miércoles, 8 de mayo de 2013

Política: Carta abierta a CFK



Primero, Colón; después Roca; ahora, Insfrán.
Nosotros, Presidenta, no somos Nelson Castro, ni pontificamos desde un altar. Jamás pretendimos enseñarle cómo gobernar. Y no tenemos planeado atribuirnos la representatividad que las urnas le han conferido, con total autoridad. Simplemente somos villeros, en una larga contienda, por la dignidad, el trabajo, la tierra y la vivienda. Somos villeros, que vivimos acá, que no compramos dólares y que no marchamos el 18 A. Porque entendemos que nos quieren usar. Que toman nuestras causas para especular. Y que muchas veces, parece que nos vienen a engordar, cuando en realidad nos quieren morfar. Somos villeros, que alentamos la Asignación Universal, no por obediencia debida, sino porque ha sido un paso trascendental. Somos villeros, que apostamos a la comunicación comunitaria contra la lógica de Clarín, porque jamás nos verá en el mismo rincón del ring. Pero sobre todo, somos villeros que hemos debido respetar los tiempos de una postergadísima transformación: llevamos 40, 60 y hasta 80 años, esperando la urbanización. Y aun así, no alentamos ninguna destitución, ni enarbolamos atentados contra ninguna institución, ni hemos aceptado negociar nuestra convicción. Pero ahora, Presidenta, tenemos una urgencia, una urgencia que no será tapa de los diarios: el respeto a los pueblos originarios.

Cinco siglos igual. Sin jefes financieros, ni doble moral, las villas nos ganamos un espacio en la agenda pública y en la Radio Nacional, un micrófono para gritar lo que vemos bien y lo que vemos mal. Podemos hacer reflexiones acertadas y tal vez otras que no dan, pero no podemos hacer la vista gorda frente al etnocidio de Gildo Insfrán. ¿Eso no es terrorismo estatal? ¿No amerita una cadena nacional? Si acepta que no somos una corporación y no vamos a postularnos para ninguna elección, sinceramente, ¿dónde cree que nace nuestra desesperación? No hacemos un programa, ni una revista por plata. Y ni siquiera nos gusta Lanata. ¿Sabe dónde nace nuestra indignación? En el barro, en el cuerpo, en la pobreza, en la prisión. Para combatir la violencia institucional, no sólo hacen falta panfletos y un debate intelectual. Hace falta ponerse de pie, frente a la Fuerzas Represivas y a los señores feudales también. En buena hora fueron descolgados esos asesinos que colgaban de la pared, pero todavía falta descolgar a los asesinos colgados de usted. Lejos del oportunismo, vivimos denunciando al macrismo. Y en esta impotencia toba que nos desborda, ni en pedo nos olvidamos lo que vivimos en el Borda. Justamente por eso, no podemos aceptar la naturalización del exceso, del abuso policial, de la violación sistemática a la diversidad cultural. Seguro, no ha de ser una misión sencilla, porque día a día vemos cómo funcionan esos grupos de tareas en nuestras villas. Pero tras haber pasado el bicentenario y los 500 años del genocidio de Colón, ¡exigimos el reconocimiento histórico a la comunidad qom!
Hay avances que valoramos, en materia de Derechos Humanos. Pero eso no compensa, ni justifica, que sigan matando a nuestros hermanos. Sabemos y entendemos la batalla que se está librando contra los monstruos de la incomunicación, pero Manzano y Cristóbal López nos asustan tanto como esos socios vitalicios de la represión. Y entre negocios mediáticos o inmobiliarios, cada vez parece más profundo el silencio de los pueblos originarios.
Nosotros militamos una nueva Ley de Medios, la defendimos y la vamos a defender, pues al fin estamos debatiendo el maltrato de los medios a la mujer. Pero se instala la cuestión de género, porque hay conductores y conductoras que pueden tomar posición en la televisión. Y no se instala la cuestión de clase, ni la cuestión de origen, porque no hay ni un solo panelista villero, ni un solo columnista aborigen… Ese día no llegará aislado de nuestro derecho a la educación, porque mientras las universidades públicas sigan siendo inaccesibles para los pobres y los indígenas, los medios seguirán siendo expresiones alienígenas. Y ojo: tampoco queremos mano de obra negra, como estrategia comercial… Queremos al pueblo conduciendo su propia línea editorial.
Mientras tanto, el sistema nos exprime y, si nos ponemos duros, nos reprime. Por eso, necesitamos una reacción, ni K, ni anti K: una reacción ya, un volantazo histórico en la conducción, del oficialismo y la oposición de estos pagos, que nos permita reconciliarnos con nuestros antepasados. ¿Se imagina si esas fotos de los tobas desfigurados fueran de muchachos apaleados ayer, en algún colegio privado o algún boliche de “gente bien”? ¿Quedaría afuera de la vorágine noticiosa o los medios no hablarían de otra cosa? ¿Usted llamó a Insfrán para preguntarle qué pasó el fin de semana? ¿Por qué no se expresa públicamente, como cuando nos pega la Metropolitana? Nuevamente, la víctima del silencio y la represión vuelve a ser la comunidad qom: ahora cagaron a palos a Abelardo Díaz y Omar Sosa, en otro capítulo de esa razia silenciosa que viene desangrando a Formosa. Sí, Díaz, como Félix. Sí, el hijo. Sí, no tienen paz… ¡No se aguanta más! Urgente, exigimos las renuncias de Hugo Arrua, administrador del Instituto de Pensiones Provinciales, y su esposa, Elizabeth Obregoso, Coordinadora de Salud del Distrito 4, cuyas intervenciones no han hecho más que multiplicar las divisiones y las sistemáticas agresiones. Pero además, esperamos un enfático pronunciamiento, Presidenta de la Nación, de parte suya y de los grandes medios de comunicación, siempre tan preocupados por la libertad de expresión, para entender por qué se trata como usurpadores a quienes reclaman sus tierras, por qué no se las dan y por qué no le sueltan la mano al hijo de puta de Insfrán.
La Poderosa, 5 de mayo de 2013.

viernes, 26 de abril de 2013

Literarias: Umberto Eco: "Internet es un mundo salvaje y nocivo"








01/07/2012Por Luis Antonio Giron




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Umberto Eco: "Internet es un mundo salvaje y nocivo"






Umberto Eco vive con su mujer en un dúplex de un edificio antiguo, justo enfrente del castillo Sforzesco, el punto turístico más vistoso de Milán. «Me despierto todos los días ante el Renacimiento», dice Eco. Esta enorme fortificación que se alza ante sus ventanas fue inaugurada por el duque Francisco Sforza en el siglo XV y siempre está abarrotada de turistas. Ante ella vive el intelectual y novelista más famoso de Italia.


