martes, 4 de diciembre de 2012

Psicoanálisis: El Banquete de Lacan, primer encuentro.


Voy a ir subiendo los tres encuentros del trabajo en grupo de estudio sobre El Resorte del Amor, del Seminario 8


Vamos a tratar de realizar un breve recorrido por “El Resorte del Amor” y “El Banquete”, tratando de situar algunos puntos clave para abordar el amor y la transferencia.
Para comenzar, tenemos que a partir del nombrado texto de Platón, se desprende una modalidad para abordar a Eros. Como primera cuestión se lo distingue de la función  orgánica, esto es la sexualidad desplazada de los límites de la biología, de hecho la función reproductiva no es tratada en El Banquete. La procreación no entra en los elogios del amor, aunque intenten establecer la naturaleza del amor. El impulso físico cae, dando lugar al impulso de saber. Eros articula, ciencia, saber y subjetividad. No sólo el psicoanálisis toma esta vía, Michel Foucault indica que en occidente se ha generado una scientia sexuallis. De hecho este autor de una de las interpretaciones de El Banquete de Platón, señala la sustitución del impulso físico por el impulso de saber, en nuestra cultura. Inclusive como un saber silenciado.
Saber y conocimiento, racionalidad científica, suponen que en  Eros hay una verdad. Se pasa de la biología, al status científico de Eros, es decir una racionalidad, y impulso de saber. A riesgo de quedar reiterativo, tenemos que la pregunta por el amor  no plantea ningún tipo de adecuación entre los sexos, ni considera la reproducción de la especie como móvil.

Vamos a dividir el material, en tres partes siguiendo las argumentaciones del simposium:
1)     Los elogios.
2)     El discurso de Sócrates/Diótima.
3)     La entrada de Alcibíades.

Para luego realizar una reducción a dos partes:
1)     Los elogios y el discurso Sócrates/Diótima.
2)     La entrada de Alcibíades

Los elogios.

Son discursos que intentan indicar cual es la naturaleza del amor. Cada uno de los invitados, está llamado a dar su versión, a realizar su elogio del amor. Lo hacen en su propio nombre, y desde su saber. Lacan sugiere tomarlos como actas de sesiones analíticas.
Los elogios se dirigen al amor y a saber reconocerlo
Presentando en forma de un cuadro hiper reducido la sucesión de los elogios nos queda el siguiente esquema:
Fedro el amor es un dios.
Pausanías el amor es un valor
Erixímaco el amor debe ser sano, armonía
Aristófanes el amor explicado por el mito de la esfera
Agatón el amor ligado al entre dos muertes

Luego, el discurso de Sócrates/Diótima
Y la entrada de Alcibíades.

En el Seminario, Lacan va dando pistas para saber reconocer al amor. También sitúa su propia clave, que es poner en juego todo el peso de lo inconciente. Propone al amor como un significante, dimensión discursiva determinada por el lenguaje, y desarrolla la metáfora del amor. Establece como central la relación amante y amado, en términos griegos erastés y erómenos. Decíamos que está en juego toda la implicación de lo inconciente, dado que hay un no saber en juego, un sujeto eclipsado en ese punto.
 El erastés o amante, no sabe lo que le falta, y el erómenos o amado no sabe lo que tiene. Es en el encuentro entre ambos, que se produce la metáfora del amor. Para hacerlo mas claro, es en la sustitución del erastés por el erómenos que se da la metáfora del amor. La escena que lo ejemplifica es la relación entre Aquiles y Patroclo, dada la muerte de Patroclo, Aquiles se deja morir. Aquiles como nos enseña Lacan es el amante, pese a ser mas bello y mas joven. A diferencia de la situación entre Alcestes y Admeto, donde Alcestes toma el lugar de su marido ante la muerte, y se produce un beneficio, Admeto conserva la vida. En el caso de Aquiles y Patroclo, no hay ningún beneficio en juego.
La metáfora del amor introduce un cambio radical, en lugar de conocimiento y saber, hace entrar la falta y el no saber como condición. Uno no sabe lo que le falta y el otro no sabe lo que tiene, no hay ninguna reciprocidad posible. Como decíamos se articulan la falta y la nesciencia, el eclipse del sujeto, como condición.
Lacan nos dice que en un psicoanálisis, alguien viene a buscar lo que le falta y se encuentra con la realización de un deseo. Que aquello que le falta lo aprenderá como amante.

