil, clara y agradable dicción; un maravilloso poder para explicar el asunto más difícil con un talante lúcido y preclaro. Era hombre que nunca buscaba parecer más listo que aquellos con los que conversaba, que se rebajaba sin darse cuenta a su propio nivel, poniéndose a su alcance, y, así cautivándote, no podía uno dejarle ni desconfiar de él, ni evitar pretender de nuevo su presencia.”
Otro contemporáneo describe a Fenelon de esta manera:
“… uno de esos hombres extraños, destinados a forjar una época en su tiempo, y a honrar a la humanidad tanto por su virtud como por sus cartas, en su exceso de talento, fácil, brillante, caracterizado por una imaginación fértil, graciosa y dominante, pero cuyo dominio nunca se dejaba sentir. Su elocuencia era cautivadora más que vehemente, y comandaba tanto por el embobamiento que ejercía en la sociedad como por la superioridad de sus talentos; siempre poniéndose al nivel de los otros, y nunca argumentando; parecía, al contrario, que se rendía a otros en el mismo instante que los convencía. Toda su apariencia estaba marcada con una noble superioridad, y una indescifrable y sublime simplicidad le otorgaba una especie de estampa de profeta a su carácter; la forma fresca, aunque natural, en que él mismo se expresaba, hacía que mucha gente creyera que lo sabía todo por inspiración. Casi daba la impresión de que hubiera inventado las ciencias en vez de adquirirlas. Siempre era original, siempre creativo, no imitaba a nadie, y él mismo era inimitable.”
De él se ha dicho que era un hombre muerto a la vanidad.
Uno de sus contemporáneos apuntó: “Nunca le pude ver hablarle a alguien con brusquedad, ni que yo haya sabido se ha escapado de él una palabra recriminatoria o de desprecio.” Y otro observador ofreció esta crítica de Fenelon:
“Le he visto adaptarse en poco espacio de tiempo a todas las clases sociales, asociándose con los grandes y usando su estilo, sin pérdida alguna de dignidad episcopal, y luego volverse a los pobres y jóvenes, como un amable padre enseñando a sus hijos. No había esfuerzo o emociones en su presteza para ir del uno al otro; parecía como si su mente abrazara de forma natural todas las variedades.”
A este hombre fue a quien se le encomendó la Hercúlea tarea de manejar a un niño violento y difícil de siete años. ¿Pero hasta qué punto era difícil este niño? ¡Aquí hay una descripción que se nos ha dejado acerca de este pequeño monstruo!
“Monseñor nació con esa disposición que a uno le haría temblar. Era tan apasionado que rompía los relojes cuando daban la hora que anunciaban alguna tarea poco bienvenida, y acometía en la más salvaje rabieta cuando la lluvia evitaba algún placer. Hacerle frente le volvía del todo furioso. A menudo he sido testigo de esto en su temprana niñez. Además, un fuerte apego hacía presa de él por cualquier cosa que se le prohibiera en mente o en cuerpo. Su potencial satírico era del todo mordaz, pues era listo y burlón, y pronto se adhería al lado ridículo de las cosas. Se entregaba a todo lo que le agradaba con una pasión violenta y con una cantidad de orgullo y altivez más allá de toda posible descripción; era fatídicamente presto en penetrar tanto en las cosas como en las personas, en ver la parte débil y razonar con mayor energía y profundidad que sus maestros. Pero, por otro lado, en cuanto la tormenta pasional concluía, la razón volvía y tomaba el control; veía entonces sus faltas y las reconocía, a veces con tal lamento que casi despertaba de nuevo la tormenta. Su mente era vivaz, presta, penetrante, resuelta a toparse con dificultades… literalmente hablando, trascendía en todo punto. La maravilla es que en un lapso de tiempo tan breve la devoción y la gracia hayan hecho de él un nuevo ser y hayan cambiado faltas tan temibles en las virtudes opuestas.”
Y aquí hay otra descripción del joven que, salvo por el milagro llamado Fenelon, estaba destinado a ser un tirano.
“Era intensamente cabezota, desesperadamente amigo de la buena comida, de la caza, la música, los juegos que eran peligrosos, no podía soportar que le dieran unos azotes; tenía una disposición a la crueldad, y miraba al resto de la humanidad como una raza inferior con la que no tenía nada en común. Incluso a sus hermanos, que supuestamente tenían que educarse tras los mismos pasos que él, los consideraba como meramente una especie de nexo de unión entre él mismo y la ordinaria raza humana.”