Uno de los pisos de Eco está dedicado al despacho y a la biblioteca. Cuatro salas repletas de libros, divididas por temas y por autores. La sala donde trabaja es pequeña. Abriga lo que él llama «ala de las ciencias prohibidas», como ocultismo, sociedades secretas, esoterismo y brujería. Allí se encuentran las fuentes de las novelas más populares de Eco: El nombre de la rosa (1980), El péndulo de Foucault (1988), La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la reina Loana (2004) o El cementerio de Praga. Publicada en 2010, esta última desató una gran polémica por abordar de forma humorística un asunto tremendamente serio: la aparición del antisemitismo en Europa. Por motivos diversos protestaron la Iglesia católica y el rabino de Roma. La primera porque Eco ridiculizaba a los jesuitas («son masones con faldas», dice el personaje principal, el odioso escribano Simone Simonini). El segundo porque estimaba que las teorías conspiratorias forjadas durante el siglo XIX podrían generar una ola de odio hacia los judíos.


Desde el inicio de su carrera, allá por 1962, con el ensayo estético Obra abierta, Eco siempre ha buscado provocar este tipo de reacciones. Incluso a sus 80 años recién cumplidos, no parece haber perdido el gusto por el ruido.


XLSemanal. ¿Cómo se siente usted al cumplir los 80 años?


Umberto Eco. ¡Mucho más viejo! [Se ríe]. Nos vamos convirtiendo en gente importante con la edad, pero lo cierto es que no me siento ni importante ni viejo. No puedo quejarme de llevar una vida rutinaria. Mi vida es muy agitada.


XL. Sigue plenamente activo...


U.E. Todavía mantengo una cátedra en el departamento de Semiótica y Comunicación de la Universidad de Bolonia y continúo orientando a doctorandos y posdoctorandos. Doy conferencias por todo el mundo. Acabo de regresar de una megaexcursión por Estados Unidos. Casi me costó un brazo. Sufro tendinitis de firmar tanto autógrafo en libros.


XL. Usted ha sido siempre uno de los más acérrimos defensores del libro en papel. Mantiene la tesis de que el libro nunca desaparecerá. Pese a la progresiva popularización de los lectores digitales y las tabletas, ¿mantiene la misma convicción sobre el futuro del papel?


U.E. Soy coleccionista de libros. Defendí la supervivencia del libro junto con Jean-Claude Carrière en el volumen Nadie acabará con los libros. Lo escribimos por motivos estéticos y gnoseológicos [relativos al conocimiento]. El libro sigue siendo el medio ideal para aprender. No necesita electricidad y puedes subrayar todo lo que te parezca. Considerábamos imposible leer textos en el monitor de un ordenador. Pero de eso hace ya unos dos años...


XL. ¿Es que ha cambiado de opinión?


U.E. En mi último viaje por Estados Unidos tenía que llevar conmigo 20 libros y mi brazo no estaba para muchos trotes. Por eso acabé por comprarme un iPad. Fue útil para transportar tantos volúmenes. Empecé a leer con el aparato ese y no me pareció tan malo. De hecho, me encantó. Así que ahora leo mucho con el iPad, ¿se lo puede creer? Pues sí. Incluso así, creo que las tabletas y los e-books sirven más como auxiliares de lectura. Son más prácticos para el entretenimiento que para el estudio. Me gusta subrayar y escribir notas, interferir en las páginas de un libro. Eso todavía no es posible con una tableta.


XL. A pesar de su vertiginosa evolución, ¿ve usted Internet como un peligro para el saber?


U.E. Internet no selecciona la información. Hay de todo por ahí. La Wikipedia presta un antiservicio al internauta. El otro día publicaron algunos chismes sobre mí y no me quedó más remedio que intervenir y corregir varios errores y absurdos. Internet todavía es un mundo salvaje y peligroso. Todo surge ahí sin jerarquía. La inmensa cantidad de cosas que circulan por la Red es mucho peor que la falta de información. El exceso de información provoca la amnesia. Demasiada información hace mal. Cuando no recordamos lo que aprendemos, acabamos pareciéndonos a los animales. Conocer es cortar y seleccionar.


XL. Sin embargo, reconocerá que, gracias a Internet, el conocimiento se hace más accesible.


U.E. Sí, eso es cierto. Si uno sabe qué sitios y bancos de datos son de confianza, entonces sí, tendrás acceso al conocimiento. Ahora bien: usted y yo, que gozamos de cierta riqueza de conocimientos, podemos aprovechar mejor Internet que aquel pobre señor que está comprando salami en la charcutería de ahí enfrente. En ese sentido, la televisión era útil para el ignorante, porque seleccionaba la información que él podría precisar, aunque fuera información estúpida. Internet es un peligro para el ignorante porque no filtra nada. Solo es buena para quien ya conoce y sabe dónde está el conocimiento. A largo plazo, el resultado pedagógico será dramático. Veremos multitudes de ignorantes usando Internet para las estupideces más diversas: juegos, conversaciones banales y búsqueda de noticias irrelevantes.


XL. ¿Existe alguna solución para que no nos aturda el exceso de información?


U.E. Sería necesario crear una teoría sobre el filtraje de la información. Una disciplina que fuera práctica, basada en la experimentación cotidiana con Internet. Ahí queda una sugerencia para las universidades: elaborar una teoría y una herramienta del filtro que funcione por el bien del conocimiento. Conocer es filtrar.


XL. ¿Ya está pensando en su nueva novela?


U.E. Vamos con calma. No tengo mucho tiempo para ficción en este momento. La verdad, quiero ocuparme ahora de mi autobiografía intelectual. La Library of Living Philosophers, una institución norteamericana, me invitó a revisar mi trayecto filosófico. Es una propuesta que me llena de orgullo porque pasaré a formar parte de un proyecto que incluye a John Dewey, Jean-Paul Sartre y Richard Rorty, aunque en realidad yo no soy un filósofo. Desde 1939, el instituto invita a un pensador vivo a relatar su recorrido intelectual en un libro. El volumen incluye ensayos de varios especialistas sobre los diversos aspectos de la obra del invitado. Al final, este responde a las dudas y a las críticas que se han recogido. El desafío es sistematizar de una forma lógica todo lo que he hecho hasta hoy.


XL. Se antoja una tarea ingente. ¿Cómo se las apañará para lidiar con todas las facetas de su trabajo?


U.E. He comenzado por mi interés constante, desde los comienzos de mi carrera, por la Edad Media y las novelas de Alessandro Manzoni. Después vinieron la semiótica, la teoría de la comunicación, la filosofía del lenguaje. Y está también el lado prohibido, el de la teoría ocultista, que siempre me ha fascinado. Tanto que poseo una biblioteca dedicada en exclusiva al tema. Adoro todo lo que rodea a lo falso. De hecho fue así, recogiendo montones de teorías extrañas, como llegué a la idea de escribir El cementerio de Praga.