A modo de síntesis: Entonces los elogios están del lado del saber y del conocimiento, saber reconocer y valorar el amor, son pronunciados en nombre propio. Consideran el lazo entre Eros y una verdad.
Lacan hace entrar la metáfora del amor, en clave de lo inconciente y del amor como significante, dando lugar a la metáfora del amor.
La próxima continuamos con el discurso de Sócrates.



Psicoanálisis: El resorte del amor, o el Banquete de Lacan





Una estrategia para abordar tanto El Banquete como El resorte del amor que les propongo es hacer una división. Como primer movimiento, situamos  tres partes: A) los elogios del amor,
  B) el discurso de Sócrates que implica hacerse hablar por Diótima,
 y por último C) la entrada de Alcíbíades y el cambio de las reglas.

Brevemente podemos ubicar algunas coordenadas de cada parte:

A)   Los elogios, llamamos así la primer parte, se caracterizan por tratar de aclarar cual es la naturaleza del amor, y que es lo que se debe apreciar. Cada invitado al banquete, dice su discurso en clave personal y desde lo que sabe y conoce. El conocimiento implica la vía de acceso a la naturaleza del amor. Paralelamente Lacan comienza a desarrollar su metáfora con las figuras del Erastés y el Erómenos.

B)    Sócretes –cuando llega su turno- se dieciza, se divide (Spaltung) y hace hablar a Diótima, que introduce el mito del Amor cuya clave es la falta y el no saber. Propone seguir la belleza en la búsqueda de cierta perfección, y el juego erastés y erómenos. Cuando más se desea, mas deseable se vuelve quien desea. Sustituye la guía hacia el objeto de amor por la guía misma, la clave está en desear, pasar de erómenos  en erómenos.

C)    La entrada de Alcibíades, cambia las reglas ahora se elogia el otro al de al lado de la derecha. Entra el otro como objeto en el amor, cuestión novedosa. Dos cuestiones:  una el objeto en términos de agalma que es el pivote entre amor y deseo, no permutable, no intercambiable. Está en el interior, a la inversa que la belleza. El objeto es parcial, ninguna idea totalizadora. El sujeto en el amor es también nuestro objeto de deseo.

D)    La otra cuestión, es la intervención de Sócrates, que sabiéndose el erómenos de Alcibíades no responde a la demanda de este, es decir no se produce la metáfora del amor. Alcibídaes queda como erastés. En ese punto es que se produce la intervención de Sócrtes indicándole que en realidad desea a Agatón.

Bien con esta partición del texto, les propongo ahora una reducción a dos bloques: El primero agrupa, los elogios y el discurso de Diótima, y el segundo la entrada de Alcibíades. La clave de esta nueva forma de ordenar las cosas es el objeto en tanto agalma. El tomar al otro como objeto de nuestro deseo en el amor indica un giro radical. Ni en los elogios ni en Diótima surge la cuestión de agalma como centro del deseo humano.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Cine: El lazo de Foucault con el séptimo arte


Pablo E. Chacón
En el libro "Foucault va al cine", los ensayistas franceses Patrice Maniglier y Dork Zabunyan estudian la relación que el filósofo tenía con el séptimo arte y cómo usó muchas películas -siendo espectador- para hacer avanzar diversos aspectos de sus conceptualizaciones.
El libro, publicado por la casa Nueva Visión, forma parte de la colección Claves que en ese sello dirige Hugo Vezzetti, un intelectual que supo formar parte del Club de Cultura Socialista a mediados de los 80.

En los tres volúmenes de "Dits et Ecrits" aparecen algunos de los textos que están en esta compilación, pero la mayoría estaban inéditos en castellano, algunos publicados en Tel Quel, la revista de Sollers y Kristeva, y otros en Cahiers du cinema.