Y así fue que Fenelon se puso manos a la obra. Tenía que proporcionar al chico una educación literaria, pero su batalla cardinal era el fiero temperamento del muchacho. La paciencia y la gentileza, mano a mano de la firmeza, fueron las que empezaron a acorralar la furia de este niño salvaje que habría de convertirse en rey.
Cuando entraba en uno de sus malignos arrebatos, se daban instrucciones a toda la casa para acometer silencio. Nadie habría de hablarle si podía evitarse. Tenía que ser tratado con la humillante compasión que podría tenerse hacia un loco; sus libros y todo lo demás que tenía que ver con la parte constructiva de su vida tenían que ser puestos a un lado como algo inútil en este estado de ira.
Esta táctica tuvo un efecto paulatino sobre el muchacho. Rebosante de penitencia, a veces venía y se lanzaba con pleno afecto y confianza, mezclados con remordimiento de niño, sobre la inconmovible paciencia de su Preceptor. Un lazo crecía a su alrededor. Pronto Fenelon se ganó al muchacho y éste casi le adoró hasta el mismísimo día en que murió. Incluso llegó a ayudar a otros que intentaban conquistar sus defectos.
Durante los siguientes tres años que vivió en la corte de Luis XIV, Fenelon escribió dos obras más, El Diálogo de la Muerte, y Telémaco. (En la literatura francesa Telémaco está a la altura de alguna de las mejores obras de Shakespeare en la literatura inglesa. Su contenido ha hecho que algunos llamaran a Fenelon “la primera mente moderna.”) Así mismo, durante este mismo periodo, la única gran influencia de su vida adulta iba a hacer su entrada. Mientras estuvo en la corte del rey, Fenelon conoció a Jeanne Guyon. Ella habría de introducir a Fenelon hacia una más profunda relación con Jesucristo. Habrá de ser para su eterno reconocimiento que este poderoso e influyente hombre se humillara ante esta oscura mujer y recibiera de ella la guía que recibió.
¡Pero no esperes que un historiador secular esté de acuerdo con esa observación! Los historiadores seculares nunca han perdonado a Guyon que fuera la única mancha en la vida de Fenelon, ocasionándole la pérdida de la capa cardenalicia y un lugar en la historia francesa al lado de sus más grandes hijos.
Los sucesos empiezan ahora a desenvolverse con rapidez. Fenelon está tutelando al sobrino del rey, los honores del mundo y la admiración de Francia están sobre él. En 1693 es designado para ser miembro de la Academia Francesa. Al año siguiente, en base al aprecio por lo que Fenelon había hecho con su sobrino, Luis XIV le otorgó a Fenelon el cargo de Abad de Saint Valery. Un año después, en 1695, el Papa elevó a Fenelon al cargo propicio de Arzobispo de un área de Francia llamada Cambrai. (El Arzobispo está a un paso del Cardenal, ¡que está sólo a un paso del Papa!)
Pero justo en aquellos años Bossuet se declaró enemigo de Jeanne Guyon. El hecho es que las dos figuras religiosas más poderosas de Francia se hallaban en una senda cruzada. Fenelon era amigo de Guyon; Bossuet era su enemigo bajo juramento.
Fenelon no podía hallar nada incorrecto, ni en la vida de Guyon, ni en sus enseñanzas. Llegó incluso a ser su defensor, aún a sabiendas del grave peligro de cruzarse con el poderoso Bossuet.
En aquella época, ambos estaban trabajando en sus vidas privadas en un libro sin saber que el otro hacía lo mismo. Bossuet, sin saber nada del libro de Fenelon, le pidió a Fenelon que apoyara el suyo. El libro de Bossuet condenaba las enseñanzas de Jeanne Guyon, y Fenelon rehusó. Bossuet montó en cólera. No pasó mucho tiempo para que Bossuet hallara inaceptable, no sólo la enseñanza de Jeanne Guyon, sino peor aún el propio libro de Fenelon Máximas de los Santos. Bossuet estaba decidido a chocar espadas con su amigo Fenelon y acabar con él en la batalla. Así comenzó una de las mayores confrontaciones eclesiásticas que la historia de la iglesia haya jamás contemplado.