XL. Entre esas teorías destaca Los protocolos de los sabios de Sion, el libelo antisemita que habla de una supuesta conspiración judía para controlar el mundo. ¿Cómo llegó a meterse tan a fondo en un documento tan controvertido para crear ficción?


U.E. Yo quería investigar la razón que llevó a los europeos civilizados a esforzarse por construir enemigos invisibles en el siglo XIX. El enemigo siempre figura como una especie de monstruo: tiene que ser repugnante, feo y maloliente. De algún modo, lo que causa repulsa en el enemigo es algo que forma parte de nosotros mismos. Es esa la ambivalencia que perseguí en El cementerio de Praga. Nada más ejemplar que la elaboración de las teorías antisemitas que acabarían por desembocar en el nazismo del siglo XX.Investigando constaté que el antisemitismo tiene una raíz religiosa, luego deriva hacia un discurso de izquierda y, finalmente, da un giro hacia la derecha para convertirse en la prioridad de la ideología nacionalsocialista.


XL. Sin embargo, el origen del antisemitismo es muy anterior...


U.E. Arrancó en la Edad Media a partir de una visión cristiana y religiosa. Los judíos eran estigmatizados como los asesinos de Jesús. Esa visión llegó a apogeo con Lutero. Él predicaba a favor de que los judíos fueran prohibidos. Los jesuitas también jugaron su papel en todo esto. En el siglo XIX, los judíos aparentemente integrados en Europa comenzaron a ser satanizados por su riqueza. La familia de banqueros Rothschild, establecida en París, se convirtió en el blanco del rencor social y de los predicadores del socialismo. Descubrí los textos de Leo Taxil, discípulo del socialista utópico Fourier. Él inauguró una serie de teorías sobre la conspiración judaica y capitalista internacional que daría como resultado Los protocolos de los sabios de Sion, texto forjado en el año 1897 por la policía secreta del zar Nicolás II.


XL. El antihéroe de El cementerio de Praga Simone Simonini es antisemita, anticlerical, anticapitalista y anticomunista. ¿Cómo ideó a alguien tan abominable?


U.E. Los críticos dijeron que Simonini es el personaje más horroroso de la literatura de todos los tiempos, y no me queda más remedio que darles la razón. También es muy divertido. Sus excesos provocan tanto la risa como la rabia.


XL. Además de falsificador, Simonini es un gourmet. ¿Es un reflejo de sus gustos personales?


U.E. ¡Yo soy de McDonald's! Nunca me preocupó mucho la comida. Busqué recetas antiguas con el objetivo de causar repugnancia en el lector. La gastronomía es un elemento negativo en la composición del personaje. Cuando Simonini discurre sobre platos exquisitos, la intención es que al lector se le revuelva el estómago.


XL. Philip Roth dice que la literatura ha muerto. ¿Qué opina usted?


U.E. Roth es un gran escritor. Si seguimos contando con autores de su talla, seguro que a la literatura le queda mucha vida por delante. Él publica una buena novela casi por año. No me parece que ni la novela ni el propio Roth pretendan interrumpir su carrera [se ríe].


XL. ¿Defiende, entonces, la vigencia absoluta de la novela?


U.E. Escribir ficción sigue teniendo todo el sentido del mundo. Ha habido un retroceso, eso sí, hacia la narrativa lineal y clásica. Yo comencé a escribir ficción, precisamente, en ese contexto de restauración de la 'narratividad' llamado posmodernismo. Soy considerado un autor posmoderno, y estoy de acuerdo con la consideración. Me muevo entre las formas y los artificios de la novela tradicional. La novela es la realización máxima de la narratividad. Ella abriga el mito, la base de nuestra cultura. Contar una historia que emocione y transforme a quien la absorbe es algo que se transmite entre padres e hijos, del novelista a su lector, del cineasta a su espectador. La fuerza de la narrativa es más eficaz que cualquier tecnología.


XL. Usted creó lo que se podría llamar 'novela negra erudita'. ¿Sigue siendo válido este modelo?


U.E. En El nombre de la rosa combiné erudición y novela de suspense. El libro ayudó a crear un tipo de literatura que veo con buenos ojos. Hay muchas cosas interesantes. Me gusta Arturo Pérez-Reverte, con sus fantasías que recuerdan a las aventuras de Dumas y Emilio Salgari que yo leía de niño.


XL. Leyendo a seguidores suyos, como Dan Brown, ¿no se arrepiente a veces de haber creado este género?


U.E. ¡A veces, sí! [Se ríe]. Dan Brown me irrita profundamente porque parece un personaje inventado por mí. En lugar de asumir que las teorías conspiratorias son falsas, Brown las da por verdaderas, poniéndose del lado del personaje, sin cuestionar nada. Es lo que hizo en El código Da Vinci. Es el mismo contexto de El péndulo de Foucault. Pero él parece que prefirió acercarse a la historia para simplificarla. Eso provoca una oleada de mitificaciones. Hay muchos lectores que se creen todo lo que Dan Brown escribe, aunque, la verdad, no puedo criticarlos por ello.


Vida en familia del escritor Umberto Eco, con la flauta, y su esposa Renate, con la guitarra, interpretan un dueto musical. Al fondo, los observa su hijo. La imagen es de 1983.


Fuente:


jueves, 18 de abril de 2013

Psicoanálisis: Estar disponible


Texto tomado del Página 12, de hoy, espero que les guste.


La “atención flotante” que Freud prescribe a los psicoanalistas es –para el autor de este texto– manifestación de un valor que se llama disponibilidad y que “no se ha desarrollado porque alteraría demasiado el edificio occidental del dominio de sí”. En China, en cambio, “la disponibilidad está en el principio del comportamiento del Sabio”, ya que “la capacidad de conocimiento tiene como condición el vaciamiento de la mente: conocer no es hacerse una idea de algo, sino volverse disponible a algo”.