Maniglier es profesor agregado en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Essex, en Inglaterra y Zabunyan profesor agregado en Estudios Cinematográficos en la Universidad de Lille 3, en Francia.

"Es un hecho, la `cine-filosofía` está de moda (...) Este entusiasmo es masivamente dominado por una actitud que consiste en buscar en los filmes ilustraciones de tesis filosóficas", aseguran los autores.

Y agregan. "Encontraremos la caverna de Platón en la `Matrix" de los hermanos Wachowski o el psicoanálisis de Jacques Lacan en las angustias de Alfred Hitchcock".

Y apuntan: "Si el juego puede tener virtudes de entretenimiento o pedagógicas, no se ve bien lo que puede suministrar que sea realmente nuevo: los aspectos propiamente fílmicos son desdeñados en beneficio del hecho narrativo".

Para los autores es imprescindible "pensar distinto", según la frase canónica de Foucault: si en la historia del cine podrán verse películas que ilustran algunas de sus tesis sobre la locura, la enfermedad, etcétera, otra era la idea del autor de "El uso de los placeres".

"Foucault buscaba ante todo otra manera de hacer historia, una historia que sin someterse a la linealidad de una narración, tendería a poner de manifiesto `acontecimientos`", según Maniglier y Zabunyan.

Porque para él "se trataba de decir lo que estaba en el `borde` de nuestro presente, aquello de lo que eventualmente éramos contemporáneos, sin, no obstante, ser sus héroes".

El ensayista, además, hace de soporte teórico para mediados de los 70, cuando Cahiers du cinéma, impulsada por Serge Daney, Pascal Bonitzer y Serge Toubiana, empiezan a quitarse el lastre maoísta en la que había hecho entrar a la revista el mismísimo Jean-Luc Godard.

Ese punto de inflexión, del que Foucault es actor central, es la entrevista (publicada en Cahiers), titulada "Anti-Retro", donde el filósofo destroza sin piedad filmes paradigmáticos de esa época de transición hacia el cine de `qualité`, como "Lacombe Lucien", de Louis Malle, y "Portero de noche", de Liliana Cavani.

Finalmente, argumentos más sofisticados son los que usa para criticar "el amor al poder" que despliegan ciertos cineastas que se reivindican disidentes: así, critica "Saló", de Pier Paolo Pasolini, y el "Hitler", de Syberberg, encarnizándose contra "la estetización del poder".

Y haciendo las preguntas clave que un intelectual libertario debe hacer públicas: "¿Cómo amar el poder?, ¿cómo aprehender ese deseo que se tiene por el poder?, ¿qué nos hace amar lo que a la vez nos aliena y nos da el sentimiento de gozar de él?", como para terminar de una vez con la ingenuidad de que el estado es la sede de todas las opresiones, desde las clasistas a las sexuales.

Fuente: TELAM

domingo, 2 de diciembre de 2012

Cine: Al cine con Foucault


Se publican en castellano los textos que Michel Foucault escribió entre 1974 y 1982, en los que dejó plasmado su modo microfísico de pensar el cine.