Bossuet publicó un libro acusando a Fenelon de acoger doctrinas contrarias a la verdadera fe y exigió a Fenelon que diera respuestas. Fenelon escribió un pequeño libro en su defensa. Bossuet escribió un libro denunciando a Fenelon, sus enseñanzas y su respuesta. Cada cual respondió con otro libro y después de aquello, ¡cada cual respondió a la respuesta con un libro más! La cuidad de París (al igual que Francia y buena parte de Europa) estaba con las orejas bien abiertas. Esta serie de libros, a manos de estos dos personajes, eran literalmente la boca de la mayor parte del continente. Estos pequeños libros aún se consideran obras de arte de la literatura. La historia de Francia lo compararía a los debates Lincoln—Douglas en los Estados Unidos. (Si eres británico, intenta imaginarte un duelo literario entre Shakespeare y John Locke.) Hasta el día de hoy, los escolares de Francia estudian este choque de titanes tanto en sus clases de historia como en literatura.
Luis XIV, se arrimó al hombre de Bossuet —como siempre—, prohibió a Fenelon vivir más tiempo en París y le despidió como Preceptor de su sobrino. La controversia explotó.
Bossuet exigió que se investigara a Fenelon. Todo el asunto aterrizó en el despacho del mismísimo Papa, ¡el mismo Papa que hacía poco se había quitado un grano con el tema de Miguel de Molinos!
Se dispuso un comité en el Vaticano para saldar la cuestión. Años le llevó a ese comité abrirse camino en la enredada maraña. Bossuet hizo gala de toda su influencia para demandar la peor de las condenas, y con ello terminó de empañar su sitio en la historia. El veredicto final extendido por el comité no vino a ser más que una palmadita en la mejilla de Fenelon. Bossuet estaba fuera de sí. El libro original, Máximas de los Santos, sólo fue condenado con moderaciones. La sentencia escrita final sobre el tema más bien fue un estudio sobre la bondad de una condena. El Papa mostró gran ternura y respeto hacia Fenelon. No obstante, el libro de Fenelon había sido denunciado, y al llegarle a noticias de esto Fenelon enseguida se retractó. (En los círculos católicos esto simplemente significa que renunció a sus propias enseñanzas.) Lo hizo bajo la firme creencia de que tenía que someterse al Papa y a la madre iglesia en todas las cosas.
Aunque se le permitió permanecer en su arzobispado, Fenelon fue desterrado a su diócesis.
Mientras tanto, Bossuet y Luis XIV se encargan de encerrar a Guyon en prisión, sin juicio y sin siquiera cargos en su contra. La influencia de Jeanne Guyon en la corte de Luis XIV e incluso sobre la vida religiosa de Francia había concluido. No obstante, las cosas que ella dijo, las cosas por las que abogó, y el testimonio de su vida, han tenido la mala costumbre de resucitar de vez en cuando una y otra vez. Para malo o para bueno, Guyon sencillamente nunca se ha ido “en paz.”
El ahora exiliado Fenelon dedicó el resto de su existencia a las obligaciones de su diócesis. Fue durante esta época que escribió la mayor parte de las cartas que encontrarás en este libro.
Desgraciadamente, pocos sermones suyos nos han quedado. Los escritos por los que mayormente se le recuerda son Máximas de los Santos, Telémaco, y sus cartas. (Sus obras sobre la educación de los niños se han olvidado por completo, pero sus conceptos están entrelazados, hasta el día de hoy, en la fábrica de la cultura occidental.)
En términos generales, sus cartas se consideran entre las más perfectas de su clase que pudieran encontrarse en francés. Más de un creyente ha hallado consuelo y beneficio en su meditabunda correspondencia. La verdad es que son cartas espirituales, y forman parte de la mejor correspondencia cristiana que jamás haya sido impresa sobre un caminar más profundo con Cristo.
Lo que no se supo hasta el siglo veinte en cuanto a Fenelon es que, años después de que Jeanne Guyon fuera liberada de prisión, ambos mantuvieron una correspondencia secreta. Clara evidencia de que ninguno de ellos abandonaron realmente ni sus creencias ni la práctica de su caminar con el Señor.