 Por François Jullien *
“Disponibilidad” es una noción que permanece subdesarrollada en el pensamiento europeo: se la refiere a los bienes, posesiones y funciones, pero casi no tiene consistencia del lado de la persona o del sujeto. A lo sumo, es un término del escritor André Gide: “Toda novedad debe encontrarnos siempre enteramente disponibles”. Dado que no pertenece al orden de la moral ni tampoco al de la psicología, no es prescriptiva (o, si lo es, no podríamos precisar de qué) ni tampoco explicativa, por lo tanto no puede pensarse ni como virtud ni como facultad, que son los dos grandes pilares sobre los cuales hemos erigido nuestra concepción de la persona en Europa. La noción de disponibilidad queda en el estadio de la vaga exhortación, o se vierte en el subjetivismo y su emoción fácil, el mismo que mancha también la frase gideana. En suma, no ha ingresado en una construcción efectiva de nuestra interioridad. La posibilidad de que, a partir de ella, se elabore una categoría completa, ética y cognitiva a la vez, nunca se desarrolló.
¿Por qué ese subdesarrollo? ¿No será que, para promover la disponibilidad como categoría a la vez ética y cognitiva, haría falta que saliéramos del viejo tándem de la moral y la psicología, de las virtudes y facultades, y modificáramos profundamente la concepción misma de nuestro ethos? (N. de la R.: Este término suele referirse al conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad.) Porque, discretamente, sin estridencias, deslizada incidentalmente entre nuestras frases, esa noción no deja de entablar una revolución. Socava el andamiaje en función del cual nos representamos: el sujeto pasa a concebirse ya no como pleno, sino como hueco. Para el sujeto se trata, nada menos, que de renunciar a su iniciativa de “sujeto”: un sujeto que presume y proyecta, elige, decide, se fija fines y se procura los medios. Si renuncia momentáneamente a ese poder de dominio, a lo cual lo invita la disponibilidad, entonces teme que la iniciativa de la que se vale no tenga límites y se vuelva intempestiva; que le cierre el paso a la “oportunidad”, lo bloquee en una conversación estéril consigo mismo y ya no lo deje acceder a nada. Pero, ¿acceder a qué? Justamente, no sabe “a qué”. Si el sujeto renuncia a su propia herencia, si desconfía de su propiedad, es porque presiente que el privilegio que se confiere a sí mismo, atándolo a sí mismo, lo encierra dentro de límites que ni siquiera puede sospechar.
Que es preciso abstenerse de privilegiar nada, presumir o proyectar nada; que por lo tanto es preciso mantener en pie de igualdad todo lo que se escucha para no dejar pasar el menor indicio que pondría sobre la pista, por más incongruente (inesperado) que parezca; que por consiguiente es preciso mantener la atención difusa y no focalizada, es decir, no regida por alguna intencionalidad, éste constituye el primer consejo que Freud le dirige al psicoanalistas (“Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”, 1912). En el fondo, es el único que hay que observar. Porque todos los demás, de cerca o de lejos, conducen a él. La noción de “disponibilidad” no aparece allí, pero me parece que la reflexión de Freud gira alrededor de ella, e incluso diría que es aquello que aporta como su verdad.
Freud llega a ese punto por un interés estratégico, puesto que se trata de abrir una primera brecha en el sistema de defensa del paciente. No obstante, esa concepción de una captación que se realiza por desprendimiento alteraría demasiado todo el edificio occidental del dominio de sí como para ser abordada por él más explícitamente. Y Freud se interna en ese camino con extrema prudencia, en puntas de pie. Expone una fórmula que retomará varias veces: “atención flotante” o, traduzcamos del alemán con más precisión, “sobrevolando en igual suspenso”. La fórmula es paradójica: “atención” pero “flotante”: la mente se dirige hacia, se tiende hacia, pero sin nada en particular a lo cual estaría atenta. Se concentra (atención), pero sobre todo a la vez (dispersión). Que Freud no pueda expresar sino en una fórmula que roza la contradicción la primera regla práctica del psicoanalista ya deja ver bastante bien hasta qué punto ésta socava nuestro credo teórico, que realza las facultades (del conocimiento) y su capacidad de “control”.
¿Qué sería una atención que, sin embargo, se abstiene a su vez de concentrarse? O bien, ¿qué es una atención, pero que no se deja conducir por su intencionalidad? Al mismo tiempo que está atenta, desconfía del objeto de su atención. Porque desconfía sobre todo de aquello que, en lo que dice el analizante, le interesaría de entrada y la acapararía y, por ello, la haría pasar de largo; desconfía de aquello que le hablaría al oído al psicoanalista (en el sentido familiar, interesado, de “eso me suena”) y le impediría conservar el oído abierto, vigilante, y escuchar efectivamente.
Ya que resulta evidente que, al promover la figura autónoma del sujeto y su estructuración interior pensada a partir de sus facultades, el pensamiento occidental ha obstaculizado una capacidad de apertura semejante –salvo por un tratamiento reactivo y compensatorio en un plano místico–, ¿no es ya tiempo de buscar otras perspectivas? Pero la noción de disponibilidad sólo puede ser pensada como una manera de operar. Ars operandi: ya no separar lo ético y lo teórico de lo estratégico o, como sucede en el pensamiento chino, no separar la sabiduría de la eficacia. Es que, en China, la disponibilidad resulta ser el fondo mismo del pensamiento.