Por Luis Diego Fernández

Michel Foucault no pensó el cine, quizá nunca le interesó; es más, hasta le incomodó reflexionar sobre su materia. Es extraño que uno de los mayores filósofos del siglo XX no haya pensado sobre un arte de su siglo. Pocos filósofos más hijos de su tiempo y que más esfuerzos hicieron por alejarse de las categorías del siglo XIX que Foucault. ¿Por qué el desencuentro? Gilles Deleuze dedicó dos tomos descomunales a reflexionar sobre la imagen cinematográfica, Slavoj Zizek hizo del cine su juguete de reflexión pop para llegar a exponer su pulsión lacaniana y su hegelo-marxismo desmadrado contemporáneo, Jacques Rancière vio en el espectador emancipado un elemento clave de la realidad a ser pensado. ¿Por qué no Foucault?
Es motivo de interrogación en varios analistas de la obra foucaulteana esa ausencia: el filósofo francés escribió sobre pintura y literatura profusamente. No sobre cine. Pero no hay que ser tajante: los espacios vacíos y las redes de intersticios son clave en Foucault, que es el topo filosófico; se escabulle y deja todo a la vista desde la sombra y la oscuridad. Su obra no es más que el intento logrado de mostrarnos las costuras, las luchas específicas y los conflictos de origen que nos permiten dar cuenta de que la verdad es sólo un efecto del poder. Si la verdad no existe y sólo vemos sus resonancias, sus construcciones deliberadas, entonces, el cine es un receptáculo magnífico para situar allí lo que Foucault no dudó en intentar rehuir y, sin embargo, acabó cayendo en la sala de cine.
Foucault sí pensó el cine, a su modo: microfísico, en diagonal, sin suturas, conclusiones ni grandilocuencias. En el libro de los profesores Dork Zabunyan y Patrice Maniglier, titulado de modo lacónico Foucault va al cine (Nueva Visión), tenemos ese intento de evidenciar el proyecto: dos ensayos de los citados autores y luego una recopilación inédita y por vez primera traducida de sus Dits et Ecrits, donde aparece la idea foucaulteana sobre el cine. ¿Qué escribió Foucault? Sólo fueron diez textos breves, o brevísimos, entre 1974 y 1982. Dos de ellos fueron escritos de su puño y letra, ambos publicados en Le Monde: un artículo del 16 de octubre de 1975 titulado “Hacerse los locos”, y otro llamado “Las mañanas grises de la tolerancia” (23 de marzo, 1977). Pero lo que allí dice no es muy relevante, algo de Pasolini y poco más. El resto de los textos son entrevistas, y aquí está lo sustancial, a saber: una fundamental realizada por Cahiers du cinéma (con Pascal Bonitzer, Serge Daney y Serge Toubiana), otra con Helene Cixous, una con Gerard Dupont, otra con René Féret, con P. Kané, con G. Gauthier, con B. Sobel, y, al final, un pequeño diálogo (solicitado por el propio filósofo) con el director alemán Werner Schroeter (de 1982).
Los textos aparentemente menores e intrascendentes suelen ser los centrales para desgranar o aclarar ideas nodales de la filosofía foucaulteana, máxime si son entrevistas o intervenciones periodísticas, un territorio donde el filósofo siempre se sintió a gusto, interpelando al presente (algo que ocurre con otras cuestiones clave: el poder o la sexualidad, por caso). Ahora bien, el cine, para Foucault, en principio es un modo de pensar la historia “molecular”, quizá el medio ideal. La idea de la historia de Foucault, completamente antimarxista y antihegeliana, va de suyo con el cine como medio de presentación. Foucault no cree en la libertad como una idea de completa autodeterminación de los humanos, ni en la eficacia de las grandes estructuras institucionales (el Estado). Vale decir, la fibra libertaria de Foucault tiene en el cine a ese instrumento o dispositivo mentado.