Es interesante destacar que los tres grandes nombres católicos de esta era (en lo que se refiere a los aspectos más profundos de la fe) —Molinos, Guyon y Fenelon— se apegaron a sus convicciones hasta el fin de sus vidas.
Quizás la mayor desilusión que afectara a Fenelon y a Guyon fue la muerte prematura del sobrino del rey, en 1712. Esperaban que este joven sucediera a Luis XIV y llevara a Francia a un verdadero testimonio de Jesucristo y quizás, soñaban ellos, desempeñara un importante papel en la reforma de la Iglesia Católica. La muerte del joven Duque fue, de hecho, un tiempo de tristeza que paralizó las esperanzas de toda una nación.
Dos años después Fenelon sufrió otra dolorosa pérdida. El amigo de Fenelon, el Duque de Beauvilleiers, murió en 1714. A Fenelon se le partía el corazón, sin saber que a él mismo sólo le restaban cuatro meses de vida, pues por aquel entonces la propia salud de Fenelon se resquebrajaba.
En noviembre de 1714, al cruzar un puente, uno de los caballos se asustó… el carruaje se desplomó boca abajo y Fenelon sufrió heridas. Cayó en cama con fiebres el 1 de Enero de 1715. Al final de la semana, el 7 de enero a las 5:15 de la mañana, Fenelon pasó al otro lado a la edad de 63 años.
Dos años después Jeanne Guyon, que era dos años mayor que él, también murió. Se cerraba una página de la historia de Francia. Atrás quedaba un elevado listón en devoción cristiana y fe experimental, pero para nuestro propio desconcierto su influencia parece que busca las mañas para levantarse de los muertos de cuando en cuando. Puede que hoy vivamos ese día.
Fuente: Vidas místicas totalidades en pos del misterio
jueves, 8 de julio de 2010
Cine: Los paranoicos
Agradezco a Raul Finkel, autor del presente artículo, la gentileza de permitirme exponer en este blog, su análisis de la película "Los paranoicos".
Los paranoicos es una película absolutamente clásica en su formato y moderna en su temática. Luciano Gauna es un personaje de nuestros días, sus actitudes, sus relaciones, los conflictos que vive son de alguien que ronda los 30 años. Los paranoicos es claramente una película generacional, lo que se encuentra ratificado por los puntos de contacto que rápidamente se pueden establecer con muchas otras películas de los últimos años del cine argentino: desde Silvia Prieto de Martín Rejtman, pasando por Sábado (2001) de Juan Villegas; Ana y los otros (2003) de Celina Murga; hasta la uruguaya 25 watts (2001) de Rebella y Stoll. Una de las problemáticas más trabajadas por la nueva generación de directores es la del no desear, no saber, no poder; la del encierro, el aburrimiento, la nada. Medina vuelve sobre ella pero con una novedad que es la de incluir personajes posicionados en otro lugar (Manuel, Sofía) que generan por un lado una tensión con el protagonista inmovilizado, y por otro producen acción en la trama. Los títulos anteriores están desarrollados desde el personaje en crisis, lo que construye tramas vacías de actos y de acciones, o sea películas que representan la anomia desde la trama: los personajes no pueden hacer nada y en la película no pasa nada. Los paranoicos produce una innovación en el tratamiento del tema al logra encarar “la crisis paralizante de los 30” desde una trama en la que suceden cosas y desde un formato absolutamente clásico.
Luciano Gauna, el protagonista del film, no es un paranoico en el sentido clínico del término, sino en el significado que el sentido común le asigna, Luciano es solo un neurótico obsesivo que no puede romper con las especulaciones y pasar a la acción. La película abre con Luciano desmayado, evento que refuerza su temor, su fantasía negativa de muerte en su sospecha de haberse contagiado sida. Luciano solo puede hacer aquello que lo recoloca en el lugar del malestar: trabar disfrazado de Cachito animando fiestas infantiles, y sentirse humillado y fracasado; o sentarse frente a sus escritos para corroborar que no puede terminar un guión. Todo lo que Gauna realiza refuerza su sensación de malestar y potencia su violencia, que se descarga siempre en el lugar equivocado, los chinos del supermercado o la garganta de German. Luciano no puede hacer y tampoco puede comunicarse, vive enojado con él y por ende con el mundo; todo refuerza el encierro, psíquico y físico. Incluso se encierra y se aísla las pocas veces en las que se relaja y se divierte como en la maravillosa escena en la que fuma marihuana y baila a Todos tus muertos, pero en la mayor de las soledades, encerrado como en una cárcel. El encierro es un signo de los tiempos, Luciano tiene miedo a enfrentarse con su vida y como respuesta se encierra.