Sabio sin yo

La disponibilidad está en el principio mismo del comportamiento del Sabio: es anterior a todas las virtudes. Aunque es un principio que no es principio: erigir la disponibilidad como principio la contradeciría, por la misma razón que la disponibilidad es una disposición sin disposición fija. En esto concuerdan, ya sea que la aborden desde una u otra perspectiva, todas las escuelas chinas desde la Antigüedad (lo que denomino un fondo de acuerdo del pensamiento). E incluso resumiría la enseñanza del pensamiento chino de la siguiente manera: es sabio quien sabe acceder a la disponibilidad; con eso basta. Por tal motivo, el pensamiento chino nos sorprende con su antidogmatismo (aunque lo compense el ritualismo).
Podemos empezar por aproximarnos negativamente a la disponibilidad, tal como en esta fórmula de las Analectas de Confucio (IX, 4): “Cuatro cosas que el maestro no tenía: ni idea, ni necesidad, ni posición, ni yo”. La evidencia china (digo “evidencia” porque no es algo cuestionado) es que tener una idea o, mejor dicho, exponer una idea, ya implica dejar a las otras en sombras; es privilegiar un aspecto de las cosas en detrimento de otros y caer por ello en la parcialidad. Porque toda idea expuesta es al mismo tiempo un prejuicio sobre las cosas, que impide considerarlas en su conjunto, en un mismo plano y con equidad. Se ha entrado en la preferencia y la prevención. En efecto, hay que leer la fórmula en su continuidad. Si exponemos una “idea”, se nos impone entonces una “necesidad” (un “hay que” proyectado sobre la conducta); a consecuencia de este “hay que” al cual obedecemos, resulta una posición fijada en la que la mente se estanca y ya no evoluciona; por último, de ese bloqueo en una “posición” adviene un “yo”: un yo fijo en su surco y que presenta un carácter. Ese “yo”, preso de su “posición”, ha perdido su disponibilidad. Pero la fórmula también hace un círculo: debido a que el comportamiento se fijó en un “yo”, ese yo expone una “idea”, etcétera.
En las Analectas de Confucio, abundan las fórmulas en ese sentido: el hombre de bien es “completo” (II, 14), es decir que no pierde de vista la globalidad, no deja que el campo de los posibles se restrinja por ningún lado. No “se empeña a favor ni en contra”, sino que “se inclina” hacia lo que llama la situación (IV, 10). O bien, dice Confucio acerca de sí mismo, “no hay nada que pueda o no pueda hacer” (XVIII, 8). Dicho de otro modo, el Sabio mantiene abiertas todas las posibilidades, sin excluir a priori ninguna, y se mantiene dentro de lo componible. Por tal razón, no posee un carácter y no se lo podría calificar: sus discípulos no saben qué decir de él (Analectas, VII, 18). O bien cuando se clasifica a los sabios en categorías –por un lado, los intransigentes, que se niegan a sacar siquiera un poco la mano por el bien del mundo, y por otro lado, los acomodaticios, dispuestos a cualquier compromiso para salvarlo–, ¿qué dirán de Confucio? ¿Es intransigente? ¿Es acomodaticio? ¿Dónde ubicarlo (qué “posición” atribuirle) en esa tipología? Mencio responderá que “la sabiduría es el momento”: tan intransigente como los más intransigentes cuando conviene; tan acomodaticio como los más acomodaticios, también cuando conviene. Ya no está ligado a una u otra postura, sólo el “momento” sirve de referencia. Porque la “sabiduría” no tiene un contenido que la oriente o la predisponga; o bien no tiene otro contenido que volverse disponible en ocasión del momento, renovándose incesantemente.
Vemos así que el “justo medio”, un tema tedioso como pocos y que creeríamos que se deriva de la sabiduría popular, sale al fin de su chatura. Adquiere un relieve inesperado. Ya no es banal, sino radical. Ya no consiste en quedarse en un ámbito endeble, miedoso, a medio camino entre los opuestos y temiendo el exceso (“ni tanto ni tan poco”, como dice el refrán); evitando prudentemente aventurarse tanto hacia un lado como hacia el otro y afirmar fuertemente su preferencia. “Mediocridad” que no es “dorada”, como escribió Horacio (Aurea mediocritas), sino opaca, gris. En cambio, el justo medio, para quien sabe pensarlo con rigor (Wang Fuzhi) es poder hacer tanto lo uno como lo otro, ser capaz tanto de un extremo como del otro. Tres años de luto por la muerte del padre, nos dicen, no es demasiado; aunque beber copas sin medida durante un banquete tampoco es demasiado –de ningún modo exagero–. El riesgo consiste más bien en estancarse en un lado y que se nos cierre la otra posibilidad. En oposición a ello, la disponibilidad consistirá en mantener el abanico completamente abierto –sin rigidez ni evasión– de manera de responder plenamente a cada solicitación que surge. Plenamente quiere decir: sin dejar de lado ni desatender nada, porque ningún carácter o sedimentación interior habrá de obstaculizar esa ductilidad.
El pensamiento chino supo percibir especialmente la diferencia que hay entre “estar en el medio” y “estar ligado al medio”. Por un lado están aquellos que no sacrificarían un pelo por el bien del mundo, y por el otro aquellos que están dispuestos a hacerse masacrar por su salvación: un “tercer hombre”, que está en el medio de esas posturas adversas, parece “más próximo” (Mencio). Pero “estar ligado a ese medio sin sopesar la diversidad de los casos es aferrar una sola posibilidad” y “dejar ir otras cien”; y por lo tanto es “arruinar el camino”. Desde el momento en que nos atenemos a una posición, se fija un “yo”, el comportamiento se estanca, algún imperativo o algún “hay que” se estabiliza y ya no estamos en armonía: la plenitud pierde su amplitud y ya no reaccionamos a la diversidad que se ofrece. Porque la disponibilidad, como disposición interior que se abre a la diversidad, va acompañada de la oportunidad: está disponible aquel que sabe –como también dijo Montaigne aunque sin convertirlo en disposición del conocimiento– “vivir en buen momento”.
Este pensamiento, como dije, no es privativo en China de una escuela particular, y la misma capacidad de conocimiento tiene como condición el vaciamiento de la mente: el “conocer” chino no es tanto hacerse una idea de algo cuanto volverse disponible a algo. Se produce una purgación interior, no por medio de la duda que elimina los prejuicios, sino mediante un abandono generalizado, que se efectúa no a nivel del intelecto sino del comportamiento. De allí surge el desprendimiento, que le da su amplitud al acceso. Hay que cuidarse de dejar que la mente se vuelva una mente “dada”, dice Zhuangzi. Una mente dada, rígida, constituida, cuya actividad entonces se paraliza y que se encierra dentro de su perspectiva, se vuelve sin saberlo un punto de vista. Porque la primera exigencia, ya sin proyectar una preferencia o una reticencia, es mantener todas las cosas “en pie de igualdad”. Es incluso porque sabe mantener todo en un pie de igualdad, como muestra pertinentemente Zhuangzi, y está en condiciones de remontarse al fondo indiferenciado, “del tao”, de donde brotan todas las diferencias, que el Sabio está en condiciones de acoger la menor diferencia en su oportunidad, sin reducirla ni dejarla pasar. El “yo”, que deja de ser un obstáculo (lo que significa “perder su yo”, wang wo), puede escuchar entonces todas las músicas del mundo, diversas como son, en su espontáneo ser “así”, a placer, acompañando su despliegue singular.
* Texto extractado de Cinco conceptos propuestos al psicoanálisis, que distribuye en estos días. Ed. El Cuenco de Plata.

martes, 2 de abril de 2013

Cine: Amantes criminales (título original: Les amants criminels) François Ozon


Es una película francesa dirigida por François Ozon en 1999. Según el autor, el filme es una recreación moderna del cuento de Hansel y Gretel.


Argumento

Alice (Natacha Régnier) y Luc (Jérémie Rénier) son una pareja de jóvenes franceses cuya relación no va bien, debido en gran medida a la falta de motivación sexual de Luc. Alice convence a Luc para asesinar a Saïd, un compañero de clase, haciendo creer a Luc que Saïd la ha violado y tomado unas fotografías del acto. Tras cometer el asesinato, buscarán un lugar donde enterrar el cadáver y, de camino, robarán en una joyería. Tras enterrar el cuerpo en un bosque, se encuentran perdidos, al no poder encontrar el camino de vuelta. Allí se encontrarán con un misterioso personaje, el «hombre del bosque», que los retendrá y mantendrá secuestrados en su cabaña, en condiciones infrahumanas. Pasado un tiempo, el hombre del bosque empieza a forzar a Luc a mantener relaciones sexuales, en las que este descubrirá que la causa de sus problemas sexuales con Alice era su homosexualidad.