¿Qué es el cine para Foucault? Dos cosas: por un lado, es un modo de desorganizar los cuerpos (algo que también aparece en sus obras capitales: Vigilar y castigar o Historia de la sexualidad) y, por otra parte, es el espacio para visualizar esos microprocedimientos que se ven en las historias pequeñas y anónimas. El cine marca ese cambio en nosotros y el mundo. Esa historia no heroica ni épica, esa microrresistencia molecular, corporal, individual y comunitaria, en gran medida hija de los movimientos libertarios (Mayo del ’68, las insurrecciones contraculturales de California), tiene un sitio preferencial para Foucault en el séptimo arte.
¿Qué directores de cine le interesan a Foucault? El filósofo habla de los siguientes: Schroeter, Pasolini, Syberberg, Liliana Cavani, Antonioni, Duras, Jodorowsky, Allio, Malle, Billy Wilder y su Some like it hot (traducida como Una Eva y dos Adanes, con Marilyn Monroe y Tony Curtis), algo de Alain Resnais, e incluso menciona a las snuff movies. A pesar de las pocas citas, es posible leer un corpus fílmico claro: para Foucault existe una “ascesis fílmica” en esos directores y esas películas que piensa, una exploración de lo corporal desde la cámara y la fragmentación de la representación del cuerpo humano. Un cuerpo no jerárquico ni disciplinario, tal como marca en Sade, sargento del sexo (1976), una de las mejores entrevistas.
André Bazin, el gran crítico y teórico cinematográfico francés, veía en el cine una ontología de la imagen que respetaba la continuidad con la realidad, de allí su interés en el neorrealismo italiano. Gilles Deleuze, por su parte, pretendió articular una lógica conceptual inédita a partir de la idea de tiempo de Henri Bergson, que dio en llamar imagen-movimiento e imagen-tiempo, es decir, dos regímenes del cine (clásico y moderno, divididos por la posguerra) que plantearon una taxonomía increíble para pensar la representación: imagen-percepción, imagen-pulsión, imagen-afección, imagen-acción, etc. La semiótica de Christian Metz, a su vez, encaró al cine como hecho narrativo o lingüístico específico. ¿Y Foucault? Veía en el cine una forma de ascesis fílmica, visual y sonora: un ejercicio físico y espiritual. Ni herramienta técnica ni abordaje estetizante. Las preguntas foucaulteanas sobre el cine eran como diagnósticos sobre el presente. Por ello es lógico que su pensamiento en este sentido venga de entrevistas o cuasicríticas: interrogar la actualidad.
Quizá lo único que le interesó a Foucault del cine fue que se trataba de un dispositivo que tenía la aptitud para mostrar los cuerpos extirpados de su significado ordinario. El convertir a la figura humana en gestos sin soporte o voces sin cuerpo. Un medio ideal para exhibir lo anómalo de lo corporal. Disolver lo orgánico y exaltar lo menor, lo molecular y lo micro. En uno de los textos recopilados, Foucault habla enfáticamente de Saló (1975), de Pier Paolo Pasolini (basada en los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade). Al filósofo parece impactarle, paradójicamente, la ausencia de sadismo, siendo un medio tan sádico: “Creo que no hay nada más alegórico al cine que la obra de Sade. Entre las numerosas razones, primero ésta: la meticulosidad, el ritual, la forma de ceremonia rigurosa que adoptan todas las escenas de Sade excluyen todo lo que podría ser un juego suplementario de la cámara. La menor adición, la menor supresión, el más pequeño adorno son insoportables. No hay una fantasía abierta, sino una reglamentación cuidadosamente programada. No hay lugar para una imagen. Los blancos no deben ser llenados sino por los deseos y los cuerpos”. A Foucault también le interesa mucho el film La muerte de María Malibrán (1972), de Werner Schroeter, del cual señala lo siguiente en el mismo sentido: “Hacer de una cara, de un pómulo, de los labios, de una expresión de los ojos; hacer lo que hace Schroeter con esto no tiene nada que ver con el sadismo. Se trata de una multiplicación, un brote del cuerpo, una exaltación de alguna manera autónoma de sus menores partes. Hay aquí un cuerpo anarquizado donde las jerarquías, las localizaciones y las denominaciones están en vías de deshacerse”. El cuerpo sadiano