La contratara de Luciano es Manuel, que ha partido en busca de su destino: el éxito, y lo encontró en España, escribiendo y dirigiendo una serie inspirada justamente en Luciano Gauna, “Los paranoicos”. Para Manuel, Luciano es entrañable y patético, y de ese patetismo saca su jugo. Luciano no sabe cual es su camino, pero se le proyecta como una sombra y a la vez como un ejemplo la figura del amigo exitoso. Es clara la escena en la que va a visitar a German al hospital y al verlo a Manuel con ramo de flores, decide comprar uno antes de entrar: Manuel es el ejemplo a seguir. Manuel es en lo material un buen amigo que se preocupa de Luciano, le ha dado el departamento de su difunta abuela, le lleva una chica a cenar a su casa. Pero con su sola presencia Manuel refuerza el estatismo de Luciano y la sensación de fracaso. Luciano no sabe lo que quiere ni lo que no quiere, pero aparece claro, en un nivel inconsciente del personaje, su deseo de ser algo distinto a Manuel. No hay competencia posible pero la competencia está instalada. Es maravillosa la escena en la que juegan en la play station, en la que claramente está en disputa algo más que un round de boxeo virtual; y con la que el director da una pincelada generacional, que abarca mucho más que a sus dos protagonistas.
Los paranoicos plantea una reflexión sobre ciertos lugares comunes de la amistad, centralmente sobre cómo se construyen lugares fijos, roles que terminan estigmatizando. Uno es lo que los demás quieren que sea. Manuel le presta el departamento, le ofrece trabajo, y desde su perspectiva lo quiere ayudar, pero a la vez fija todo el tiempo a Luciano en el lugar de lo patético. Manuel es el prototipo de lo que la sociedad valora: decidido, seguro, ubicado y exitoso. La misma mirada que a Manuel lo entroniza es la que hunde a Luciano. En definitiva la de Gauna es una lucha sorda por su identidad, una lucha que casi no se anima a dar. Esta construcción diferenciada que Medina realiza respecto del resto de las películas argentinas que trabajan la parálisis y la crisis, produce narrativamente una respuesta distinta del personaje. Gauna comienza a romper su inercia en el obsevatorio, lugar paradójico, cuando Pedro le brinda la ayuda que Luciano ha ido a buscar, diciendole: la única manera de hacer algo es haciéndolo. El acto. Y Sofía es lo que le permite a Luciano dejar de dudar, dejar de temer, y actuar. Sofía es algo verdadero, tanto ella como lo que ella genera en Luciano. No es la oportunidad de trabajo que le ofrece Manuel, algo que para la mirada de la sociedad Luciano no puede perderse por nada del mundo, ya que es guita, relaciones, éxito y todo haciendo lo que le gusta; una oportunidad soñada según todos nosotros, pero que a Luciano no le interesa. Lo que a Luciano si le interesa es Sofía, más allá que sea la novia de su amigo y la amistad sea el lugar más sagrado para la sociología callejera argentina. Luciano da el paso decisivo en otro baile, las dos escenas de baile son claves, tal vez porque en la danza es nuestro cuerpo el que habla y de algún modo calla o ensordece las especulaciones de la mente. Y Luciano y Sofía bailando son la viva imagen del deseo, de la química, de la onda. Escena maravillosamente filmada con la distancia y el acercamiento necesarios para percibirlos a ellos y para dejar entrever a Manuel.
Esa competencia velada entre Manuel y Luciano se hace finalmente manifiesta, ocupa toda la pantalla, y se resuelve como en los viejos western, con un duelo entre los protagonistas. Manuel lo enfrenta a Gauna, lo increpa; por primera vez Luciano no esconde su mirada, la sostiene frente a la de su amigo.