Premios y nominaciones

  • 2000: Gran Premio del Jurado en el L. A. Outfest para François Ozon.
  • 2000: Premio a la Mejor Actriz en la Semana Internacional de Cine Fantástico de Málaga para Natacha Régnier.
  • 1999: Nominación al Golden Bayard del Namur International Festival of French-Speaking Film para la película.
  • 1999: Premio al Mejor Guion del Festival de Cine de Sitges para François Ozon.
  • 1999: Nominación como Mejor Película del Festival de Cine de Sitges

AÑO1998
DURACIÓN
95 min.
PAÍS
DIRECTORFrançois Ozon
GUIÓNFrançois Ozon
MÚSICAPhillippe Rombi
FOTOGRAFÍAPierre Stoeber
REPARTONatacha Régnier, Jérémie Renier, Miki Manojlovic, Salim Kechiouche, Yasmine Belmadi
PRODUCTORAFidélité Productions
PREMIOS1999: Festival de Sitges: Sección oficial largometrajes a concurso
GÉNERODrama. Thriller | Crimen

lunes, 18 de marzo de 2013

Cultura:Michel Foucault, una bestia magnífica


PERDER EL ROSTRO. Ese fue un deseo confeso del autor de “Las palabras y las cosas”.

La publicación de una biografía escrita por James Miller y una selección de textos diversos en torno al poder del filósofo francés permiten sumergirse en el laberinto de su mente.

POR MAXIMILIANO CRESPi

No existe teoría que no sea secretamente un fragmento, celosamente dispuesto, de una autobiografía. La diversa y compleja obra de Michel Foucault parece no ser una excepción a esta regla intuida por Paul Valéry. A medida que pasan los años y, por los recovecos de la veda post mortem decretada por el filósofo, se filtran nuevos textos y nuevas traducciones, su propio rostro también se multiplica.

Que la obra dispersa del autor de Las palabras y las cosas termine por cumplir –en la paradoja misma de la proliferación– su deseo confeso de “perder el rostro” es casi un gesto de justicia poética. Pero no son sólo los textos los que, de un tiempo a esta parte, contribuyen a corroer el fichaje, la asignación a una imagen en la sutura de un nombre. También sus biógrafos –de Didier Eribon a Sara Mills, de David Macey a Paul Veyne– han contribuido fehacientemente a deshacer los pliegues de esa captura imaginaria. Pero, sin duda, quien ha llegado más lejos en esa tarea es James Miller, el autor de La pasión de Michel Foucault. Celebrado por intelectuales como Richard Rorty y Edward Said en virtud de su audacia, su carácter provocativo y polémico, el volumen traducido recientemente por la editora chilena Tajamar devuelve una imagen compleja, móvil y dinámica del filósofo. La imagen más genuina (es decir: la menos totalitaria) es la que no esquilma lo literario: Miller lee la vida y la obra del filósofo de Poitiers como si se tratara de dar sentido a dos laberintos cuya correspondencia sólo se hace inteligible en la superposición y el montaje.

Cabe parafrasear a Borges: un hombre se propone la inmensa tarea de estudiar el poder; a lo largo de los años puebla un espacio textual de arqueologías y genealogías rigurosas; finalmente, muere apenas intuyendo que ese paciente laberinto de líneas traza una imagen monstruosa que es la de su propia cara. El poder, la verdad y el sujeto son los puntos iluminados de ese laberinto que lleva el nombre de Michel Foucault. Frente a ellos, el trabajo de Miller propone una exploración de las “zonas ciegas” de esa vida y esa obra que no duda en flirtear con el suicidio, la sinrazón, los excesos, la transgresión, la liberación de los placeres, la crueldad del crimen y la pérdida de sí.

El laberinto es la figura que mejor describe la investigación milleriana. Ante todo porque su construcción ratifica la excepcionalidad de su diseñador. Pero también porque es el símbolo inquietante de una trascendencia misteriosa: la de la presencia/ausencia del propio Foucault en la incomprensible y muerta soberanía de su saber imponente. Es esa figura de la imaginación cuya pretensión formal es la de producir perplejidad y extravío en el peregrino que en él cae cautivo.

Como Roussel, por quien prodigó una admiración singular, Foucault hizo de su obra “un laberinto personal que simultáneamente (lo) revela y oculta”. Es, en efecto, una producción plural y arisca a la tara de las determinaciones. No sólo en razón de sus profundas y abruptas transfor-maciones metodológicas; sino fundamentalmente porque sus propios “objetos” de investigación son siempre relaciones.

El laberinto son los otros. Pero la alteridad, al igual que la subjetividad, es el efecto de un tejido de relaciones de poder que se revela estrictamente constitutivo de lo real. El poder, esa “bestia magnífica” que Foucault pensó como nadie en su potencia productiva, configura y normaliza formas de vida. Compone un conjunto complejo de dispositivos cuya función y productividad sólo pueden comprenderse a través de lo que él mismo definió como “una filosofía analítica del poder”.

Foucault desplegó esa paciente y minuciosa analítica en textos capitales para la comprensión del presente, como lo son Vigilar y castigar, La voluntad de saber,Defender la sociedad y Seguridad, territorio y población. Esquirlas en la estela de esa implacable maquinaria reflexiva, los diecinueve textos reunidos en El poder, una bestia magnífica completan y complementan especialmente a los que incluye la trajinada Microfísica del poder compilada ya hace más de tres décadas.

Hasta aquí inéditas o inaccesibles en español, las entrevistas, conferencias e intervenciones traducidas por Horacio Pons y publicadas al cuidado de Edgardo Castro ofrecen –no podría ser de otro modo– una imagen móvil y parcial del laberinto Foucault. La gentileza en el criterio de edición no solapa las dificultades que la clasificación implica: los textos son desplazados de la arbitrariedad cronológica a la temática; pero la advertencia de que los temas están “siempre entrelazados” nos devuelve otra vez al laberinto.

La selección comprende textos de diferente tenor. Va desde los que exhiben un tratamiento general y teórico de la “cuestión del poder” a los que comprometen configuraciones específicas, como la prisión, la gestión de la vida biológica y la medicina. Y su contribución cardinal es la de echar luz sobre algunos aspectos de la última etapa de su producción teórica de Foucault, diseminada en el bruto de sus brillantes cursos del Collège de France.

La cualidad más saliente de estos textos es la manera en que Foucault liga su saber a la condición de su acción política. El pensamiento foucaultiano se despliega aquí como un work in progress. En virtud de ello, el volumen comporta un genuino testimonio de que la elaboración teórica y la modulación formal de un pensamiento suponen siempre la condición de una situación concreta y una praxis historizada.