es orgánico y reglamentado, el cuerpo en Pasolini o Schroeter no lo es. En un momento se pregunta a Foucault sobre las snuff movies (supuestos filmes donde se mata a alguien frente a cámara), que aparentemente vio en New York: “Eso ya no es cine. Forma parte de los circuitos eróticos privados, que están hechos solamente para encender el deseo”. Es útil tomar a Foucault como una máquina aceitada, una gran herramienta para pensar el cine pornográfico en toda su dimensión. Es más, quizá sea la única filosofía que permita esa relación plástica, si de cuerpos y poder se trata. El porno es, en efecto, un gran dispositivo de desorganización de los cuerpos femeninos y masculinos, de los roles, de los mandos, de los intercambios y del poder de unos sobre otros.
La reflexión en torno a la política y el cine es inevitable, no sólo a partir de Sade sino desde el nazismo, allí se sitúa la palabra del film Hitler, una película sobre Alemania (1977) dirigida por Hans Jürgen Syberberg: “El film de Syberberg es un bello monstruo. Digo ‘bello’ porque es lo que más me impactó, y es tal vez lo que usted quiere decir cuando habla del carácter perverso del film. No hablo de la estética del film, de la que no conozco; él logró hacer surgir cierta belleza de esta historia sin ocultar nada de lo que tenía de sórdido, de infame, de cotidianamente abyecto”. A Foucault siempre le interesó la erotización del poder, o el poderío libidinal a toda regla. Esa relación placer/poder encuentra en sus tomos finales de la Historia de la sexualidad (tanto El uso de los placeres como La inquietud de sí, 1984) momentos de gran vuelo reflexivo, que parecen anclar su mirada sobre el cine que le interesaba.
En la entrevista titulada Antirretro (1974) que dio a los Cahiers du cinéma, marca: “Ahora, la literatura barata no es ya suficiente. Hay medios mucho más eficaces, que son la televisión y el cine. Y creo que son una manera de recodificar la memoria popular, que existe pero que no tiene ningún medio para formularse. Entonces no se muestra a la gente lo que fue, sino lo que es necesario que recuerde que fue. La memoria es un gran factor de lucha, si se tiene la memoria de la gente, se tiene su dinamismo. Y también se tiene su experiencia, su saber sobre las luchas anteriores”. Lo atinado de esta reflexión puede pasmar. Por algo todo régimen político tiende a ejercer la propaganda fílmica o televisiva como herramienta esencial, algo visible desde las películas de montaña nacionalsocialistas de Leni Riefenstahl hasta la estética kitsch del realismo socialista soviético.
El pensamiento cinematográfico de Foucault, breve, estigmatizado e incómodo (incluso para él mismo) quizá resulte más propicio que ningún otro en estos tiempos de construcción de relatos y efectos de verdad oficiales, a fin de mostrar las costuras, desbaratar las memorias binarias y maniqueas, abrir puentes y fulminar dogmas. Rodrigo Tarruella, que traficaba un pensamiento deslumbrante en sus críticas de cine, decía, con su prosa de poeta beatnik vernáculo: “Cada filmografía de un director de cine contiene una creencia en algo. Las creencias difieren y chocan, o parecen chocar. Los disparates de interpretación y apropiación desde un código único (fuere psicoanalítico, marxista o cualquier otro) indican un deseo autoritario de ignorar cuál es el motor de creencias de cada artista. Ignorar o silenciar, uno de los términos en beneficio del otro es entrar en mentiras sectarias y decir boludeces (las de ‘derecha’ y las de ‘izquierda’ son simétricas). Los poetas-cinematográficas trabajan sobre la vida: contradicciones, paradojas. Hablar y escribir sobre cine es también trabajar conviviendo con paradojas y contradicciones”. En algún sentido, el acercamiento de Foucault al cine no hace más que marcar esa imposición e imposibilidad, la visibilidad de la contradicción, sin nunca imponer. Ir al cine con Foucault habría sido una experiencia magnífica.