Frente a frente en un verdadero duelo de miradas Gauna pone en acto que su lucha no es contra Manuel sino por su deseo, por Sofía. Las actuaciones son todas maravillosas y si bien Gauna sostiene la película, los actuaciones de Jazmin Stuart y de Walter Jakob son impecables. Jakob por su parte reafirma lo que en Historias extraordinarias hace en silencio, y Hendler que actúa como los dioses, construye a Luciano desde la actitud corporal y la mirada, y despega del personaje reiterado que había desarrollado con Burman. Gabriel Medina hace una película en la que el protagonista, Luciano Gauna es también el personaje de ficción de una serie exitosa en España, llamada “Los paranoicos”, guionada y dirigida por Manuel, compañero de estudios y amigo de Luciano. Lo interesante es que Gabriel Medina, compañero de estudios de Damián Szifron, y ayudante de dirección de este, es también el nombre de uno de los personajes de la exitosa serie televisiva Los simuladores que dirigió Szifron. ¿Un chiste interno?, ¿una dulce venganza?, una buena película.
Fuente: www.cinesinorillas.com
Los paranoicos es una película absolutamente clásica en su formato y moderna en su temática. Luciano Gauna es un personaje de nuestros días, sus actitudes, sus relaciones, los conflictos que vive son de alguien que ronda los 30 años. Los paranoicos es claramente una película generacional, lo que se encuentra ratificado por los puntos de contacto que rápidamente se pueden establecer con muchas otras películas de los últimos años del cine argentino: desde Silvia Prieto de Martín Rejtman, pasando por Sábado (2001) de Juan Villegas; Ana y los otros (2003) de Celina Murga; hasta la uruguaya 25 watts (2001) de Rebella y Stoll. Una de las problemáticas más trabajadas por la nueva generación de directores es la del no desear, no saber, no poder; la del encierro, el aburrimiento, la nada. Medina vuelve sobre ella pero con una novedad que es la de incluir personajes posicionados en otro lugar (Manuel, Sofía) que generan por un lado una tensión con el protagonista inmovilizado, y por otro producen acción en la trama. Los títulos anteriores están desarrollados desde el personaje en crisis, lo que construye tramas vacías de actos y de acciones, o sea películas que representan la anomia desde la trama: los personajes no pueden hacer nada y en la película no pasa nada. Los paranoicos produce una innovación en el tratamiento del tema al logra encarar “la crisis paralizante de los 30” desde una trama en la que suceden cosas y desde un formato absolutamente clásico.
Luciano Gauna, el protagonista del film, no es un paranoico en el sentido clínico del término, sino en el significado que el sentido común le asigna, Luciano es solo un neurótico obsesivo que no puede romper con las especulaciones y pasar a la acción. La película abre con Luciano desmayado, evento que refuerza su temor, su fantasía negativa de muerte en su sospecha de haberse contagiado sida. Luciano solo puede hacer aquello que lo recoloca en el lugar del malestar: trabar disfrazado de Cachito animando fiestas infantiles, y sentirse humillado y fracasado; o sentarse frente a sus escritos para corroborar que no puede terminar un guión. Todo lo que Gauna realiza refuerza su sensación de malestar y potencia su violencia, que se descarga siempre en el lugar equivocado, los chinos del supermercado o la garganta de German. Luciano no puede hacer y tampoco puede comunicarse, vive enojado con él y por ende con el mundo; todo refuerza el encierro, psíquico y físico. Incluso se encierra y se aísla las pocas veces en las que se relaja y se divierte como en la maravillosa escena en la que fuma marihuana y baila a Todos tus muertos, pero en la mayor de las soledades, encerrado como en una cárcel. El encierro es un signo de los tiempos, Luciano tiene miedo a enfrentarse con su vida y como respuesta se encierra.