De más está decir que la arquitectura de la analítica del poder compromete al lector en su propia trama. Lo pone en una encrucijada incómoda. Le niega la posibilidad de jugar al peregrino apático y lo exhorta a asumirse como esa bestia que se obstina en dar sentido a su propio laberinto.
Fuente: Revista Ñ: Domingo 17 de marzo de 2013

martes, 19 de febrero de 2013

Cine: París, Texas. Wim Wenders 1984


París, Texas, es probable que Wim Wenders más conocido, aclamado por la crítica, y la película de éxito, ganando varios premios internacionales, entre ellos la Palma de Oro de Cannes a la Mejor Película en 1984.

Esta road movie inusual, con guión del aclamado dramaturgo Sam Shepard, cuenta la historia de Travis, un hombre perdido en su propio infierno. Dado por muerto durante cuatro años, reaparece en el desierto, en la frontera con México, cansado del mundo y un amnésico.
Traza su hermano Walt, que es la educación de Hunter, su hijo de siete años de edad, su ex-esposa Jane haberlo abandonado a las puertas de Walt varios años antes.

Como un personaje virtual, Hunter y Travis comenzar a construir una amistad cautelosa y conspirar para encontrar Jane y traerla de vuelta a ser una verdadera familia.

Con actuaciones extraordinarias de Harry Dean Stanton como Travis y Natassja Kinski como Jane, la película también cuenta con una banda sonora de Ry Cooder, ideal para paisajes blanqueados por el sol de la película y matices melancólicos.


1) EXTERIOR DEL DESIERTO DEL PAISAJE DEL DIA

Paisaje  de vista vacía, casi lunar desde una vista de pájaro. Las cámaras se cierne sobre él. A lo lejos, un hombre solo aparece, sino que está atravesando este desierto.

A las tierras de halcón sobre una roca.
El hombre se detiene, mira al pájaro.
Luego se bebe las últimas gotas de agua de una botella de plástico grande. Está vestido con un traje barato mexicano, una gorra de béisbol roja
y sandalias con vendas alrededor de ellos. Sus ropas están cubiertas de polvo y empapado de sudor. Él ha estado caminando por un largo tiempo.

Esto es Travis.

Travis tira la botella de plástico vacía, y continúa su camino a través de las llanuras desoladas y calientes que se encuentran delante de él.

Reparto


WIM WENDERS
Biografía

Wim Wenders nació en Düsseldorf en 1945. Después de dos años de estudios de medicina y filosofía y una estancia de un año en París como pintor asistió a la Universidad de Televisión y Cine de Munich desde 1967 a 1970.

Una de las figuras más importantes que surgieron del "Nuevo Cine Alemán" período en la década de 1970, él era un miembro fundador de la Federación Alemana de distribución de películas "Filmverlag der Autoren" en 1971 y fundó su propia compañía de producción "Road Movies" en Berlín en 1975. Además de dirigir la atmósfera cine de autor Wenders trabaja con el medio de la fotografía, y sus conmovedoras imágenes de paisajes desolados participar temas como la memoria, el tiempo y el movimiento.


Un importante estudio de la fotografía, "Imágenes de la superficie de la Tierra", fue exhibido en museos y centros de arte de todo el mundo. Wim Wenders ha publicado numerosos libros con textos y fotografías.

Wim Wenders se convirtió en miembro de la Academia de Artes de Berlín en 1984. Fue nombrado doctor honoris causa en la Universidad Sorbona de París (1989), la Facultad de Teología de la Universidad de Friburgo (1995), la Universidad de Lovaina (2005) y la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Catania (2010). Es miembro fundador y presidente de la Academia de Cine Europeo y miembro de la Orden Pour le Mérite. Actualmente se está enseñando película como profesor en la Universidad de Bellas Artes de Hamburgo.

Wenders vive en Berlín, junto a su esposa, Donata Wenders fotógrafo.


Fuente: Paris Texas, sitio oficial

miércoles, 13 de febrero de 2013

Psicoanálisis: IX Jornadas Colegio de Psicólogos de Quilmes “La Transferencia en el presente”


Texto gentilmente enviado por su autora, la psicoanalista Cecilia Castelluccio.