jueves, 29 de noviembre de 2012

Psicoanálisis: El resorte del amor, o el Banquete de Lacan





Una estrategia para abordar tanto El Banquete como El resorte del amor que les propongo es hacer una división. Como primer movimiento, situamos  tres partes: A) los elogios del amor,  B) el discurso de Sócrates que implica hacerse hablar por Diótima,
 y por último C) la entrada de Alcíbíades y el cambio de las reglas.

Brevemente podemos ubicar algunas coordenadas de cada parte:

A)   Los elogios, llamamos así la primer parte, se caracterizan por tratar de aclarar cual es la naturaleza del amor, y que es lo que se debe apreciar. Cada invitado al banquete, dice su discurso en clave personal y desde lo que sabe y conoce. El conocimiento implica la vía de acceso a la naturaleza del amor. Paralelamente Lacan comienza a desarrollar su metáfora con las figuras del Erastés y el Erómenos.

B)    Sócretes –cuando llega su turno- se dieciza, se divide (Spaltung) y hace hablar a Diótima, que introduce el mito del Amor cuya clave es la falta y el no saber. Propone seguir la belleza en la búsqueda de cierta perfección, y el juego erastés y erómenos. Cuando más se desea, más deseable se vuelve quien desea. Sustituye la guía hacia el objeto de amor por la guía misma, la clave está en desear, pasar de erómenos  en erómenos.

C)    La entrada de Alcibíades, cambia las reglas ahora se elogia el otro al de al lado de la derecha. Entra el otro como objeto en el amor, cuestión novedosa. Dos cuestiones:  una el objeto en términos de agalma que es el pivote entre amor y deseo, no permutable, no intercambiable. Está en el interior, a la inversa que la belleza. El objeto es parcial, ninguna idea totalizadora. El sujeto en el amor es también nuestro objeto de deseo. La otra cuestión, es la intervención de Sócrates, que sabiéndose el erómenos de Alcibíades no responde a la demanda de este, es decir no se produce la metáfora del amor. Alcibídaes queda como erastés. En ese punto es que se produce la intervención de Sócrtes indicándole que en realidad desea a Agatón.

Bien con esta partición del texto, les propongo ahora una reducción a dos bloques: El primero agrupa, los elogios y el discurso de Diótima, y el segundo la entrada de Alcibíades. La clave de esta nueva forma de ordenar las cosas es el objeto en tanto agalma. El tomar al otro como objeto de nuestro deseo en el amor indica un giro radical. Ni en los elogios ni en Diótima surge la cuestión de agalma como centro del deseo humano.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Cultura: "Elogio del amor" de Alain Badiou




Portada de "Éloge de l'amour" de Alain Badiou



Portada de "Éloge de l'amour" de Alain Badiou

Por José Rosas

"Éloge de l’amour" (Elogio del amor), editado por la casa francesa Flammarion, es el nuevo libro del filósofo Alain Badiou que se convierte en un gran éxito de librerías, un fenómeno que ya ocurrió en 2008 con otro trabajo suyo, de análisis político, titulado "¿Sarkozy es el nombre de qué?". Ya en aquel libro se encontraba el germen de este Elogio del amor.
Alain Badiou no es uno de esos pretendidos “nuevos filósofos” mediáticos acostumbrados a indignarse teatralmente ante las cámaras de televisión. Profesor emérito de la Escuela Normal Superior, donde se forma la élite letrada francesa, autor de libros como "Deleuze: El clamor del ser", "El ser y el acontecimiento", "Breve tratado de ontología transitoria" y "Lógicas de los mundos: el ser y el acontecimiento", por citar sólo algunos de sus trabajos traducidos al español, además de al inglés y a otras lenguas, Alain Badiou anunciaba ya en "¿Sarkozy es el nombre de qué?" su preocupación por el tema del amor. Allí escribía: "el amor debe reinventarse pero también, sencillamente, debe ser defendido porque se encuentra amenazado por todas partes."Este "Elogio del amor", en forma de diálogo con el periodista Nicolas Truong, desarrolla, pues, la concepción del amor de un filósofo con claro compromiso social. Para empezar, algo que no le gusta a Badiou es la organización social del encuentro amoroso, la visión segura del amor, el amor protegido contra todo riesgo. Ese tipo de encuentros, le sustrae al amor toda “poesía existencial”. “Hay que reinventar el riesgo y la aventura, contra la seguridad y el confort”, dice Badiou. Luego, frente a la concepción romántica del amor que se centra en el éxtasis del encuentro, la concepción jurídica para la que el amor es un contrato y la concepción escéptica, según la cual el amor es una ilusión, Alain Badiou propone el amor como “una construcción de verdad”. Dice pues: “el amor es un proyecto, que incluye por cierto el deseo sexual pero también mil otras cosas, o sea, cualquier cosa siempre y cuando se trate de vivir una experiencia desde el punto de vista de la diferencia.” Y es éste, probablemente, el núcleo de la concepción del amor de Badiou: es un encuentro entre dos diferencias. Se añade a ello la duración: “un amor es sobre todo una construcción durable”, “una aventura obstinada”. “Un amor verdadero es aquel que triunfa durablemente, a veces con grandes dificultades, frente a los obstáculos que le proponen el espacio, el mundo y el tiempo”, dice el filósofo.Sin embargo, esta “aventura obstinada” que es el amor no tiene nada de fácil. “No siempre es pacífica”, precisa Badiou, “implica peleas violentas, verdaderos sufrimientos, separaciones que se superan o no”, “hay muertes por amor, suicidios por amor” ya que “una verdad no es algo que se construye como una novela rosa”. “El drama amoroso es la experiencia más clara del conflicto entre la identidad y la diferencia” y “decidir, sobre todo de manera unilateral, el fin de un amor es siempre un desastre.”Para concluir, esta frase de Sócrates a la que adhiere Alain Badiou plenamente: “quien no empieza por el amor no sabrá nunca lo que es la filosofía.”