La contratara de Luciano es Manuel, que ha partido en busca de su destino: el éxito, y lo encontró en España, escribiendo y dirigiendo una serie inspirada justamente en Luciano Gauna, “Los paranoicos”. Para Manuel, Luciano es entrañable y patético, y de ese patetismo saca su jugo. Luciano no sabe cual es su camino, pero se le proyecta como una sombra y a la vez como un ejemplo la figura del amigo exitoso. Es clara la escena en la que va a visitar a German al hospital y al verlo a Manuel con ramo de flores, decide comprar uno antes de entrar: Manuel es el ejemplo a seguir. Manuel es en lo material un buen amigo que se preocupa de Luciano, le ha dado el departamento de su difunta abuela, le lleva una chica a cenar a su casa. Pero con su sola presencia Manuel refuerza el estatismo de Luciano y la sensación de fracaso. Luciano no sabe lo que quiere ni lo que no quiere, pero aparece claro, en un nivel inconsciente del personaje, su deseo de ser algo distinto a Manuel. No hay competencia posible pero la competencia está instalada. Es maravillosa la escena en la que juegan en la play station, en la que claramente está en disputa algo más que un round de boxeo virtual; y con la que el director da una pincelada generacional, que abarca mucho más que a sus dos protagonistas.
Los paranoicos plantea una reflexión sobre ciertos lugares comunes de la amistad, centralmente sobre cómo se construyen lugares fijos, roles que terminan estigmatizando. Uno es lo que los demás quieren que sea. Manuel le presta el departamento, le ofrece trabajo, y desde su perspectiva lo quiere ayudar, pero a la vez fija todo el tiempo a Luciano en el lugar de lo patético. Manuel es el prototipo de lo que la sociedad valora: decidido, seguro, ubicado y exitoso. La misma mirada que a Manuel lo entroniza es la que hunde a Luciano. En definitiva la de Gauna es una lucha sorda por su identidad, una lucha que casi no se anima a dar. Esta construcción diferenciada que Medina realiza respecto del resto de las películas argentinas que trabajan la parálisis y la crisis, produce narrativamente una respuesta distinta del personaje. Gauna comienza a romper su inercia en el obsevatorio, lugar paradójico, cuando Pedro le brinda la ayuda que Luciano ha ido a buscar, diciendole: la única manera de hacer algo es haciéndolo. El acto. Y Sofía es lo que le permite a Luciano dejar de dudar, dejar de temer, y actuar. Sofía es algo verdadero, tanto ella como lo que ella genera en Luciano. No es la oportunidad de trabajo que le ofrece Manuel, algo que para la mirada de la sociedad Luciano no puede perderse por nada del mundo, ya que es guita, relaciones, éxito y todo haciendo lo que le gusta; una oportunidad soñada según todos nosotros, pero que a Luciano no le interesa. Lo que a Luciano si le interesa es Sofía, más allá que sea la novia de su amigo y la amistad sea el lugar más sagrado para la sociología callejera argentina. Luciano da el paso decisivo en otro baile, las dos escenas de baile son claves, tal vez porque en la danza es nuestro cuerpo el que habla y de algún modo calla o ensordece las especulaciones de la mente. Y Luciano y Sofía bailando son la viva imagen del deseo, de la química, de la onda. Escena maravillosamente filmada con la distancia y el acercamiento necesarios para percibirlos a ellos y para dejar entrever a Manuel.
Esa competencia velada entre Manuel y Luciano se hace finalmente manifiesta, ocupa toda la pantalla, y se resuelve como en los viejos western, con un duelo entre los protagonistas. Manuel lo enfrenta a Gauna, lo increpa; por primera vez Luciano no esconde su mirada, la sostiene frente a la de su amigo.
Frente a frente en un verdadero duelo de miradas Gauna pone en acto que su lucha no es contra Manuel sino por su deseo, por Sofía. Las actuaciones son todas maravillosas y si bien Gauna sostiene la película, los actuaciones de Jazmin Stuart y de Walter Jakob son impecables. Jakob por su parte reafirma lo que en Historias extraordinarias hace en silencio, y Hendler que actúa como los dioses, construye a Luciano desde la actitud corporal y la mirada, y despega del personaje reiterado que había desarrollado con Burman. Gabriel Medina hace una película en la que el protagonista, Luciano Gauna es también el personaje de ficción de una serie exitosa en España, llamada “Los paranoicos”, guionada y dirigida por Manuel, compañero de estudios y amigo de Luciano. Lo interesante es que Gabriel Medina, compañero de estudios de Damián Szifron, y ayudante de dirección de este, es también el nombre de uno de los personajes de la exitosa serie televisiva Los simuladores que dirigió Szifron. ¿Un chiste interno?, ¿una dulce venganza?, una buena película.
Fuente: www.cinesinorillas.com
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