          Partiré de una indicación que Lacan da en “Función y Campo”, allí nos previene: “Mejor que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época”. Pues bien, de eso en relación al tema de la transferencia (que es la temática que nos convoca) me propongo conversar con ustedes hoy.
          El trabajar en un hospital general de agudos, y en un servicio de toxicología pone mi práctica como analista en contacto con lo que Lacan denomina “la subjetividad de nuestra época”. Como sabrán, varios autores, Bauman entre ellos, ubica al consumo (de sustancias, pero también de cualquier otro tipo de objetos, incluso personas) como el rasgo patognómonico de la época posmoderna, o sea, la actual. El consumo oficia de tapón, desconociendo o velando la causa de la división subjetiva. El análisis de Bauman (que no es psicoanalista, sino sociólogo), coincide con la lectura que varios analistas hacen, siguiendo la propuesta lanzada por Lacan hace más de 40 años. En la proposición del 9 de octubre (un texto institucional), hablando de los campos de concentración (como expresión de lo real), dice: “lo que vimos emerger, para nuestro horror, representa la reacción de precursores en relación a lo que se irá desarrollando como consecuencia del reordenamiento de las agrupaciones sociales por la ciencia y, principalmente, de la universalización que introduce en ellas. Nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación”.
          Entonces, nuevamente: no podemos desconocer la subjetividad de nuestra época, que estará en consonancia con el Otro de la época, el cual claramente difiere del que marcó el invento freudiano e incluso, también, aquel de la época de Lacan (connotado por ideales como los del mayo del 68’). La nuestra es una época caracterizada por la influencia de la ciencia y la técnica, donde los gadgets están a la orden del día. Estas características de la subjetividad de nuestros días es un dato insoslayable para pensar la transferencia.
          Los rasgos de la subjetividad actual atentan contra la instauración de un análisis y ponen en evidencia aquello sobre lo que nos alertaba Freud en 1914. Esto es: “las únicas dificultades realmente serias son aquellas con las que se tropieza en el manejo de la transferencia”[1]. Este texto se encuentra incluido dentro de los “Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis”.
          Por lo que venimos considerando, el tóxicomano resulta un paradigma de la subjetividad actual. Cómo poder pensar la transferencia?, ¿cómo considerar un análisis, en esos casos cuya consulta no está orientada a querer saber sobre la causa del sufrimiento, mediante la maniobra que implicaría dirigirse a un Otro cuyo saber es preciso suponer?
          Las presentaciones de los pacientes toxicómanos suelen encontrarse comandadas por cierta ruptura del equilibrio homeostático que su objeto droga le reportaba.
          Ahora, la pregunta que es preciso hacerse es si ese “desequilibrio”, en términos freudianos “la ruptura del matrimonio feliz con la botella”, resulta causa suficiente para iniciar un análisis.
          La posición del tóxicomano coincide con la del cínico. Me refiero con el término “cínico” no al uso que le damos en la actualidad, sino en relación a la posición sustentada por una de las escuelas de la antigua Grecia. De la cual, Diógenes era uno de sus exponentes mas destacados. La característica más significativa de esa escuela era rechazar el lazo al Otro. En el caso de Diógenes ese Otro amo estaba representado, en aquel entonces, por Alejandro Magno. El toxicómano, en su costado cínico es aquel que no busca un saber, mas allá del que le reporta su propio goce. Esta posición subjetiva, como dijimos, implica un rechazo al Otro. Por lo tanto se trata de un goce autista.
          Podríamos enunciar este problema clínico, en los siguientes términos: ¿cómo lograr el pasaje de una posición cínica a la de un creyente del inconsciente?. La respuesta está en el manejo de la transferencia. Si un análisis empieza, será propiciado por la transferencia.
          Me parece importante, para pensar estos casos, la pregunta que se hace Colette Soler. En un texto llamado “Transferencia y angustia”, ella se pregunta si será posible analizar a alguien a quien el analista no pueda angustiar. Ello en el sentido de maniobrar con la división subjetiva y la emergencia del objeto. En el tóxicomano la droga opera como obturador de la división. Podemos considerar que a la forclusión del sujeto que opera la ciencia, tan vigente hoy, la droga aporta su granito de arena. La droga permite “explicar” todo, anulando la responsabilidad subjetiva y cualquier indicio de deseo, y por tanto de división en juego.
          Decíamos que si un análisis comienza es por la transferencia. Sin embargo podemos establecer que se trata de una condición necesaria, pero no suficiente. La transferencia es un fenómeno vinculado al deseo, y tal como propone Lacan esto no se inicia con Freud, el trabajo del seminario 8 acerca del Banquete de Platón lo prueba. En cuanto hay suposición de saber a un sujeto (S.S.S) existe transferencia.
          A pesar de que los pacientes establecen transferencias con el médico, eso no lo convierte en un análisis. De hecho este problema es el que interroga Lacan a la altura del Seminario 10 y concluye que esa es la definición del acting out, o sea, una transferencia sin análisis. Los pacientes consumidores de sustancias suelen ser proclives a las tramitaciones de su malestar vía las modalidades degradadas del acto como son el acting y el pasaje al acto.
          La pregunta es cómo maniobrar con ese saber, que conviene no olvidar, es supuesto. Ahí está lo específico de la transferencia analítica. Cuando esto se olvida, y se ocupa el lugar del amo las consecuencias no se hacen esperar, desaparece la separación entre los dos pisos del grafo y el acting out y el pasaje al acto hacen su aparición.
          En el Seminario 11 (en la clase titulada “la presencia del analista”) Lacan, nos proporciona una definición para pensar la transferencia que resulta muy operativa en la clínica. El dice: “Este concepto está determinado por la función que tiene en una praxis. Este concepto rige la manera de tratar a los pacientes. A la inversa, la manera de tratarlos rige al concepto”.
          Tal como decíamos, los médicos también tratan pacientes, pero algo del modo de este tratamiento, será diferencial en el caso de un analista. Lacan dirá que la ‘praxis’ es “la posibilidad de tratar lo real mediante lo simbólico”. Entonces el abordaje del sufrimiento, del malestar subjetivo (de lo real) mediante lo simbólico hace a la práctica analítica. Ello siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones, puesto que sino, nuevamente, esto no resultaría especifico de la transferencia psicoanalítica.
          Tengamos presente que tanto la magia (los curanderos y chamanes) como la religión por otra parte, son modalidades de operar sobre el sufrimiento a través de la palabra. En este sentido la oferta actual es múltiple y variada: curas sanadores con imposición de manos, y versiones más mediáticas tales como las de los pastores brasileros con su “manto de la descarga” que realizan modernos exorcismos (a histéricas y psicóticos) por televisión a la medianoche.
          Entonces, ¿qué es lo que establece la especificidad de la transferencia analítica?, (tal vez parezca una simpleza), la respuesta es: el analista. El acto analítico, sostenido en el deseo del analista es lo que tornará a ese lazo (analizante-analista) como singular y por tanto especifico. Esto situará la diferencia con la transferencia al médico.
           La transferencia  para Lacan no debe confundirse con un simple medio, por el contrario, ella es la puesta en acto del inconsciente. Y al inconsciente no lo podemos concebir sino es considerando e incluyendo en su definición al analista. Para Lacan “La transferencia es un fenómeno que incluye juntos al sujeto y al psicoanalista[2]”. Esto es lo que permite afirmar que el estatuto del inconsciente es ético y no ontológico.
          Para que se trate de un análisis, la intervención no deberá ser hecha desde el lugar del I(A), tal como podemos considerar que opera el chamán, el sacerdote y el médico.
          La actual  es una época que supone la caída de ideales y de semblantes. Lo que se presenta en las consultas de pacientes consumidores de sustancias, es el obstáculo para instaurar un tratamiento, por la dificultad de postular un saber supuesto. Entiendo que esto resulta la contra cara del poder desmedido que se le otorga al fármaco. La demanda de los pacientes suele ser unánime: “necesito una pastilla” que según el caso será para: la abstinencia, para dormir, para levantarse etc, etc.
          Se trata de un efecto nuevo y del cual deberemos comenzar a estudiar las consecuencias que supone esta certeza absoluta depositada en el fármaco (ya ni siquiera en el médico que lo prescribe) en una relación inversamente proporcional al descrédito a la palabra y con ello a la posibilidad de instaurar un saber supuesto. Esta certeza depositada en el químico, sea en su faceta de fármaco prescripto,-de remedio- o bien de droga ilegal (facetas claramente delimitadas en lo que se desprende como “farmakón” del Fedro de Platón) es lo que anula la relación, que por no ser sexual es epistémica, del sujeto con el saber en tanto inconsciente.
          Tal como postulábamos inicialmente, estudiar las consecuencias que se desprenden de este posicionamiento subjetivo, es lo que nos permitirá unir a nuestro horizonte, (esto es: la cura analítica que es bajo transferencia), la subjetividad de nuestra época, a fin de evitar la renuncias o la claudicación de nuestra ética.



[1]    Freud F. “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” (1914) A.E 12
[2]    Lacan J “Seminario 11” Clase XVIII pág. 239