Fuente: rfi en español- 
Artículo publicado por Jueves 11 Marzo 2010 -



jueves, 1 de noviembre de 2012

Cine: Michael Curtiz



(Miháli Kertész; Budapest, 1888 - Hollywood, 1962) Director de cine estadounidense de origen húngaro. Formado en el teatro, rodó numerosas películas en Budapest, junto a M. Stiller y V. Sjöström, y en diversos países europeos desde 1919. Instalado en Hollywood en 1926, trabajó casi en exclusiva para la Warner y demostró un sólido talento de artesano capaz también de realizar grandes títulos, como Las aventuras del capitán Blood (1935), La carga de la brigada ligera (1936), Alma en suplicio (1945) y, sobre todo, Casablanca (1943), por la que recibió el Oscar a la mejor dirección.


Llevado a Hollywood por Harry Warner en 1926, durante los siguientes veinticinco años rodó más de cien títulos, muchos de ellos rutinarios, pero también otros en los que pudo desplegar su gran energía creativa. Para los críticos, su figura está íntimamente ligada al sistema de los estudios de Hollywood. A menudo ha sido calificado de técnico muy bien dotado que supo subordinar su personalidad a las exigencias de la maquinaria.
Sin embargo, algunas de sus películas de los años 40 y 50 contradicen esta afirmación simplista. Su ciclo con Errol Flynn dio al cine estadounidense aventuras románticas memorables, entre las que sobresale un gran clásico como Robin de los bosques (1938), en el que Curtiz y Flynn se reencontraron con Olivia de Havilland y Basil Rathbone, tras haber participado todos ellos en la filmación de otro título emblemático del cine de aventuras, El capitán Blood (1935). El realizador húngaro tuvo la habilidad de imprimir un ritmo trepidante a la historia y logró momentos memorables, entre los cuales merecen especial recuerdo la divertida lucha entre Robin Hood y Little John o el largo y accidentado duelo final a espada entre el héroe y el villano.
También rodó excelentes filmes con Humphrey Bogart, John Garfield y James Cagney. Casablanca (1942), por la que obtuvo el Oscar, es una obra de arte ya clásica y difícilmente puede definirse como "el más afortunado de los accidentes afortunados", en frase de Andrew Sarris. Curtiz supo engarzar a la perfección los heterogéneos elementos de un guión improvisado manteniendo en todo momento el suspense, encajó actores por cuya química nadie apostaba y manejó de modo magistral las atmósferas y los planos cortos, penetrando hasta las entrañas de los personajes.
El realizador húngaro cultivó todos los géneros cinematográficos: drama social, comedia musical, western, sagas marinas, comedias de capa y espada, melodramas de gángsters y de ambiente carcelario y películas de terror y de misterio. Otros títulos destacables de su filmografía son Ángeles con las caras sucias (1938), Yanqui Dandy (1942), Pasaje para Marsella (1944), Noche y día (1946) y No somos ángeles (1955).


Fuente: Biografías y Vidas